«Pinocho», el primer libro traducido a emojis

El clásico de clásicos de Carlo Collodi fue volcado al repertorio pictográfico digital. La editorial italiana Apice Libri ha publicado su glosario. ¿Se puede hablar realmente de una "traducción" del italiano a una lengua artificial?

Cuando entre 1880 y 1881 el periodista y escritor italiano Carlo Collodi comenzó a publicar por entregas las historias de Pinocho estaba muy lejos de imaginar dos cosas: que su obra se convertiría en un clásico de clásicos y traspasaría las fronteras de su país para convertirse en un libro universal y que a comienzos del siglo XXI su obra sería la primera en traducirse a la lengua –si se puede llamar así, cosa bastante dudosa- del emoji. 

Esta supuesta lengua universal fue creada por el japonés Kurita a pedido de la empresa en la que trabajaba, NTT DoCoMo. La aspiración empresarial era crear un lenguaje universal y sencillo que pudiera utilizarse en celulares. Collodi y Kurita tiene algo en común: ninguno de los dos imaginó que sus respectivas creaciones iban a llegar tan lejos. La prueba de que, al menos Kurita, que en el momento de crear los emojis apenas tenía 26 años, no tenía conciencia de la trascendencia de su trabajo es que, según se dice, ni siquiera cobró derechos de autor. De haberlo hecho, seguramente se habría vuelto rico. 

Collodi, por su parte,  no deja de batir récords: además de haberse transformado en un clásico de clásicos, se ha transformado también en el primer autor “traducido” al precario lenguaje creado por Kurita. Se trata en realidad del “emojitaliano”, una creación colectiva de los usuarios de Twitter y Telegram. Una de las impulsoras del proyecto fue Francesca Chiusaroli, profesora de Lingüística y Lenguas Aplicadas y de Medios en la Universidad de Macerata, quien lo desarrolló junto a sus colegas Johanna Monti y Federico Sangati. «Sangati ha propuesto y creado un bot en Telegram, que permitió emparejar gradualmente los aportes a través de una búsqueda práctica emoji-word (palabra, en español) o word-emoji», explicó Chiusaroli al diario La Stampa. 

Cada día se invitó a los internautas a proponer una serie de emojis para cada frase del texto original de Las aventuras de Pinocho. «Los emojis tienen la característica de estar en los teclados de todos nuestros dispositivos digitales, por lo que constituyen un repertorio accesible para todos», destacó Chiusaroli, quien consideró que «en la era de Internet y las redes sociales es una oportunidad privilegiada contar con señales que sean potencialmente capaces de hablarles a todos». 

Ante esta reflexión cabe preguntarse si en realidad los emojis son una suerte de esperanto visual. Pero es necesario tener en cuenta que los gestos que expresan emociones en los que se basan los emojis también tienen sus marcas culturales y no poseen el grado de universalidad que se les atribuye generalmente. Es probable que con el uso los emojis se hayan vuelto universales, lo que no quiere decir que originariamente lo fueran. Sin embargo, la universalidad es una de las mayores aspiraciones de Apice Libri, la editorial que promovió el proyecto, en cuya página web puede leerse: “Primer ejemplo de versión en emoji de un texto literario italiano, Pinocho en Emojitaliano es un experimento de elaboración de un código artificial compuestos de léxico y gramática, que quiere explorar la potencialidad comunicativa del repertorio de los célebres pictogramas de la comunicación digital. Fruto de una traducción colectiva en Twitter y de un diccionario digital realizado en Telegram, este texto promueve el encuentro de la creatividad y la informática dando vida a un lenguaje escrito idealmente legible en todas las lenguas del mundo. El intento de la comunicación universal, por primera vez, parte del italiano con Pinocho en Emojitaliano” 

Mucho antes que la editorial italiana fue Charles Darwin quien se interesó por saber si los gestos, expresión de las emociones, eran universales. Que lo fueran constituiría un punto a favor de su teoría del origen y carácter animal del hombre. Por eso, se encargó a escribir a misioneros de diferentes países para que le informaran cómo se afirmaba y se negaba a través de gestos en sus respectivas comunidades. Darwin se encontraba escribiendo o pensando en escribir La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872). 

Pero el hecho de que el hombre tenga un pasado común, no necesariamente significa que la cultura sea común como, en efecto, no lo es. Ni el significado de los colores, ni los gestos, ni las costumbres ni los criterios alimentarios son comunes a todo el mundo. Un coreano cruza los dedos para negar, un nativo de Indonesia no comprende el gesto de advertencia que significa poner el índice bajo un ojo y hacer presión hacia abajo para decir algo así como “ojo, tené cuidado”. Los ejemplos pueden multiplicarse y ni siquiera una imagen –supuestamente universal- puede darnos una información fidedigna. Si para pedir comida en Corea se señala una imagen de la carta del restaurante en que uno se encuentre, es posible que creyendo haber pedido un puré de papas reciba, en cambio, un guiso de grillos. 

Por otro lado, pese a la sacralización de la imagen que se hace hoy, un emoji no deja de ser apenas un señalamiento como cuando un niño que aún no puede hablar muestra con el dedo aquello que quiere que le den. Si algo ha demostrado el siglo XX con el desarrollo de la Lingüística y el Psicoanálisis es que la palabra es  expresión compleja, marca cultural, vía regia de acceso del inconsciente, realidad que nos precede y nos marca un orden que no nos permite decir nada por fuera de ella. Lo que podemos pensar está determinado por lo que podemos decir. El remanido ejemplo de las más de cien palabras que tienen los esquimales para nombrar la nieve es excelente para demostrar que ellos ven estados y matices de la nieve que nosotros no podemos percibir sencillamente porque no los tenemos incorporados en nuestra lengua. 

Un libro “traducido” a emojis seguramente entablará con el lector una relación comunicacional tan precaria como el que entabla el turista que llega a un país cuya lengua desconoce y se encuentra perdido. Seguramente sacará a relucir un inglés tarzánico (una lengua, el inglés, que también es menos universal de lo que se supone) más alguna palabra mal pronunciada del país en que se encuentra a la que sumará algún gesto. Es probable que de esta manera pueda cumplir con el fin práctico de llegar a donde se propone, pero de ninguna manera puede decirse que esto sea un diálogo ya que la palabra cumplirá en esa ocasión con un objetivo instrumental, si es que lo cumple, pero jamás desplegará la riqueza que le es propia. 

Si la traducción literal de una lengua a otra es realmente imposible, lo es mucho más aún la traducción de una lengua natural a una lengua artificial como la de los emojis. Estos pueden orientar al lector sobre el sentido del texto, pero jamás podrán transmitirle su riqueza porque la literatura comienza, precisamente, más allá de la referencia, más allá de la literalidad de las palabras.

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