¿Por qué mataron a Cabezas?: lo que el documental de Netflix omite

Por: Miguel Gaya

“El fotógrafo y el cartero” devolvió al primer plano el brutal homicidio de José Luis Cabezas, ocurrido el 25 de enero de 1997 en Pinamar. Más allá de sus muchos aciertos, la impactante producción deja múltiples preguntas sin respuesta.

A mediados del año pasado, a invitación de la productora del documental, ARGRA (Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina) nos comisionó a Osvaldo Barattucci, y Julio Menajovsky, miembros de la Comisión Directiva de entonces, y a mí como abogado y querellante en el juicio oral, para que la representáramos con nuestros testimonios.

En más de diez horas de grabación nos esforzamos en señalar lo que tiene el caso de paradigmático: la impunidad del caso se impidió en las calles, y en la calle se fue desbaratando una tras otra las maniobras que intentaban consagrarla. Fue la movilización y su persistencia la que frustró primero la versión de Los Pepitos y luego las versiones limitadas de Los Horneros, donde Braga aparecía como el asesino material de Cabezas. Fue la movilización la que arrinconó a Yabrán y le restó el apoyo del sector político que lo sustentaba. Por último, fue la labor del CELS y ARGRA como querellantes la que consolidó el juicio, que contenía groserísimos errores de instrucción destinados a hacer caer las condenas en segunda instancia. Ninguna condena se cayó, y para lograr la libertad pactada tuvieron que recurrir a otras argucias procesales (tal vez ese haya sido el pago a los Horneros por asumir ser cabezas de turco). 

Sin embargo, poco o muy poco de esto pudo verse. Se me dirá que la película se atuvo a los hechos, y más que nada a la versión de los hechos consagrada en el expediente. Puede ser, incluso así debe ser. Esa es la mecánica de este tipo de películas: se construye con material de archivo, se incorporan testimonios «limpios», en el sentido de no ser controvertidos más que por otros testimonios, y se prescinde por completo de opinión o interpretación. No obstante, está claro que, de las imágenes y de su secuencia, y sobre todo de la elección, jerarquización y secuencia de los testimonios, surge un relato.  Que termina siendo una interpretación. Es que, como sabemos, no hay hechos, sino interpretaciones. Se me dirá que la interpretación corre por el espectador, pero este lo hará sobre la base de lo que ve y oye, y pueda inferir de ello. Y todo quedó en «un caso sonado de mafia y corrupción.

En este caso, lo que se vio y oyó en forma preponderante fue la versión auto celebratoria del ex gobernador Duhalde, la auto exculpatoria del ex secretario del juzgado de instrucción Mariano Cazoux, que acompañó oficialmente todas las maniobras destinadas a dejar impune el crimen, y la de una periodista que apoyó con una mirada despolitizada la historia oficial. 

No se está diciendo que los condenados no hayan sido culpables. Lo eran. Pero no eran todos los culpables. Fueron apenas los perejiles. Ni siquiera se señaló el carísimo equipo de abogados que los entregó y patrocinó, y los siguió asistiendo de manera constante hasta lograr su excarcelación anticipada. ¿Quién los pagó? Parece que los condenados fueron quedando en libertad por obra del destino, y no por la labor de sus abogados. Solo quien tiene un gran compromiso con el tema, grandes recursos y que retiene suficiente poder a través del tiempo, puede tener interés en solventar ese gasto. ¿Cómo no preguntarse por eso?

Lo que la película omite o no responde es por qué se lo mata a José Luis Cabezas.  Pero esta pregunta no fue contestada tampoco en el expediente, o en él sólo consta la excusa pueril de la venganza por ser fotografiado. Tampoco se responde, y ni siquiera se explicita, quiénes intentaron y por qué desbaratar la investigación del crimen para, finalmente circunscribir la acusación sólo en Yabrán. Sus asesinos materiales fueron condenados, por supuesto. Pero quienes facilitaron el crimen, y borraron las huellas de su participación, no se sentaron entre los acusados. 

¿Por qué asesinaron a José Luis Cabezas, y de esa forma horrenda? Fue un mensaje mafioso, pero ¿quién lo emitió, a quién fue dirigido? ¿Fue un mensaje de Yabrán? ¿Fue un mensaje mixto, de Yabrán y sectores mafiosos enquistados en la policía bonaerense? ¿O esos mismos sectores “mexicanearon” lo que era una advertencia y la convirtieron en un homicidio, sin conocimiento de Yabrán? ¿Fue un mensaje a la revista Noticias, a Duhalde? No lo sabemos. El poder es, por definición, opaco. Sin embargo sabemos, y lo dijimos en el juicio, que fue “un crimen cometido desde la impunidad, para demostrar impunidad y para garantizarse impunidad”.

La pregunta no ha podido ser respondida en términos judiciales, y no tiene por qué ser respondida por una película. Pero sus responsables han sido señalados una y otra vez por la movilización popular. Corrupción e impunidad. En la policía, en la justicia, en el poder político y en los empresarios.

Hay dos frases horrendas en la película, y una digna. La frase «El poder es impunidad» desnuda a Yabrán, lo acusa, pero también desnuda y acusa al poder de la Argentina. Entonces y hoy.  La frase «Le tiraron un muerto a Duhalde», que tanto le gusta repetir, pero que atribuye maliciosamente a Alfonsín, lo desnuda y acusa, pero también a gran parte de la clase política. Ellos creen tener derecho a la impunidad, a tirarse muertos los unos a los otros. Pero nosotros ponemos los muertos. Son nuestras las vidas que nos quitan. Eso dijimos desde el primer día, eso dijimos en el juicio: nuestras vidas valen, nuestras vidas son nuestras. 

La tercera frase, que nos define y redime, es «No se olviden de Cabezas. La impunidad de su crimen será la condena de la Argentina”. Por ella luchamos. Ahora también.

  • Miguel Gaya es abogado de Argra ( Asociacion de Reporteros Gráficos de la República Argentina )

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