Argentina cayó uno a cero contra España en un alargue agónico en New Jersey. Postales del desahogo triste en San Telmo y la mística de una multitud que bajó al centro a abrigar la derrota bajo el frío porteño.

Jorge se vino desde los pliegues de La Matanza profunda con el runrún de la hazaña metido en el pecho. Carga una bandera curtida y los ojos vidriosos de quien camina los suburbios de la escasez mileísta. Para el veterano, la cuarta era esa estrella distante que iba a maquillar las penas del bolsillo, aunque sea por unos días. Se queda duro en una esquina de Defensa, mirando el vacío. Era el último tango de Messi, de una guardia vieja que nos dio las alegrías más grandes de la vida.
A unas cuadras, en una pizzería, Susana derrama las lágrimas que no le entran en el pañuelo. Llegó desde Caballito para ver el partido con sus nietos y ahora llora desconsolada, con un llanto herido pero limpio de bronca. «Hay que hablar de los muchachos, poné que entregaron la vida en la cancha», pide con los dedos atados a un trapo celeste y blanco. «Jugaron con todo, con el corazón en la mano y casi sin piernas. No se les puede pedir más a estos jugadores que nos devolvieron el orgullo de ser argentinos cuando todo el país está destrozado».
Suenan los petardos huérfanos por la Diagonal Sur; son estallidos secos que no celerban un gol, sino la resistencia. Es la música de los dientes apretados. Los hinchas empiezan a peregrinar hacia la 9 de Julio. No hay musculosas ni asfalto caliente como en la tarde mística de diciembre de 2022; la derrota del 2026 se camina con bufanda, las manos metidas en los bolsillos y las camperas infladas de la feria popular.
El Obelisco recibe la masa humana bajo un cielo de plomo. No hay vuelta olímpica, pero la multitud se agolpa para construir un altar profano del agradecimiento. En un edificio en la esquina de 9 de Julio y Corrientes, colgada como un paracaídas para amortiguar el golpe, una bandera gigante le habla a la noche con letras de imprenta: «GRACIAS POR TODO. Y POR EL FÚTBOL TAMBIÉN«. El trapo resume el aguante. Abajo, los pibes se trepan a los semáforos desafiando la gravedad y la tristeza, agitando los colores de la belleza plebeya.
Es la juntada del aguante, la confirmación de que la argentinidad se teje con dosis desparejas de agonía y orgullo invencible. La multitud se amucha no para celebrar un campeonato, sino para decir “acá estamos, de pie, nadie se retira”. La cuarta estrella está lejana, pero en el Obelisco, en el abrazo apretado, el pueblo herido sabe de redenciones. Las banderas en alto, la magia en los botines y el alma entera entregada por la Selección.
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