La ofrenda

Por: Cecilia González

Basta que llegue octubre para que, sin importar el lugar del mundo en el que nos encontremos, las y los mexicanos pensemos en nuestros altares. Es un pendiente. Un ritual. Un deber, porque sabemos que nadie muere mientras alguien más lo recuerde.

Imaginen que tienen tres, cuatro, cinco años y cada año, al llegar octubre, empiezan a escuchar que ya se viene el Día de Muertos y no hay que olvidarse de poner la ofrenda, que hay que comprar incienso, flores y frutas, preparar comida y encender velas para recibir a nuestros muertitos. Sí, les hablamos en diminutivo.

Los recuerdo como días muy emocionantes, festivos. Durante la niñez que transité en un barrio popular de la Ciudad de México, saber que venían los muertos no provocaba miedo. Era más bien una sensación lúdica, colmada de una intrigante expectativa y de la alegría de acompañar a mi mamá a los mercados que rebosaban de cempasúchil, nuestra típica y anaranjada flor de muertos. Por todos lados había puestos con calaveritas de chocolate, azúcar o amaranto y elegantes catrinas impresas en papel, en piñatas, en tarjetas. Hoy, ahorita, así están los mercados y los pueblos de mi país. 

Foto: Cecilia González

Mamá y papá nos enseñaron que, si no nos preparábamos para recibirlos, si nos atrevíamos a quitar una tortilla o una mandarina de la ofrenda o peor, si intentábamos espiarlos cuando llegaran, los muertitos se iban a enojar. «Les van a venir a jalar las patas», nos advertían. Así, las noches del 1 y 2 de noviembre se parecían a las del Día de Reyes. Me desvelaba, me quedaba despierta, me daban ganar de asomarme a la ofrenda para comprobar si de verdad llegaban. Me preguntaba cómo sería descubrirlos con las manos en la masa. Más bien, en el mole o en los frijoles, que eran los platillos que más les poníamos en mi casa. Nunca me atreví. La amenaza de las patas surtía efecto.

Lo que sí hacía esos días era salir por el barrio con mis hermanos más chicos y nuestros amigos para preguntarles a los vecinos que pasaban: «¿Me da para mi calaverita?». Es decir, monedas que juntábamos en una calabaza de plástico y que luego gastábamos en dulces.

En los amaneceres del 2 y del 3 de noviembre me asomaba de inmediato a la ofrenda para fijarme si faltaba algo. Si el vaso de agua o el plato de arroz estaban semivacíos, o si había menos naranjas me ilusionaba. «¡Híjole, sí vinieron los muertitos!», pensaba con una mezcla de azoro y orgullo. Gracias a la ofrenda los habíamos ayudado a volver un rato a este mundo. 

Vivir esas tradiciones en la infancia es enriquecedor. Aprendemos a reírnos de y con la muerte. A convivir con ella. A saber que es parte de la vida. Que la vida no tiene sentido sin la muerte.

Foto: Cecilia González

Esos días también disfrutamos las ‘calaveritas literarias’, unos poemas irreverentes que suelen publicar los diarios y que son epitafios burlones para los vivos, y admiramos las imágenes de los panteones llenos de familias que transforman las lápidas de sus difuntos en mesas en las que colocan tortillas, salsas, barbacoa, queso, chicharrón en salsa verde, tamales, carne asada. 

Por supuesto, no faltan el tequila, el pulque y el mezcal, ni los mariachis contratados para cantar al pie de la tumba canciones como: «México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí…», o, al estilo Lila Downs: «soy reina del inframundo, mi corona es una lápida». En los sepulcros hay llanto, baile, nostalgia, dolor, alegría, melancolía… todo junto. Como la vida misma.

Además, para espanto de muchas personas extranjeras, aprendemos a saludarnos con un: «¡Feliz Día de Muertos!».

Así crecemos las niñas y niños mexicanos. En la escuela nos enseñan que estas costumbres tienen su origen en nuestras culturas prehispánicas que enterraban a los muertos con vasijas, cuchillos, objetos que habían usado en vida, y un perro que, en el caso del imperio mexica, los ayuda a llegar a Mictlán, la tierra del inframundo. A diferencia del catolicismo, nuestros antepasados indígenas no pensaban en «el más allá» como premio o castigo, en un cielo o en un infierno. Es, simplemente, otro lugar del que cada año los muertitos vuelven sedientos.

Por eso hay que ponerles agua en las ofrendas protagonizadas por sus retratos. Las velas son para iluminar su camino, para que no se pierdan. El incienso y el copal alejan los malos espíritus, así las almas podrán volver sin riesgo alguno. Las flores son para alegrarlos. El petate, una esterilla de palma que se coloca en el suelo, es para que descansen. La sal es un elemento de purificación y de vínculo entre la tierra y el cielo. El Pan de Muerto, decorado como si tuviera huesos de los esqueletos o lágrimas de los vivos, significa el amor hacia nuestros seres queridos. El papel picado representa el aire, uno de los elementos de la naturaleza que debe estar presente en cualquier altar.

Como es natural, las pérdidas de afectos se acumulan mientras vamos creciendo. Desde que murieron papá y mamá, cada año la ofrenda es más grande. Ni modo. Pero estamos acompañados en esta tarea. Basta que llegue octubre para que, sin importar el lugar del mundo en el que nos encontremos, las y los mexicanos pensemos en nuestros altares. Es un pendiente. Un ritual. Un deber, porque sabemos que nadie muere mientras alguien más lo recuerde.

Mientras ponemos la ofrenda, la tristeza por las ausencias es inevitable. Nos acordamos de nuestros difuntos, les ponemos la música, los libros, los objetos y la comida que les gustaban. Los esperamos, a ratos con lágrimas, a ratos con sonrisas. Volvemos a pasar un ratito con ellos. Es reconfortante. Se lo merecen. Ojalá así nos reciban a nosotros cuando sea nuestro turno de volver de Mictlán.

Foto: Cecilia González

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