Noventa minutos en los que ver a la Selección (y Messi) volvió a ser una vivencia popular

Por: Delfina Corti

El jueves, en el 3-0 a Venezuela, niños y niñas de clubes de barrio (de la Villa 31, Fiorito, Barracas, de Pompeya y San Fernando) y de fútbol (de All Boys, Ferro y otros) ingresaron gratis a la tribuna Centenario baja del Monumental. Para muchos fue su primera experiencia en una cancha.

La foto de Charly García y Lionel Messi está suspendida en el tiempo. No es la imagen desbordada de nuestro rockero, ni la pose desafiante del genio incomprendido. Es otra cosa. Charly está sentado y posa con una felicidad pocas veces vista en él. “Volvé a ser chico, volvé a cantar”, repite Charly. En silencio, le resuenan los versos que escribió hace tiempo y que Messi le hace sentir.

Esa escena que se vivió después de la goleada de la Selección Argentina a Venezuela por las Eliminatorias rumbo al Mundial 2026 sirve también como metáfora de lo que sucedió durante aquellos noventa minutos en la tribuna Centenario Baja del Monumental, donde miles de niños y niñas vieron jugar a Messi por primera y última vez.

Por una sanción que aplicó la FIFA por los cantos discriminatorios y homofóbicos registrados en el Monumental durante el partido ante Colombia, esa tribuna –la vieja visitante– estuvo habilitada casi exclusivamente para público infantil. Los que asistieron, niños y niñas de varios clubes de Buenos Aires y alrededores: clubes de barrio de la Villa 31, de Fiorito, de Barracas, de Pompeya, de San Fernando; y clubes de fútbol como River, Boca, Atlanta, Excursionistas, Argentinos, All Boys, Ferro. Una tribuna —cuyo costo era de 90 mil pesos, el precio más barato— fue ocupada de forma gratuita por los más chicos.

Foto: Nahuel Ingravallo / @afafutsal.oficial

Desde chicos, los que nacimos sobre todo en los años ’90, aprendimos a convivir con la frustración con el fútbol. Supimos en cada Mundial y en cada Copa América que no se gana siempre, que no se puede ser feliz siempre. No así los niños y la niñas que llenaron la Centenario Baja en el último partido de Messi con la Selección Argentina.

Ellos no saben de frustraciones: no recuerdan “el chamuyo de los alemanes” -previo a la derrota en los cuartos de final de Sudáfrica 2010-, ni el gol de Mario Götze -otra derrota con los alemanes, ya en la final de Brasil 2014- en los Mundiales. No vivieron las finales perdidas de la Copa América 2015 y 2016 contra Chile ni los silbidos contra Messi en el Monumental. Y se les nota. Están habituados al éxito y, el jueves por la noche, disfrutaron ver a su ídolo por primera vez. No pensaron en el paso del tiempo ni en el qué ocurrirá el día de mañana sin el 10. Pura autenticidad infantil.

Matías tiene nueve años y juega futsal en un club de barrio. Fue su primera vez en una cancha de fútbol. Durante el himno, permaneció en silencio hasta las estrofas finales. “O juremos con gloria morir. O juremos con gloria morir”, cantó emocionado. A lo lejos, mientras Matías abrazaba a sus compañeros, Messi no cantó. Como en los viejos tiempos, no entonó las estrofas del himno. Esta vez, el motivo fue diferente: se contuvo el llanto mientras abrazaba y besaba a sus hijos. Matías, al rato, abrazó a sus compañeros al grito de “Argentina, Argentina, Argentina”.

¿Qué les enseñó Leo?, pregunté en la tribuna. “Ser buen compañero”, “ser respetuoso con los rivales”, “ser humilde”, respondió la mayoría de los chicos. “Amar a la Argentina” fue mi frase preferida. Pocos dijeron lo que suelen repetir los adultos: “luchar hasta el final”. Y es comprensible. Ellos vivieron el final. Llegaron justo a tiempo para ver cómo se gana. No conocieron hasta el momento el dolor de perder, solo la fortuna de tenerlo a él.

Foto: Nahuel Ingravallo / @afafutsal.oficial

Los chicos —lo comprendí el jueves por la noche en la Centenario Baja— tienen un don que los adultos vamos perdiendo: no se avergüenzan de la duda, tienen libertad para equivocarse sin culpa. Si saben algo, lo dicen. Si no, lo inventan. Después del segundo gol de Messi, una jugadora de futsal de Ferro festejó como su ídolo. Miró hacia arriba y levantó los dos índices hacia el cielo. “¿Sabés por qué festeja así?”, le pregunté, más por curiosidad que por esperar una respuesta. Ella no dudó. “Sí, le dedica sus goles a Maradona”, dijo sin vacilar. En realidad, Messi explicó más de una vez que lo hacía por Celia, su abuela materna.

Durante el partido, los más chicos celebraron cada intento de Messi. No importaba si la gambeta salía, si el pase era preciso o si el remate iba afuera. El partido —aburrido, lento, discreto— se volvió apenas un detalle. Porque ellos no fueron a ver fútbol: fueron a ver a Messi, a la Scaloneta. Cuando un adulto deslizó “está flojo el capitán”, una chica en la tribuna fue quien lo frenó. “Debe estar nervioso o triste porque es su último partido”, le dijo. A veces la verdad no importa, a veces la verdad sobra.

«No estoy preparado para dejar de defender la camiseta argentina: no lo quiero ni me gusta pero va pasando el tiempo», declaró Messi al terminar el partido. Pero esa confesión no llegó a la tribuna. Se perdió entre la transmisión, los micrófonos, las luces. En la cancha se escuchó en cambio otra cosa: una ovación que no pedía explicación. El clásico: “Messi, Messi”, mientras los fuegos artificiales iluminaban el Monumental. Los más chicos, se amontonaron contentos con sus compañeros de club para regresar a sus casas. Los más grandes miramos hacia el horizonte con nostalgia.

Foto: Nahuel Ingravallo / @afafutsal.oficial

«Hoy fueron muchas emociones. Viví muchas cosas en esta cancha, buenas y no tan buenas… Siempre es una alegría jugar en Argentina con nuestra gente y poder terminar de esta manera acá es lo que siempre soñé. Me encanta jugar y no quiero que esto se termine nunca, pero también soy consciente y lo dije: el momento se acerca y se dará cuando se tenga que dar», dijo Messi en su último partido oficial de local.

Su despedida arrancó. Pero mientras tanto, mientras siga jugando, prefiero tomar la postura de los más chicos. Creer que nuestros ídolos son eternos es lo único en lo que nos dejan seguir pensando como niños. Como cantó Charly alguna vez, “volvé a cantar, volvé a ser animal, volvé a ser hombre, volvé a ser pan, volvé a ser chico, volvé a cantar”. «

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