Por juego, Argentina estuvo lejos de lo que fue en estos tiempos. Pero resulta irreprochable todo el camino que entregó momentos imborrables. Ahora queda tragar el sabor amargo de la bronca. Y saber qué será de Messi.

España fue demasiado. Una tromba de fútbol y voluntad que dominó a la Argentina a voluntad. Tuvo la pelota, las situaciones, el ritmo del partido, todo el control. La selección sólo se dedicó a resistir, nada más. No pateó al arco en ningún momento del partido. Cuando se veían los datos que entregaba el partido, el lado argentino parecía habitado por un cuerpo inerte. No había nada.
Frente a una España que tocó la pelota, que presionó cada salida y jugó con intensidad en cada rincón del campo de juego, Argentina se encomendó a que los dioses del fútbol hicieran alguna magia. Pero no hubo magia. Lionel Messi, que tuvo su momento en cada partido de este Mundial, esta vez estuvo ausente. Siempre había esperanzas cuando le llegaba, pero no había contexto, no había un equipo que lo apoyara.
Con el mediocampo devastado por la metralleta del toque español, la selección padeció todo el partido. La pelota duró poco en los pies argentinos, un suspiro, enseguida eran camisetas rojas dispuestas a comenzar el asedio. Ocurrió en todo el partido, nunca hubo respiro para Argentina, nunca pudo sacarse el botín español de encima de la cabeza.
La explicación más certera sobre cómo el tiempo regular del partido terminó sin goles en contra para Argentina fue Dibu Martínez, que fue gigante en cada acción. Podría ser, incluso, la única explicación pero también hubo un esfuerzo superlativo de Nicolás Tagliafico, el que tuvo que lidiar con Lamine Yamal. No pudo respirar y hasta fue el que intentó sacar al equipo en algún arrebato mientras el medio se veía atado.
El partido, además, fue dando información acerca de que esta de New Jersey no era la tarde argentina. No era que sonara a tope el Aserejé en el corte de hidratación del primer tiempo, era que Lionel Scaloni tuviera que sacar a Lisandro Martínez minutos antes de que terminara el tramo inicial (o antes de que termine el segundo cuarto, tal como se impuso en este fútbol). O que ya en la segunda parte debiera sacar a Cuti Romero. La dupla central cayó en la batalla.
Y después vino, además, la expulsión de Enzo Fernández, la primera de un jugador argentino en este Mundial. La primera, incluso, desde el Mundial 98 cuando vio la roja Ariel Ortega contra los holandeses. Nunca antes se había visto a la selección tan disminuída, tan maniatada, superada por el rival y por el partido, una final de Copa del Mundo. España fue por todo. “A por ellos”, como cantan sus hinchas. Mientras Argentina se replegó para convertirse en un ejército de resistencia. Defendió hasta con la uña de los pies.
Las 80.663 personas que asistieron al Met Life de New Jersey, incluyendo a Donald Trump (se fue silbado del estadio y sin el apretón de manos de Lisandro Martínez y Cuti Romero), la presidenta mexicana Claudia Scheinbaum y el primer ministro canadiense, Mark Carney, las celebridades que aparecían en pantalla, vieron el despliegue de España, la selección que mejor jugó al fútbol en el Mundial, la que enreda a rivales en su telaraña de toques. Tiene la firma de Luis de la Fuente, su autor entrenador.
Vieron también el show de mediotiempo, media hora en la que parecíamos asistir a la fiesta de casamiento de un magnate, un intervalo sólo pensado para ser vendido en televisión, que sale del registro del fútbol, sobre todo cuando se juega con nervios y tensión. Sólo se piensa en que termine eso, que saquen la lona que estiran sobre el campo de juego, y que se vuelva a jugar. Con un animador que sólo habló en inglés a pesar de que esta final era en castellano.
La pausa de hidratación del segundo tiempo tuvo un Life is Life, el corte musical del entrenamiento maradoniano. Podía tratarse de un ritual para sacar adelante al equipo, pero no hubo caso. Tanto se comparó esto con Italia 90, que al final se le terminó pareciendo demasiado. Un equipo que no podía salir, asediado por el rival.
Argentina no jugó, resistió. Zafó de un gol de Nico Williams por una falta que cobró el árbitro esloveno. Los españoles se quejaron. “Infantino es amigo de Argentina”, gritaban. El suplementario fue una vida más. Pero tampoco alcanzó. Recién después del gol de Ferrán Torres en el segundo tiempo extra, en el momento en el que Dibu ya no pudo hacer nada, salió a buscar un empate que le resultó esquivó. Las cartas ya estaban echadas. El equipo ya no estaba, era lo que quedaba. Y aún así tuvo un par que se fueron cerca.
Por juego, Argentina estuvo lejos de lo que fue en estos tiempos. Pero resulta irreprochable todo el camino. Llegó hasta la final y se fue de la cancha dando la cara a sus hinchas, de frente a la tribuna, con lágrimas, dándole tributo a su gente. Lionel Messi encabezó al grupo. Los hinchas lo agradecieron justo cuando Rodri levantaba la copa después de que se la entregara Trump. Se trató de un gran viaje. No alcanzó para que la felicidad futbolera cubriera a un país este domingo, pero este tiempo entregó momentos imborrables. Haber llegado hasta acá no fue poco. Ahora queda tragar el sabor amargo de la bronca. Y saber qué será de Messi. Los españoles celebraban con Nino Bravo. Pero la canción podría ser también para esta salida argentina. El equipaje es ligero para el largo viaje, decían, pero las penas en el corazón.
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