
¿Se considerará a este 2020 como un año perdido, o apenas un tiempo entre paréntesis en donde lo postergado será recuperable? ¿Qué respuesta ofrecerá nuestro sistema de valores cuando todo lo conocido se convirtió en desconocido? ¿Algo tan fuera de norma como una peste universal originará una nueva normalidad? Imaginemos. No solo los protocolos exigen una vida sin besos o toqueteos. En ciertas perspectivas, se incluye la posibilidad de, que en adelante tengamos que solicitar número para tomarnos un cafecito; pelear por un turno en el dentista o en el urólogo y antes de iniciar la consulta nos obliguen a desinfectarnos de pies a cabeza; volver al cine o al teatro en compañía, pero con la obligación de sentarse a metro y medio de distancia o el inmerecido castigo de tener que elegir entre mirar fútbol alemán o costarricense.
Sí, hay más preguntas que respuestas. ¿Será, como afirman algunos, que se trata de una desairada advertencia de la naturaleza cansada de los desplantes que le hacemos? ¿Cómo será el retorno a las calles, a las clases, a los trabajos cuando dejen de ser teletrabajos,a los amores cuerpo a cuerpo? ¿Qué nos pasará cuando abandonemos las ropas de entrecasa y devolvamos a las pantuflas a ese lugar del placard de donde nunca debían haber salido? Restringidos, distantes (más que de costumbre), alejados, adentrados, aislados, sin islas placenteras a la vista, algo muy extraño y paradójico se registra en nuestro organismo. Lo registro en mi propio físico y muchos me cuentan el mismo síndrome: no nos movemos de casa, pero terminamos más cansados como si hubiéramos andado todo el día de aquí para allá.
Igual que el virus asesino que no vemos, circulan otros vectores peligrosos y que nos hacen daño. ¿Quién puede enamorarse de la cuaren…cincuen…sesentena? Están los que lo piensan y los que lo dicen. Me queda claro: de tener que elegir, prefiero hacerle ojitos a la cuarentena que a Patricia Bullrich. Otros inoculan pareceres altamente contagiosos como que un infectólogo, sin que nos diéramos cuenta, estaría ejerciendo como presidente de la nación. En estos días y meses no tengo ni que pensarlo: antes que a Pichetto lo voto al doctor Cahn.
Lo cierto, y diferente, es que, sobre lo que nos pasa, desconocemos casi todo y esa forma de ignorancia compromete el futuro. Entre los ciudadanos que accionamos a pura buena fe (equipo para el que juego) la cosa se divide. Algunos, basados en la barrial idea de que ‘siempre que llovió, paró’, sostienen que esto pasa. Otros (yo mismo, en horas de embole) piensan que va para largo. Y los todos negativos – no faltan expertos en esta vereda – aseguran que los virus no piensan quitarse la corona tan fácilmente. Y que, si no será este, vendrá otro a ocupar su lugar. Ugggh. Cuesta aceptar la idea de que, así como se nos impiden los acercamientos, el barbijo siga apropiándose de un cacho de nuestra cara. Y aunque se sabe que hay bocha de científicos peleando probeta a probeta la invención de la vacuna salvadora, el miedo existe. Empezando por el inapelable dato de los 328 mil muertos y 5 millones de contagiados en el mundo al día de hoy (jueves 21) y por las formas posibles que tendrá el después. ¿A qué clase de país y de mundo volveremos? ¿A uno más justo o al mismo, tan lleno de inequidades?
Yo, ya sé mi primer destino apenas el día que tanto queremos llegue. Cuando los admirados infectólogos (e infectólogas), el doctor Ginés y el presidente Alberto me den el guiño necesario, iré lo más rápido posible hasta la casa de mis nietos para dar una vuelta olímpica con ellos, porque son unos campeones y porque en estos meses difíciles aprendieron a cuidarse, a cuidar a los demás y a entender que nadie se salva solo.
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