Pandemia: ha llegado carta

Por: Eric Calcagno

Una mirada perturbadora sobre cómo el desmantelamiento de la salud pública le devuelve el protagonismo histórico a las peores plagas de la humanidad.

Hola. ¿Me extrañaban? Supongo que no. Ingratos. Y eso que estoy con ustedes desde antes que estuvieran en la presentación física que ostentan ahora. No deja de sorprenderme que siendo lo mismo se atribuyan tantas diferencias de peso, color, rasgos, orígenes, cuando en realidad para mí son todos lo mismo. Y encima suelen atribuir a esas características determinados vicios, virtudes, cuando no predestinaciones sociales o divinas. Es que son todos lo mismo. Para mí, pero para mí, he. Si, son indispensables para que pueda reproducirme. A veces de manera brutal, y el contagiado muere.

Pero también me muero yo, aunque en otros cuerpos lograré mejorar, a veces rápido, otras veces más lento, hasta que nos llevemos bien.

Y no por la mano invisible del mercado, que mata tanto o más que yo, pero por avaricia o voluntad de poder, mientras que permanezco ajena a cualquier consideración moral. Sigo algo que se llama evolución natural, que sí existe, e incluso es estudiada. A veces podemos congeniar, y me convierto en una dolencia más o menos habitual, siempre crónica, a veces folklórica, como el Chagas.

Reconozco el notable esfuerzo de muchos a lo largo de su historia en atribuirme rasgos que no tengo. Que soy un azote de Dios por los pecados cometidos por el conjunto de los humanos, que castigo a los pecadores por donde cometieron el pecado -como la sífilis- que soy una gran igualadora de situaciones y clases. Todo mentira. Si fuera una novela sería un espejo. Proyectan esas ideas sobre mi pobre humanidad (chiste) por que no son capaces de razonarme. Falta que digan que los mato por despecho. Sin duda muchos se lo merecen, pero no sé lo que es el despecho.

Eso es algo que los envenena y que juro por el microscopio que no tengo nada que ver. Tampoco dependo de lo que ustedes elucubran sobre mí, en un vano intento de articular lo que no entienden con sus prejuicios, y a eso llamarlo “realidad”. A esta altura del campeonato, ya deberían saberlo. Bueno, tampoco sé lo que es la realidad, sólo sé que yo soy real. Nunca me fui. Pero bueno. Ustedes no acreditan. Siempre estoy.

La cosa es que vuelvo a ser noticia. Una tiene pequeñas vanidades. ¿Quién no?

Unos pasajeros de algún crucero se cruzaron con mi hantavirus, y estar de navegación es una de las cosas que más me gustan. Se ven paisajes, se conocen personas que están bien encerraditas, y se las contagia. Después, la nave se encarga de llevarme a nuevos paisajes, nuevas personas, nuevos contagios.

Los ricos que viajan contagian a los pobres que se quedan. Hay algo de excitante en eso. Y además me gusta el horizonte.

Leo por ahí que me detectaron en África. ¡Qué vivos! (me encanta el humor negro). Ya se cuentan al menos 140 fallecidos por Ebola en la República Democrática del Congo más 600 infectados. Ahí me llamo cepa Bundibugyo, que no tiene cura. ¡Gracias a Dios! (Cuac). Empieza con síntomas de gripe, fiebre, cansancio, malestar… lo clásico. Para desconcertar el diagnóstico, como quien no quiere la cosa. Después vienen dolores musculares, migrañas, dolor de garganta, algo más serio, siempre sobre fino lecho de vómitos y diarrea. Todo para culminar en sangrado interno y externo que provoca la falla generalizada de todos los órganos. ¿No es un gran final?

Es mortal entre el 30 y 40% de los contagiados, lo que era la marca de la Peste Negra en Europa durante el siglo XIV. ¡Qué tiempos! Si, ya sé, me van a decir que es en la región de Kivu, donde guerra civil, terroristas y coso. Así era Europa en el medioevo, y bastante después, por cierto. Lo divertido del asunto es que como Bundibugyo soy conocida desde 2006… ¡pero ningún laboratorio occidental trabajó para construir una vacuna! Es que los pobres no pagan.

Eso sí, los Estados Unidos prohíben las entradas de sospechosos proveniente de la zona afectada. Sí, eso siempre funcionó muy bien para frenar las pandemias (guiño, guiño). Sólo espero que no escuchen a las autoridades africanas que señalan que tales medidas provocan miedo, dañan la economía, complican la prevención y las acciones de salud, incentivan a utilizar caminos sin control… lo que aumenta los riesgos de contagio en vez de reducirlos, así como pone en juego la salud pública mundial en vez de asegurarla.

Es cierto que tuve que afrontar un tiempo difícil donde los estudiosos que crearon curas y vacunas donaban las patentes a la “humanidad”. ¡Esos Pasteurs, Yersins, Flemings! Debo cuidarme de las universidades públicas, de las campañas de vacunación masivas… mejor son los big pharma privados, huir de la Organización Mundial de la Salud, discontinuar la prevención para respetar el derecho de los niños –me encantan los niños- a morir de difteria, sarampión o tos convulsa.

Por último, debo decir es desesperante ver a esos rechonchos hipervacunados aunque antivacunas, en el disfrute de la impunidad. Perdón, quise decir inmunidad. Mientras los que mueran sean los otros, no tienen ningún problema. ¿Y osan llamarse civilizados y usar el mote “sapiens”? ¿No saben que son los próximos? Quizás los visite. Quizás sean mis otros, ¿como todos?

Siempre encantada, los saluda la Peste.

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