A 50 años del asesinato de Zelmar Michelini, en su exilio forzado en Argentina, a manos de fuerzas de ambas dictaduras, su hijo -exsenador uruguayo por el Frente Amplio- repasa ese episodio y la actualidad de su país y de la región.

Este miércoles se cumplieron 50 años y hubo un emocionante homenaje en la Legislatura porteña, a instancias del legislador porteño Leandro Santoro y el embajador oriental en Argentina, Diego Cánepa. Incluso Yamandú Orsi y Carolina Cosse, presidente y vice del Uruguay cruzaron el charco para asistir al acto.
Allí estaba Rafael Michelini, uno de los diez hijos de Zelmar, el séptimo, junto a su pareja, Matilde Jorge. Ex senador y activo militante del Frente Amplio, fundador de Espacio Nuevo. Un prestigioso referente, que nos recibió en el hall del hotel porteño, durante la muy fría mañana siguiente.
-Rafael, tenías 17 años cuando ocurrió lo de tu padre. ¿Cómo recordás desde el episodio desde ese lugar?
-Muy triste. A esa edad me tocó que me digan: “Tu padre está secuestrado”. No entiendes mucho lo que es eso. Después me llamó Héctor Menoni de la agencia United Press a un boliche en Larrañaga y Rivera, en Montevideo. Y me dijo: «Encontraron cuatro cuerpos, tres en la valija, otro en el asiento trasero”. Mi padre tenía una nariz muy particular. “Es tu padre. Está asesinado”. Fui a ver a un hermano, no sabía qué hacer. Fuimos a ver a mi madre (Elisa Dellepiane). Abrió la puerta y dijo: «Decime que no es cierto, decime que no es cierto…». Mi madre vio nuestras caras.
-¿Militabas en esa época?
-Hacía pavadas, pintadas en los muros, pintaba “abajo de la dictadura” con unos amigos. Luego iba a verlas. Me obsesionaba que hubiera escrito mal dictadura o abajo, o no sé. Palabras tan simples, pero tan profundas.
-¿Por qué pasó lo que pasó?
-Pasó porque son asesinos. Pasó porque le temían a figuras como Héctor Gutiérrez Ruiz, como a mi padre. Como a William Whitelaw y Rosario Barredo militantes del MLN que habían dado un paso a favor de la paz. No iban a seguir el camino de guerrilla. Como a Manuel Liberoff, secuestrado desaparecido que estuvo en el pozo de Bacacay junto con mi padre. Pasó porque eran asesinos: golpearon a gente de paz porque eran más peligrosos que los que podían tener armas. Tenían la palabra. Y pasó porque en ese momento se estaba se estaba hablando de una posible apertura.
-Tu padre trabajaba en esa apertura.
-En noviembre del 75, en Paysandú, en una cena en la que estaba el ministro de la dictadura Végh Villegas, un coronel, por pasarse de vivo, por odio o por congraciarse, lanzó un improperio a Wilson Ferreyra Aldunate. «No se lo permito porque es mi amigo”. Ellos habían empezado a hablar de una posible apertura. Pero el gobierno no estaba de acuerdo. En marzo siguiente (1976), mi padre ya exiliado, estaba en la confitería Richmond, y entra Végh. Le dice de todo porque mi hermana (Elisa) estaba presa, la pasaban de cuartel en cuartel, de tormentos en tormento. Le decían que él estaba muerto. Végh Villegas lo agarra de la manga y le dice «Flaco, sentate”. Le empieza a contar de sus negociaciones.
Y ahí es cuando mi padre le escribe una carta a Carlos Quijano (la misiva llega después de su asesinato): «Acá se está buscando esta apertura. Con proscriptos, con condicionamientos. Hay que aceptarlo. Yo me tengo que poner bien a la izquierda para tironear lo máximo a Wilson (quien le tenía un gran cariño) para que los espacios de libertad sean los más amplios”. También que “hay amigos que me dicen que me tengo que ir, pero yo no puedo apagar esta llamita. Si yo me voy la apago”. En otra carta, a un hermano mío, le avisó: “Cuando el terror se desate en toda su dimensión, vamos a tener una señal”. Lo que no sabía es que la señal era su propia muerte.
-¿Esa muerte contribuyó a la salida democrática?
-La trabó porque se rompieron las conversaciones. Pero fue el principio del fin de la dictadura. La sociedad uruguaya, sobre todo, la que apoyó a la dictadura, dijo: «Con asesinos, no. Hasta aquí llegamos”.
-Asesinos los dictadores de uno y otro país.
-Y los chilenos, brasileros, paraguayos. Había un modus operandi. El plan Cóndor ya existía antes, pero ya no era información sola. Ahora podían actuar. Tenían cobertura y logística para actuar.
-Aunque sea complejo plantearlo de ese lugar, ¿su muerte contribuyó de algún modo a la salida democrática?
-La trabó en ese momento porque se rompieron todas las conversaciones. Pero fue el principio del fin de la dictadura. La sociedad uruguaya, sobre todo la que apoyaba a la dictadura, alguna gente económicamente más cómoda, dijo: «Con asesinos no. Hasta aquí hemos llegado”.
-Asesinos los dictadores de uno y otro país.
-Y los chilenos, brasileros, paraguayos. Había un modus operandi. El plan Cóndor ya existía antes, y en Chile se le puso nombre. Ya no era solo información. Ahora podían actuar. Tenían cobertura y logística para actuar.
-Vos llegaste a ser senador.
-Mucho después. Pero ese 1976 fue terrible. A mi madre le matan su amor, su esposo, padre de diez hijos, algunos muy pequeños. Ya tenía una hija presa (Margarita), cinco meses desaparecida y a su nieto secuestrado por semanas. Dos de mis hermanos se deben ir a Europa. Una de ellas, Cecilia, tiene a su hijo en Suecia. Fue terrible, terrible, terrible… Después viene todo lo político, viene el referéndum (NdR: el plebiscito constitucional del 30 de noviembre de 1980) del que mi madre fue presidenta. Vendrían los caminos de la izquierda, yo senador y la victoria del Frente Amplio que iba a llegar.
-¿Zelmar influye en ese proceso?
-Influye permanentemente en la sociedad uruguaya. Fue el primero que se dio cuenta que en el mismo momento que se permitía que los militares aplicaran tormentos, hicieran vejámenes, era el principio para todo lo otro. Segundo, porque armó el camino de la paz. En ese momento había mucho fervor y los caminos no eran todos de la paz. Eran caminos, en algunos casos, vía armada. No lo condeno, pero notoriamente mi padre en cada uno de sus discursos hablaba de la paz. Lo vivía en sus propios hijos.
-¿Cómo habría visto a los gobiernos del FA?
-Hubiera estado muy contento con todo lo que se hizo en Uruguay. Él vivía en carne propia el ranchito; ya quedan algunos pocos. Hay una caminería muy importante. Nivel alto de trabajo, aunque no el que quisiéramos. Un sistema de salud fabuloso: una persona que gane $1000, con un 6% de su salario hace la cobertura a toda su familia. Hay altísimos presupuestos para la educación. Estaría muy contento. En lo internacional sería muy crítico por perder los organismos internacionales, o que un país haga lo que quiera en el mundo. Lo combatiría.
-Solés comentar que hoy la izquierda parece no enorgullecerse de lo que es.
-Lo he visto en muchos países. Uruguay no está exento. Pero en Barcelona (NdR: IV Reunión en Defensa de la Democracia), Pedro Sánchez, Lula y el gobernador de Minnesota, Tim Walz, se golpearon el pecho con su mano izquierda. Para recuperación de la autoestima, ponerse de pie, estar dispuestos a luchar. Soy uno de los 32 vices de la Internacional, con Pedro Sánchez presidente. Nosotros habíamos insistido más de una oportunidad en que lo importante era convocar a todos los partidos del mundo de izquierda se los convocó. Eran más de 300; más de 1500 personas. Y en el acto final más de 6000. Fue muy importante para la izquierda. No quiere decir que todavía no haya insensibles al dolor humano, o a que cuando hay gente en la calle y el Estado no hace nada. La izquierda debe levantar esas banderas.
-Hay una responsabilidad propia de la izquierda.
-Siempre se debe corregir el rumbo. En muchas circunstancias, la izquierda pensó que se podía tener mayores niveles de igualdad sin libertad. Ya sabemos que sin libertad no hay igualdad. Pero el mundo es injusto. No podemos eliminar el mercado porque donde se pone una ferretería o una panadería, no debe ser cosa del Estado. Ahí es ineficiente. El Estado es eficiente es en políticas públicas, en hacer que el sistema del capital sea más justo. Además con un mundo que se viene muy complejo. Marx decía que entre el capital y el trabajo había un plusvalor, una plusganancia y que trabajadores y empresarios pujaban por eso. Encima, ahora van a haber robots, van a haber humanoides, no habrá trabajadores en muchas áreas, más de las que imaginamos. Lo que no dijo Marx es que los trabajadores también son consumidores. Y si con los avances tecnológicos hay menos trabajadores… Debemos pensar en una renta básica, universal, y yo le agrego justa (no le vas a dar una renta al que tiene cantidad de propiedades) para hacer un mundo más justo. Más izquierda se necesita, más sensibilidad se necesita, más cuestionar lo que se viene se necesita. No cuestionar para pararlo, sí para limar la zona de injusticia.
-¿Cómo ves a Latinoamérica?
-Está en un proceso de derechización, pero yo creo que va a haber una respuesta de la gente. Va a haber una rebeldía y puede ser un hecho significativo lo que pasa en Estados Unidos. Lo único bueno de Trump es que nos unió y nos puso a pelear.
-¿Y al Uruguay?
-Se están haciendo cosas bien. Pero creo que se puede mejorar la comunicación, aunque no están ahí los problemas. Está faltando una narrativa distinta. Creo en la frase “gobernamos para todos”, pero esa frase debería ser “somos un gobierno de izquierda y gobernamos para todos”.
-La confirmación del “saber cumplir” de la campaña.
-Se trata de mantener tu palabra cuando la palabra está devaluada. Lo que nosotros no podemos devaluar es la identidad. En la Asamblea Nacional de la Revolución Francesa, hace más de 234 años, a la izquierda se sentaron los humanistas. A partir de ahí a los humanistas nos llamaron izquierdistas. Ese es nuestro legado. Deberíamos estar orgullosos de él. Hacemos mal cuando olvidamos que la bandera de la Revolución Francesa era libertad, igualdad y fraternidad. A veces, por la injusticia que implicaba el sistema capitalista, olvidamos la libertad. Ambas cosas van de la mano.
-Hace pocas horas hubo una nueva marcha por la memoria en Montevideo.
-La más grande de todas.
-Justamente, hay reclamos al gobierno en el tema de los derechos humanos.
-No, los derechos humanos en Uruguay son una cosa presente, con una realidad muy activa y militante. Tenemos algo de problemas en las cárceles: no son problemas políticos, son de otra índole que también debería herir nuestra sensibilidad. Pero en Uruguay, en el tema de derechos humanos, al mismo tiempo se necesita mayor información para tratar de encontrar los restos de los desaparecidos, se están muriendo los deudos y le están dejando esa carga a las nuevas generaciones.
-¿La debe suministrar el gobierno?
. La información debe fluir de registros que todos presumimos que existen ya que los militares escribían todo.
-¿Se requiere de una voluntad política fuerte del gobierno?
-Sí, debe haber una voluntad muy fuerte, pero no alcanza por sí sola. Se necesita una orden sustanciosa con objetivos y poniendo militares con nombres y apellidos, con generales que deban cumplir esa orden.
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