Apuró un acuerdo de desmilitarización con Turquía, tras el derribo de un avión ruso que elevó la tensión, no sólo en el Kremlin.

El ataque a la aeronave creó escozor, porque la primera noticia era que cuatro cazas israelíes F-16 que estaban bombardeando instalaciones en Latakia habían atacado un avión ruso que regresaba a su base de Hmeymim luego de una misión de reconocimiento. Posteriormente se supo que el IL-20 cayó abatido por un misil del sistema S-200 sirio, provisto por Rusia. La otra parte de la verdad es que los israelíes habían utilizado al avión ruso como escudo.
El Ministerio de Defensa ruso mostró su ofuscación en un comunicado en que calificó a las acciones israelíes como hostiles y amenazó con represalias. Pero Putin le bajó la ira a Serguéi Shoigú con un mensaje conciliador, luego de una llamada telefónica de Benjamin Netanyahu, en la que el premier israelí le remarcó la necesidad de sostener «la asociación ruso-israelí».
A pesar de los gritos de guerra de los sectores nacionalistas dentro y fuera del Kremlin, Putin apostó una vez más a mantenerse en calma, siguiendo un viejo refrán ruso que un analista moscovita recordó por estos días. «Se necesita prisa sólo para atrapar pulgas, acostarse con la esposa de otro y cuando tres comen de un plato». Por eso aceleró el acuerdo al que habían arribado el lunes en un encuentro cara a cara con Recep Tayyip Erdogan, el mandatario turco, para suspender por ahora la operación tendiente a liberar Idlib.
El ingreso de tropas sirio-rusas a ese distrito implicaría la recuperación total del territorio de ese país y el triunfo definitivo de Bashar al Assad. Así se explica que algunos de los actores de este drama apuren decisiones para poner condiciones, a pesar de que las circunstancias son favorables a Al Assad.
Francia y el Reino Unido intentan ganar en los despachos de la ONU el derecho a seguir interviniendo en la región a pesar de que no tuvieron éxito en los campos de batalla ni con los grupos terroristas –»opositores», en la jerga utilizada– a los que habían apoyado con dinero y armas desde antes de 2011, cuando estalló el conflicto.
Pretenden digitar a través del negociador de Naciones Unidas, Staffan de Mistura, el desplazamiento de Al Assad y una nueva Constitución para el país que según Terry Meissan, especialista francés creador de Voltaire Net y radicado en Damasco, es similar a la que EE UU impuso en Irak. El resultado es que ese país, invadido en 2003 para terminar con Saddam Hussein, permanece en perpetua crisis política.
El otro plan para Siria, que sostienen Rusia con Irán y Turquía, que conforman el Grupo de Astaná, no tiene el visto bueno de las potencias europeas ni de Donald Trump, ahora envuelto en las elecciones e medio término y por lo tanto más proclive a dar curso a las propuestas del Pentágono y sus halcones en el gobierno.
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