Norman Briski: «Si el teatro no es subversivo, no sé para qué sirve»

Por: Nicolás Peralta

A los 88 años, el gran actor sigue resistiendo en El Calibán con tres obras bajo su dirección. En diálogo con Tiempo, reflexiona sobre la creatividad, la censura y la necesidad de un arte que no se acomode.

Con 88 años, Norman Briski es, sin duda, un referente del teatro argentino. Tiene un amplio recorrido como actor, director y docente de miles de artistas que pasaron por su escuela. Desde su sala, el teatro El Calibán, sigue por estos días su lucha continua de la única forma que sabe: a puro teatro. Con tres obras bajo su dirección, es un ejemplo para generaciones venideras.

Actualmente tiene en cartel Sexágono, que explora las consecuencias del amor en una realidad alienada por las redes sociales y el mundo digital, los sábados a la noche. Los domingos a las 18 presenta Piedra libre, donde refleja su mirada sobre Palestina y el genocidio en curso.

La obra principal es Maxidonio, el puchero misterioso, escrita por Vicente Muleiro, que se adentra en el universo de Macedonio Fernández, figura emblemática de la literatura argentina. “Un ejemplo de creatividad profunda”, dice Briski desde su casa en Barracas, donde escribió otras tres obras con la intención de regresar al escenario luego de muchos años. “Pero todavía no encuentro a alguien que se atreva a dirigirme”, admite con humor.

Consciente del contexto, reconoce que el teatro atraviesa momentos difíciles. “Decir ‘complejo’ es un piropo; es un insulto a la complejidad. Esto es una vergüenza, una barbaridad. No sé cuántos teatros se han cerrado ni cuántos no pueden sostenerse. Seguimos, pero cada día nos despojamos más. Ahora no salimos desnudos en escena para ser disruptivos, sino porque no tenemos ropa.” Briski suele terminar sus frases con una broma, como forma de sobrellevar la situación. “El teatro siempre es una manera de resistencia. Yo me pasé la vida resistiendo, ¿cuándo vamos a atacar? Pero bueno: si el teatro no es subversivo, no sé para qué sirve”, afirma.

Briski es uno de los actores y directores más influyentes de la escena local.

Sobre Macedonio Fernández, Briski señala que su genialidad le otorga vigencia. “Fue un tipo extremadamente creativo, admirado hasta por Borges. Quiso ser presidente y, si lo hubiera logrado, cuántas cosas nos hubiéramos evitado. Quedó en la historia de otra manera: como ejemplo de ocurrencias para el bien, de hallazgos y detalles de belleza. Solo hablar de él nos invita a ser más creativos. Por eso quise hacer esta obra junto a Vicente Muleiro. La actualidad nos obliga a volver a las formas de Macedonio: estamos tan concentrados en mirar una sola ceja que perdimos la creatividad. Los recursos que tenemos son dogmáticos, impuestos. No está la chispa que siempre tuvo la Argentina. ¿Dónde está Olmedo? ¿Dónde está la gente que inventa? Algunos quedan, como Capusotto, pero no mucho. Ya no hay bohemia. Hay celulares.”

Trabajar sobre Macedonio es un homenaje a una forma de pensar. “Es un ejemplo de cómo se puede crear de otra manera y no solo oponerse a algo. Hoy lo discursivo es vacío: hay tipos destructivos que dicen cosas atractivas sin creerlas. El discurso de la Argentina incluye su corrupción”, afirma.

Briski y diez más

Briski también sabe que ciertos sectores lo ven como enemigo o consideran que cualquier hecho artístico es inocuo. “Eso no es nuevo. Lo creativo, lo que desafía la norma, siempre generó ruido. Pero no hay que prestarle atención ni dejarse paralizar. Si la censura existe, que no sea propia. Hay que pensar, invitar a otros y poner en acción lo que nos permite mejorar nuestra realidad. Siempre hay algo por hacer”, sostiene.

El actor recuerda que existe la idea idealizada de que los artistas siempre se opondrán a un Estado malvado. “A veces se acomodan o se someten. Pocos van contra la corriente, porque no es fácil. Si uno es revolucionario en serio, nunca va a ser placentero. Esto le pasó hasta a Gardel, ¿no me va a pasar a mí? O a Eva Perón, por nombrar algunos emblemas argentinos que se enfrentaron al statu quo. Hay compañeros muertos en la lucha, artistas y actores, y hay que honrarlos aguantando y demostrando que podemos pasar al otro lado de la montaña.”

Norman Briski.

En semanas, Briski llevará la obra Potestad a Catamarca. La pieza aborda los raptos de niños durante la dictadura cívico-militar, planificados por las fuerzas armadas bajo el argumento de “protegerlos” de hogares considerados insurrectos. Los militares se apropiaron de hijos, robándoles su identidad e historia familiar, ofreciendo material para comprender el dolor y la maldad humana. La obra, representada en más de 50 festivales internacionales, es considerada una de las más significativas del teatro argentino y refleja la complejidad de la represión. Dentro de la dramaturgia de Tato Pavlovsky, autor de la pieza, esta versión dirigida por Briski es clave para entender su estilo y multiplicidad autoral.

“Esta versión es de las más importantes que hice en mi vida. Y sigue teniendo vigencia”, admite. Además, tiene planeado el rodaje de una película en Santa Clara del Mar. “Lo único que me queda es mantenerme activo, tener todo en orden en mi sala y realizar todos los proyectos posibles. Solo el amor y la pasión patean a la muerte. Nada es fácil. Hay un teatro comercial que se supone regula y un teatro de los bordes que un día tiene mucha gente y al siguiente, ninguna. La situación social afecta la capacidad de gasto, especialmente si no llegas a fin de mes, como nos pasa a la mayoría. Tener un teatro no es rentable. Que una obra pueda pagar sueldos a los actores es difícil. Pero, ¿qué podemos hacer? Contemos historias y veremos si surge una alternativa que supere este momento. No nos paralicemos. No hay que esperar sentado, especialmente la muerte. Hagamos algo que ayude a reflexionar sobre lo que nos pasa”, dice Briski. “Este es un pueblo que sabe ser solidario con los que no tienen y están en situación grave. Sé que algo mejor tiene que haber”, concluye.



Maxidonio, el puchero misterioso

Creación del escritor y dramaturgo Vicente Muleiro. Dirección: Norman Briski. Protagonistas: Sergio Barattucci, Cony Fernández, Lucrecia Fiorito, Lorena García, Ezequiel Martelliti y Juan Washington Felice Astorga. Los viernes a las 21 en El Calibán, México 1428.

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