Es un dirigente político y religioso al que ya se le puede adjudicar un milagro: personas ateas o agnósticas lamentan por primera vez y en masa la muerte de un Papa.

Es miércoles 2 de abril y los testimonios se multiplican en una Plaza de San Pedro colmada de fieles que, abrigados en una incipiente primavera, vienen a participar en el Jubileo, el evento católico que se celebra cada 25 años y que incentiva las peregrinaciones, el perdón, la reconciliación. El de 2025 está marcado por una preocupación central: la salud del Papa Francisco, quien el 25 de marzo por fin ha salido de una larga internación que duró 39 días y en la que hubo jornadas con reportes especialmente críticos.
Pero, contra funestos pronósticos, Francisco ha sido dado de alta y el optimismo y la esperanza predominan en las personas que vienen al Vaticano para sumarse a la fiesta religiosa. Hay vallas de madera, sillas preparadas para las ceremonias y pantallas desde las que se transmiten las misas y en las que, ahora que ya pasan de las cinco de la tarde, solo se anuncia el calendario de los meses que siguen para el Jubileo y que tendrá en la Semana Santa un momento cúlmine.
Los turistas salen incesantes del Museo del Vaticano. Abundan las selfies, las fotos grupales de estudiantes, de peregrinos (o turistas) de todo el mundo. Ondean banderas de México, de Francia, de Brasil, de Estados Unidos. Algunos se abrazan o descansan sentados en el suelo. Otros se hincan y se recargan en alguna valla para rezar porque ya no lograron entrar a la Basílica de San Pedro. Las lágrimas recorren varios rostros por la emoción de pisar por primera vez esta plaza, o por la intranquilidad que persiste alrededor de la salud de un papa que ya tiene 88 años.
«Recé por Francisco, lo necesitamos porque el odio está creciendo y él nos habla desde el amor», dice una mujer colombiana que rescata las palabras del Papa a favor de los migrantes. «Nunca me había preocupado por ningún Papa, pero Francisco nos sorprendió con su compromiso progresista», dice un joven argentino que se siente orgulloso de que su compatriota Jorge Bergoglio haya hablado en favor de los pobres, de las mujeres, de los homosexuales y transexuales, de los divorciados, de todos esos sectores tradicionalmente atacados por la Iglesia Católica. «Es el Papa más político, no teme criticar a la ultraderecha, llamarla por su nombre», celebra un italiano que explica la importancia de la figura de Francisco en un mundo en el que abundan líderes pregoneros del odio, la discriminación, el racismo, la crueldad y la injusticia como Donald Trump, Nayib Bukele, Javier Milei, Giorgia Meloni, Isabel Ayuso.
«Francisco me hizo volver a la Iglesia porque rechazó los lujos», cuenta una mexicana que viajó al Vaticano junto con más de 40 feligreses de Puebla. La mención a la humildad y austeridad es constante, tanto como el valor que tuvo el Papa para combatir y condenar la pedofilia masiva cometida por curas católicos durante tanto tiempo, en tantos países, gracias a la protección que les daban las máximas autoridades eclesiásticas.
Quienes recorremos la plaza en ese momento no sabemos –no podemos saber- que solo 18 días después Francisco saldrá al balcón de la Basílica de San Pedro al término de la misa del domingo de resurrección, para dar una bendición a todo el mundo y que, horas después, ya en el amanecer del lunes, justo en la culminación de la Semana Santa, morirá.
La noticia, no por esperada, deja de impactar. Es un dirigente político y religioso al que ya se le puede adjudicar un milagro: personas ateas o agnósticas lamentan por primera vez y en masa la muerte de un Papa. Francisco lo ha logrado con discursos humanistas, ambientalistas, pacifistas, de justicia social y de conquista de derechos que van a contramano del individualismo, el armamentismo, los genocidios sin condena, la persecución a las mujeres trans que se refuerzan en el mundo.
En este intenso día en el que la muerte del Papa ha copado la agenda, la escritora Mariana Enriquez cuenta en un post que Francisco le enseñó a «bajar diez cambios» con el anticlericalismo y a ser tolerante con los demás, con su fe y sus contradicciones. Me identifico, también, con su mención a la soberbia con la que, muchas veces, actuamos quienes no creemos en Dios. «Los agnósticos somos muy arrogantes y nos creemos por encima del barro humano, a veces», reconoce para después concluir que Francisco era el líder más compasivo y con más criterio de Occidente. Basta echar un vistazo a lo que ocurre en América y Europa (y, por supuesto, Medio Oriente) para reconocer que tiene razón y que sobran los motivos para sumarse a un pesar colectivo. Adiós, Francisco.
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