El único antecedente de una persecución similar fue contra Juan y Eva Perón después del '55.

Los derechos políticos fueron incautados con la proscripción para ocupar cargos públicos. La libertad ambulatoria venía incluida en la misma sentencia. Se consiguió el “alivio” de la prisión domiciliaria porque hubo una movilización masiva que amenazaba la paz social si los jueces decidían enviar a la expresidenta a una prisión.
Para el castigo corporal está la tobillera. Es una época en la que parece difícil -por ahora-que se reestablezcan los castigos físicos al estilo de la Edad Media, con torturas en plazas públicas para que la población observe el sufrimiento físico del condenado. La tobillera reemplaza a los grilletes que se usaban entre los siglos XVII y XIX, esos que estaban hechos con una bola de hierro fundido que se esposaba al tobillo del detenido para que no tuviera libertad física de movimiento sin hacer un gran esfuerzo. Alguien podrá decir que una tobillera electrónica no es lo mismo. En parte es cierto. ¿Para qué se la dejan puesta a la expresidenta si todo el poder judicial argentino sabe que no tiene ninguna forma de salir de su domicilio sin que a los pocos segundos se entere el planeta entero? La respuesta es simple: para sostener la humillación del grillete moderno y que haya algo que pegado a su cuerpo. El cuerpo debe ser castigado de alguna forma para la lección quede asentada.
En las crónicas que Michael Foucault utiliza en su libro Vigilar y castigar, los tormentos físicos tenían por objetivo modificar el alma del atormentado. Y la exposición pública de los castigos era para lograr el mismo efecto a nivel social. El castigo a Cristina -adaptado a la época- podría ser una de las crónicas que utilizó Foucault. El rol de los medios de comunicación reemplaza a la plaza pública. Consiste en describir con la mayor saña posible el castigo.
Es algo que no ocurre con ninguna otra persona detenida en la Argentina, ni siquiera con quienes están condenados por los crímenes más aberrantes que ha conocido este país.
El próximo paso es el despojo. La última decisión judicial es quitarle a Cristina y sus hijos todos los bienes familiares para pagar una supuesta deuda con el Estado, basada en una condena que surge de un juicio absolutamente amañado.
Es algo que tiene muy pocos antecedentes. El más comparable, aunque su magnitud fue menor, fueron los decomisos que le hizo a Juan y Eva Perón la dictadura militar que asumió después del golpe del 16 de septiembre de 1955. El dictador Pedro Eugenio Aramburu había creado con el decreto 5148/55 la Comisión de Recuperación Patrimonial para incautar los bienes del presidente depuesto. A Perón le quitaron automóviles, ropa, alhajas, obras de arte, y regalos diplomáticos como un biombo que le había obsequiado el presidente de China Mao Se Tum. En el caso de Evita, y esto fue clave para la lección histórica que se pretendía dar, se liquidaron los hospitales, escuelas, hogares y tierras que estaban a nombre de la Fundación Eva Perón. Se incautaron además unas 700 joyas que tenía Evita. En noviembre de 1955 -se sabe- también robaron su cuerpo sin vida de la CGT.
El proceso con Cristina es parecido, aggiornado al siglo XXI. Tiene los mismos motores, el odio, y el mismo objetivo, asestar una lección que haga imposible el retorno de un proyecto político que retome el rumbo de los gobiernos de CFK y Néstor Kirchner.
Por eso el peronismo no tiene destino si no logra que Cristina recupere todos los derechos que le fueron arrancados: el retiro de los grilletes, la libertad ambulatoria, los derechos políticos, los bienes. Hasta que esto no sea resuelto -no importa quién gane las elecciones- la victoria histórica seguirá siendo de la argentina conservadora. «
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