No pasarán: Occidente, siempre tan expansionista, al menos se topa con alguna resistencia

Por: Andrés Gaudín

Tanto Centroamérica frente a Donald Trump como Senegal y Costa de Marfil, entre otros países africanos, ante Emmanuel Macron, marcaron los límites y amenazaron aplicar réplicas. Los roles de Rusia y China.

En diciembre, mientras Donald Trump abría sus propias fosas hasta entonces más o menos emparchadas –Groenlandia, Canadá, México, Panamá y todo Centroamérica–, a Emmanuel Macron se le reabrían frentes que, en medio de su decadencia interna, habría preferido mantener dormidos. Probablemente, el futuro presidente de Estados Unidos haya lanzado sus bravatas con el objetivo de condicionar a futuro a sus interlocutores, cuando avance, si es que puede hacerlo, en su ambición de cambiar los mapas geográfico y socioeconómico, comprando territorios y alterando nombres.

Pero se movió el piso a sí mismo. A Francia, Senegal y Costa de Marfil le arruinaron los días de este crudo invierno. Lo cierto es que a los imperios occidentales se les presenta un futuro en el que no valdrá sólo la fuerza.

A sabiendas de la existencia de gobernantes que se arrastran para sacarse una foto o aunque sea ser invitados a tomar un refresco en Mar-a-Lago, su imperio de Miami, Trump inició su mandato un mes antes, con decretos a cuenta, prepoteando a sus pares de menor cuantía. De entrada se topó con una reacción de dignidad no esperada. Al menos dos países americanos (Honduras y Panamá) le anunciaron el fin de las bases militares en sus territorios si insiste en anexar sus bienes soberanos o deportar a sus connacionales llegados al norte en busca de un empleo. Quizás más ocupado en participar de algún complot contra Venezuela, la OEA y su secretario general, Luis Almagro, aún no se enteraron de que la gran potencia amenaza la soberanía de algunos de sus miembros. Y eso que las presidentas de México y Honduras, Claudia Sheinbaum y Xiomara Castro, respectivamente, anticiparon que convocarán a una cumbre de la CELAC.

Trump sabe que un alza brusca de los aranceles de importación o la deportación masiva de su gente puede ser un golpe mortal para México y Honduras.

También sabe que una y otra medida repercutirán negativamente en su propio territorio. Pero Estados Unidos tiene más resto, a no dudarlo. La dependencia de Honduras es crítica.  Xiomara Castro recordó que más de un millón de connacionales reside y trabaja en Estados Unidos, que hay 280 mil en proceso de deportación y que las remesas que envían a sus familias constituyen el 25% del PBI. Su colega mexicana, Claudia Sheinbaum dijo que son 37 los millones de mexicanos que residen en Estados Unidos (10 millones son nacidos en México y el resto son de segunda o tercera generación). En diciembre remesaron 60 mil millones de dólares, casi el 4% del PBI.

África mía

Mientras Trump se enorgullece de ser el macho alfa, Macron disimula las cachetadas que recibió de sus dos excolonias africanas –Senegal y Costa de Marfil– y dice que el retiro de sus tropas y el cierre de sus bases son medidas acordadas.

El presidente senegalés Bassirou Diomaye Fays lo desmintió y aclaró, al igual que su par marfileño, Alassane Ouattara, que los franceses se van echados, como lo serán los norteamericanos si avanzan con sus intenciones, porque “llegaron para ayudarnos a combatir el terrorismo islámico y su presencia no ha servido para nada. Por eso los senegaleses decidieron romper con el pasado colonial”, sentenció por si había dudas. La inseguridad crece en sus terrotorios, aparecieron redes de traficantes varios y se apropian de sus formidables riquezas: hierro, gas, oro, fosfato, petróleo, circonio (elemento clave en la industria nuclear), cobre, estaño, litio, uranio y unas tierras donde se produce para todo el mundo.

Las decisiones soberanas de Senegal y Costa de Marfil, que se suman a idénticas medidas tomadas antes por Malí, Burkina Faso y Níger (las tres excolonias que dieron origen a la Alianza de Estados del Sahel, el territorio subsahariano que se extiende del Índico al Atlántico), abrieron un campo inesperado en las políticas de ruptura definitiva con el colonialismo. Y promovieron reacciones en cadena, como es el caso del archipiélago de Nueva Caledonia, en Oceanía, una todavía colonia francesa que tiene las terceras reservas de níquel más grandes del mundo y una estratégica base militar francesa.

La población originaria, unificada en el Frente Nacional de Liberación Canaco y Socialista, reclama la soberanía y el cierre de la base militar, un “portaaviones” natural financiado y enriquecido con el aporte de Estados Unidos, la OTAN y el respaldo político de la Unión Europea.

Como la OEA y la ONU, la UE y la OTAN siguen sin caer en que sus principales miembros están alimentando un fuego que hará estallar la marmita africana.

La soberbia monárquica, patética, de Macron no le ha permitido advertir, por el momento, que está andando sobre un terreno minado que no soporta más vejaciones y que África tiene en Rusia y China dos poderosos aliados. Rusia, que no tiene un pasado nefasto en la región porque no participó del reparto colonial que hoy debería avergonzar a occidente y que sigue explotando la popularidad ganada en la época soviética. Y China, su mayor socio comercial y mayor inversor externo en el continente, con 40 mil millones de dólares a fines de 2024.

Emmanuel Macron sigue sin entender nada. Eso es lo que le permite decir, sin ruborizarse siquiera, que “ningún país africano tendría hoy su soberanía y sus libertades si no fuera por la actuación francesa, por lo que hasta hoy se han olvidado de darnos las gracias por ello”.

Después de la oleada libertaria (libertaria de libertad) de la segunda mitad del siglo pasado, África había entrado en una etapa de cierta quietud, hasta que la voracidad y la agresividad occidentales reavivaron el sentimiento anticolonial. China y Rusia pasaron a jugar un papel central. Al finalizar el 2024, en medio de las decisiones de Senegal y Costa de Marfil de ponerle un límite a la prepotencia francesa, volvió a circular un video de 2023. En él, un ejército de zombis ataca a un miliciano maliense que se salva gracias al apoyo de unos soldados que, orgullosamente, enarbolan una bandera blanca, azul y roja. La legión de muertos vivientes lleva cascos y otros emblemas de Francia. Los soldados amigos levantan una bandera rusa. El mensaje es claro, y más en estos días: Rusia llega al rescate de África. «

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