Oliveras, Acuña y el histórico combate que puso al boxeo femenino argentino en la cima del mundo

Por: Jonathan Raed

Fue en el Luna Park, hace ya 17 años. Un repaso por la vida de la Locomotora, con la gran noche del pugilismo femenil como eje. El recuerdo de la Tigresa.

Alejandra «Locomotora» Oliveras dejó este mundo muy pronto. Su fallecimiento dejó un tendal de tristeza en el deporte argentino porque se fue una de las más grandes del box local e internacional. Fue seis veces campeona del Mundo, incluidos los títulos Súpergallo del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) y Súperpluma de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB).

Oliveras fue estrella de varias peleas históricas. Quizás, su triunfo más importante fue contra la multicampeona mexicana Jackie Nava. Pero su pelea más memorable fue, sin dudas, contra otra argentina: su némesis deportiva, Marcela «Tigresa» Acuña.

Esa noche, a Oliveras le tocó perder. Pero el resultado quedó en un segundo plano, ya que ambas boxeadoras protagonizaron un épico combate, que dejó al boxeo femenino argentino en lo más alto del escalafón mundial.

La velada no pudo haber sido en otro lugar que en el mítico Luna Park, de la Ciudad de Buenos Aires. Cada una puso un cinturón sobre la mesa. Acuña, el Súpergallo de la AMB; Oliveras, el Súpergallo de la CMB.

Choque de reinas

La pelea entre Oliveras y Acuña fue más que un combate entre dos campeonas. Fue una pelea de estilos pugilísticos y hasta de dos formas de ver el mundo. Las dos nacieron en el Norte argentino. Oliveras, en Jujuy; Acuña, en Formosa.

Acuña aprendió a boxear con quien después sería su marido y entrenador, Ramón Chaparro. Por el contrario, Oliveras aprendió a boxear por culpa de su entonces pareja, quien la golpeaba tanto a ella y como al hijo que tenían en común.

Alejandra no sabía que eso se llamaba «violencia de género», pero sí entendió que debía aprender a defenderse. Tras entrenar en secreto mientras su potencial femicida no estaba en casa, consiguió el primero de muchos nocauts. Aunque no contó para las estadísticas, fue quizás el más relevante de su vida.

Ambas tienen orígenes humildes, pero el caso de Oliveras es más marginal. A los 15 años, estaba lejos de pensar en «la fiesta de 15», sino que debía lidiar con tractores y camiones en el campo cordobés, donde vivió su infancia junto a sus padres y entre siete hermanos. Desde el fondo del campo precarizado y en un ambiente marginal, Oliveras se abrió camino a los golpes. «Mataba palomas para comer» y «soñaba con tener zapatillas», graficó en varias entrevistas.

Años más tarde, Oliveras fue entrenada por el mítico Amílcar Brusa, otrora coach de grandes campeones argentinos como Carlos Monzón, Rodrigo Barrios y Carlos Baldomir. Ella fue digna alumna del gran maestro.

El pesaje previo a la pelea. Acuña, con trenzas africanas; Oliveras, con body paint.

El combate entre Oliveras y Acuña

La gran noche del boxeo femenino argentino fue el 4 de diciembre de 2008. Medio país estuvo frente a la pantalla y el Luna Park rugía como en sus mejores tiempos. La velada fue extraordinaria de principio a fin. Entre las peleas preliminares, una joven Yésica Bopp deslumbró con un enorme triunfo.

El plato fuerte fue Acuña – Oliveras. El choque entre dos reinas consagradas, en el «prime» de sus carreras. Dicen los que saben que las grandes peleas requieren de dos grandes rivales. Ambas ofrecieron lo mejor del repertorio, tanto técnico como físico.

Oliveras fue una noqueadora temible. Su estilo hacía honor a su apodo: era una Locomotora. No paraba nunca. Avanzaba a pura potencia. Ganaba el centro del ring y tiraba golpes fuertes, rápidos, incesantes. Boxeaba con la misma filosofía que encaró la vida: siempre para adelante, contra todo.

Acuña, por su parte, era una esteticista. Inteligente, con clase, rápida, con gran juego de piernas, un jab picante y paciencia oriental para esperar el momento justo; con la mente de hielo y las piernas de oro.

Derrota y gloria, al mismo tiempo

Locomotora cayó en el 5to asalto. Al cabo de 10 rounds, las tarjetas dijeron que Acuña ganó en fallo unánime. Y está bien. La Tigresa, esa noche, fue más. Pero la gloria fue para ambas. El combate fue electrizante; de esos que mantienen al espectador en el borde del asiento, todo el tiempo.

Oliveras, fiel a su estilo, nunca dejó de buscar. En el 10mo asalto, no se guardó absolutamente nada. Le tiró con todo a una Tigresa que aguantó como pudo para llegar a las tarjetas. Lo dicho, las grandes peleas requieren de dos grandes rivales.

Esa noche, Argentina fue el centro del boxeo mundial femenino y, en ese sentido, ambas se fueron coronadas de gloria. Quizás, la mejor pelea de la historia del box femenil latinoamericano y una de las mejores a nivel mundial.

Las dos continuaron con sus carreras y obtuvieron grandes triunfos y más títulos. Acuña tuvo más victorias y Oliveras, menos derrotas: 33 ganadas (16 KO), 3 perdidas y 2 empates para Oliveras; 54 (20 KO), 11 y 0 para Acuña, según Box Rec.

El recuerdo de la Tigresa

«Más allá del resultado, pasamos a la historia. Fuimos las únicas hasta el momento que unificamos títulos mundiales. Llenamos un Luna Park; dejamos gente afuera; se habló antes, durante y después de la pelea. Dimos vuelta todas esas reacciones del boxeo femenino y, a partir de ese momento, creo que nos transformamos en dos íconos dentro del deporte argentino», relató Acuña, en una reciente entrevista con América Noticias.

Luego de años de rivalidad, en 2024 se reencontraron: «Simplemente, nos miramos, nos abrazamos, nos dimos un beso y nos reímos. Y dijimos ‘estamos viejas para estas pelotudeces. Demos vuelta la página y sigamos para adelante. Demostrémosle al mundo que el boxeo es amor, fraternidad, confianza, trabajo en equipo’. Porque sin una y sin la otra, no hubiéramos llegado a ser lo que fuimos«.

«Alejandra se ganó ese lugar dentro del boxeo a puras piñas, como ella mismo lo decía. Siempre fue tan emblemática por su forma de ser, de actuar. Era transparente, no le importaba nada«, despidió Acuña a Oliveras, entre lágrimas.

«En el barro«, se llama el spin-off de la serie «El Marginal», en el cual actúa Alejandra Oliveras. Será una excusa para volver a verla y contagiarse de su potencia y de su empuje eternos.

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