
Habla Hebe y al rato surge la voz de Alejandro Bercovich. Cuenta que le cuenta un Ceo: “El gobierno puede apretar el control de cambios, poner límites, tener a Guzmán o a otros economistas, que del otro lado estarán cientos de las mentes más brillantes tratando de cagarlo”. Honestidad brutal. Hijos del poder real, los que manejan todo. A los que no les importa el corte de los créditos para viajar al exterior, los que provocan el récord de patentamientos de aviones privados, o compran mil Audi al precio oficial. De inmediato la memoria desborda con una cifra que conmueve, reiteradamente lacerante: hay cerca de 19 millones de pobres en la Argentina, el 42 %. Una estúpida mejora del 1,4%. Se reaviva el recuerdo de que apenas una década atrás era de solo del 24,7 por ciento.
Un timbre, un separador y la dulce voz de la conductora escupe la pésima noticia. Rodríguez Larreta arrasa con la costa, se forran él y sus cómplices, y hace bosta la posibilidad de disfrutar el río color de león, además de muchas otras trapisondas tras su sonrisa de Guasón. Es imposible no añorar, ya no las playas de Carrasco o Pocitos, sino la Ramírez, ahí bajando del muy cuidado parque Rodó, en el corazón mismo de Montevideo: una ciudad a una hora de Buenos Aires, que embellece día a día su costa, que prolonga sus 22 kilómetros actuales de cara al río y que proyecta mejorar esa íntima relación con la naturaleza viva.
Qué va a ser de ti, Buenos Aires. Qué va a ser de ti, sociedad argentina tan desigual. Qué va a ser de ti, entrañable Hebe.
Qué va a ser de todos nosotros, Nano.
De pronto una tonada tierna, que eriza la piel, se remonta por largas décadas, y rebota hasta hoy, provocando una lágrima más, agitando el alma por enésima vez. La voz trepida, exuda raíces catalanas, habla de “decir amigo es decir vino, guitarra, trago y canción, furcias y broncas. Y en los tres pinos, una novia pa’ los dos”.
Es el introito para el anuncio tan esperable como mordaz: Joan Manuel Serrat decidió el retiro y hará una gira que comenzará en abril de 2022 en NY, pasará por Latinoamérica y acabará a fin de año en Barcelona, cerca de su casa natal de Poble-Sec. Es ese tipo, que vivió su vida un par de lustros antes que la nuestra y, como un primo mayor al que se admira y se copia, el que nos cantó cómo seríamos y qué amaríamos, aun con las inevitables distancias que el devenir de la vida genera. Al fin y al cabo un amigo con furcias y broncas.
Fue después de una entrevista, una entre infinitas para él, inigualable para su interlocutor. Hace casi tres décadas. La consulta fue si seguía creyendo que “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Una sonrisa, siempre muy seductora, llegó hasta el grabador, dio pie a una charla que se prolongó, mucho más distendida, cuando se apagó la luz roja y la vida trascurrió entre palabras (fútbol y política incluidos, por supuesto). Nuestra confesión sobre aquel sentimiento fraternal, cercano en el crecimiento, lejano en el espacio, le provocó un cierto orgullo reflejado en el brillo de sus ojos y la réplica de algo así como un “pues, pa’ eso uno se lanzó a estos avatares de ir de trovador por el mundo”.
Luego volvió a ser el tipo que en el escenario le daba un piquito a Ana Belén y despertaba unos celos que arreciaban con cualquier grieta de género. El que recordaba lo que pasaba poco antes de que den las 10, o cantaba nanas de cebollas, el de los locos bajitos, el de Penélope, el que baila con fruición con la perdición de un amor de cartón-piedra. El que podría pasarse horas, días, meses, en un escenario haciéndonos felices.
El que apareció en un hotel de la calle Hipólito Yrigoyen, cuando el autor de este aguafuerte charlaba con Roberto Fontanarrosa. El Negro ya estaba aquejado seriamente de esa enfermedad de mierda que lo fue borrando de a poco. La voz le temblaba pero su lucidez estallaba en cada frase. Se trataba de fútbol, podría haber sido de tantos otros temas. Un café fuerte y alguna medialuna. De pronto el Negro levantó la vista y de inmediato, le brilló la mirada. Una voz, a nuestras espaldas mezcla de catalán y rosarino. “Ey, qué haces tú ahí recitando mentiras, boludo…”. El periodista había escuchado millones de veces esa voz, pero ahora surgía de una cueva, ahí atrás, a menos de un metro. Las carcajadas también develan al portador. El Negro se rió con ganas. El Nano lo abrazó con infinito amor. Y, por un rato fuimos tres muchachotes polemizando con fervor sobre un juego que es el más maravilloso de todos, luego del de la vida misma.
Quedaron ellos allí. Queda en la memoria ese recuerdo. Fue hace tanto, que siempre vale la pena pasarles un plumero a las imágenes que gratifican el corazón.
Ahora leo la noticia. Serrat augura: “Mi propósito no es solo despedirme de todos los que me han tratado bien a lo largo de años, sino hacerlo en los sitios donde están. Me despediré y ya no volveré a tocar. Volveré a los sitios, saludaré, comeré, pero ya no volveré a los escenarios”. Agrega, como si hiciera falta: “En el confinamiento me fijé en los árboles, en los pájaros. Sobre todo, leí mucho. Lo estaba dejando. Me despediré no a la francesa, sino como corresponde”.
Ahora la música suena desde el parlante que se conecta con la PC. La tarde se agita entre los árboles. Pero ese liquidámbar parece percibir la nostalgia y mantiene una misteriosa, bella, respetuosa quietud. No es la pluma del Nano sino la de Pablo. No es su voz sino la de la Negra.
Ella susurra como nadie:
“El tiempo pasa. Nos vamos poniendo viejos
yo el amor no lo reflejo como ayer
En cada conversación, cada beso, cada abrazo
se impone siempre un pedazo de razón”.
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