La artista habla de "El desvelo de Eros", la muestra en la que construye una etnografía pictórica sobre el amor, lo erótico y la soledad en tiempos de hiperconexión digital.

Se puede visitar gratis hasta el 7 de marzo, de martes a sábado de 14 a 19, y Pecci Carou no se basa sólo en el universo japonés -su “primera educación”-: también formada en historia del arte, ella muestra, en una pintura de dos chicas que besan en una súper moto, a un paisaje y a un perro típicos de un paisaje inglés del siglo XVIII. Y en un cuadro de dos chicos besándose en la boca -ambos con smokings- el fondo dorado remite al barroco del siglo XVII. También hay, en otras obras, referencias a los dibujos animados de los años ‘30.
Pero, ¿cuál es el sentido de El desvelo de Eros? ¿Qué significa el título de la muestra? “Para mí tiene que ver con el tiempo que te lleva conocer al otro: todo ese velo que tenés que ir corriendo -dice Pecci Carou-. A veces la ansiedad nos empuja a querer congeniar con el otro y quizá se trate de que nosotros vayamos sacándonos los velos para mostrarnos a los demás”. Sus pinturas de gran color, en contraste con lo brumoso y enigmático del conocerse mutuamente en estos tiempos de urgencias de algoritmos y de dictámenes de redes sociales, iluminan con imágenes reveladoras los anhelos del amor real. ¿Acaso existe?
“Lo más revelador que viví con la muestra El desvelo de Eros fue que muchas pibas jóvenes me compartieron sus experiencias en el campo del amor y de los vínculos sexoafectivos -recuerda Pecci Carou-. También vinieron varones, pero, sobre todo, pibas jóvenes y de mi edad”. También fue muy revelador “el intercambio con las dos curadoras, Andrea Giunta, de 1960, y Danila Desiree Nieto, de 1994. Fue muy interesante ese cruce, entre las tres generaciones, acerca de cómo cada una transita el tema del amor y de los géneros, hoy”.
¿Y qué interrogantes le deja la muestra acerca de los lazos afectivos, la conexión sexual y el erotismo? “El desvelo de Eros me deja interrogantes en términos pictóricos y de cuánto puede hacer la pintura -capta Pecci Carou-. Yo he trabajado antes con temas de femicidios y de historia argentina, y siempre me sorprende el poder de la pintura para generar imágenes sobre algo que a veces no podemos decir o contar. El arte siempre tiene esa capacidad maravillosa de tomar un montón de elementos metafóricos, o más literales, de la historia del arte y del contexto de un país, y de ponerlos de manifiesto. Eso me alucina”.
Y, en sintonía, Pecci Carou observa -siempre a través de su producción- a dónde van los vínculos: “Veo que a gran escala está pasando esto de no poder encontrarse con el otro, y si lo hacemos es a partir de un montón de filtros, de desacuerdos y de no entendimiento”. ¿Y qué ve también? “Que lo económico incide muchísimo en cómo nos estamos vinculando hoy y hasta dónde nos están llevando también las redes sociales. Es una época en donde hay mucha conexión digital y a su vez hay una falta de organización en lo político; hay falta de conexión con los vínculos y el interrogante es a dónde vamos con todo esto”.
La artista responde a sus cuestionamientos a través de los tópicos que trabaja en El desvelo de Eros: “En esa pintura con una chica recostada en el piso, ella está con un celular en la mano y aparecen un montón de caras flotando en el espacio. Son todos los perfiles que mira en una app de citas: caras que vienen, caras que se alejan, caras que quedan más difuminadas. Es como verme a mí misma: ¿A dónde van a parar las caras de toda esa gente con la que alguna vez hablé? ¿Las conversaciones que quedaron en el aire? Me alucina poder ver en un solo plano esta situación cotidiana que es como una metarealidad”.
En otra pintura hay un chico y una chica en un ascensor. Cada uno mira para su lado, “pero yo incorporo un segundo registro pictórico, en el que represento las fantasías sexuales de cada uno -aquello en lo que están pensando- y las superpongo en el plano. Yo a veces vi en mi trabajo esa misma imagen. Me quedo con esas impresiones y las transformo en pintura”, cuenta Pecci Carou. La exposición despliega estas obsesiones en tres ejes bien diferenciados (el cuarto es un salón erótico): “El primer eje tiene que ver con las pinturas que describen el andar digital y los vínculos a través de las apps y las redes sociales”.
¿El segundo eje? “Es el central, con tres escenas en donde hay tres parejas: una pareja de adultos mayores, una pareja de dos mujeres y una pareja de dos chicos -describe la artista-. Yo represento ahí el amor romántico entendido como en el siglo XVIII: como algo que estaba por fuera de la rutina y de lo normal. Como una cosa vinculada al misterio, a la exaltación de lo sensorial, al paisaje, a lo salvaje, a todo eso”. Y en la escena de las personas mayores “muestro qué pasa en el amor cuando uno ya es viejo y quién le toca cuidar a quién: la mayoría de las veces son mujeres cuidando de varones, y no al revés”.
Aquí Pecci Carou hace una salvedad: “Quizás este nuevo hombre -el de ahora, más joven- sea distinto. Hay que ver”. Y el tercer eje de la muestra “tiene que ver con el desamor, el desengaño, la tristeza, la ansiedad, el amor no correspondido y el amor que no llega”. Pero hay algo llamativo: “En esa pared hay un autorretrato que se llama ‘La conquista de la soledad’, y se me ve a mí gozando de la soledad. Es el estar solo no como un martirio, sino como un momento de placer. No tiene que ver con el amor propio, sino con lo que nos pasa cuando no tenemos pareja, sentimos que algo nos falta y vemos qué hacemos con eso”.
Y el eje final “es el cuarto erótico con pinturas detrás de un velo, de un cortinado, y cuando ingresás a esa zona tenés que develar a Eros: poder ver escenas eróticas y sexuales”, ofrece Pecci Carou. Y celebra haberse animado a estas problemáticas: “Yo siempre trabajo temas sociales medio densos y acá pude jugar con la pintura e incorporar nuevos escenarios e imaginarios. Aparecen muchas mujeres en goce, y, para mí, que vengo trabajando temas de lucha dentro de la militancia feminista, esto fue algo novedoso dentro de mi especialidad”.
Pero no es lo único revelador: “También hay cerámicas. Yo me dije: ‘Ya que voy a tratar un tema nuevo, me puedo animar con un lenguaje nuevo’. Y esos objetos remiten a una estética china porque a mí me gusta mucho lo oriental”, repasa Pecci Carou. “Después hay escenas eróticas y lesboeróticas en las que utilicé una pincelada mucho más liberada, más suelta, no tan rígida, y eso se nota”.
Pero, ¿qué le pasa con la estética oriental? “Yo crecí en los ‘90 mirando todos los dibujitos de Japón, los animé, y mi mejor amiga de la secundaria era japonesa y su papá le traía mangas cuando viajaba a Japón. De grande ya no seguí consumiendo animé ni manga, pero me quedó esa estética”.
¿Qué ve allí Fátima Pecci Carou? “Me resultan extraordinarios los trazos, los ojos muy grandes, los colores que se utilizan: me parecen una belleza absoluta tanto el manga como el animé”. ¿Y qué tiene lo oriental a la hora de poder representar lo erótico? “Los personajes de animé y manga femenino son hipersexualizados. Las pibas son súper voluptuosas, con una estética sexual machista, y yo tomo eso y lo revierto: lo hago a mi manera, desde mi posición feminista. Me apropio de esa representación japonesa, que es lo erótico llevado un lugar superlativo, y la empleo en El desvelo de Eros”.
“En un recorrido vital, y a la par de estas transformaciones epocales, Fátima Pecci Carou atravesó el derrotero de la familia tradicional al miedo a la soledad, las citas digitales, la vida de los encuentros desde las apps”, escriben las curadoras. ¿Cuánto de la propia experiencia de la artista se ve en las pinturas? “Me gusta mucho tomar mis episodios autobiográficos y elaborarlos desde la pintura porque me ayuda a entenderlos -dice-: el haber sido madre, el divorcio o todas las citas fallidas que tuve. En ese sentido la pintura es como el humor: te ayuda a acercarte a algo que te está pasando en la vida para poderlo resignificar”.
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