
Cuando las críticas comenzaron a circular en redes y medios, la respuesta no fue la esperada en una gestión republicana: no hubo explicación sobre la necesidad del viaje, no hubo justificación sobre la presencia de la cónyuge, no hubo asunción de responsabilidad política. Hubo, en cambio, una operación de guerra cognitiva: «Intentaron con mentiras, con fake news, con imágenes trucadas con inteligencia artificial, pero no nos van a correr de algo».
No se trata de un episodio aislado de mala praxis comunicacional. Es la puesta en funcionamiento de un taller de realidad paralela, una maquinaria sistemática de producción de sentido que opera desde el corazón del Estado con un objetivo claro: reemplazar los hechos por relatos, la verdad por la viralidad, el periodismo por la propaganda. Y Manuel Adorni, el vecino de Parque Chacabuco que se encontró a sí mismo en una pantalla, se ha convertido en su principal operador y su símbolo más acabado.
Para entender cómo funciona esta maquinaria, hay que descomponerla en sus piezas fundamentales. No es un plan maestro escrito en un escritorio, sino un ecosistema que se retroalimenta, una arquitectura comunicacional que combina elementos clásicos con innovaciones propias de la era digital. Y en el centro de esa arquitectura, una figura que condensa todas sus contradicciones: el comunicador devenido en jefe de Gabinete.
El primer engranaje es la desintermediación. Adorni construyó su carrera sobre la base de eliminar a los intermediarios entre el poder y la ciudadanía. Primero fue Twitter, donde sus tuits con pretensión de sentencia y remate de «Fin» le granjearon una comunidad de seguidores. Después en «Fake, 7, 8», su streaming en YouTube donde durante una hora desmentía «operaciones» sin contradicción posible. Como Jefe de Gabinete, lleva esa lógica a su extremo: no necesita periodistas que pregunten porque tiene una oficina estatal que produce su propia verdad.
El segundo engranaje es la saturación. El caso del viaje a Nueva York es ejemplar. Frente a las críticas, el gobierno no ofreció explicaciones: activó su maquinaria de respuesta. Trolls libertarios amplificando el «escándalo de las imágenes trucadas». Cuentas oficiales denunciando «operaciones de la casta». Medios afines reproduciendo la versión oficial. El objetivo no era convencer a los críticos, sino saturar el espacio público con un contra-relato hasta que la versión original quedara ahogada por el ruido.
El tercer engranaje es la inversión de la carga de la prueba. Cuando se difunde una noticia crítica, el gobierno no pregunta «¿eso es verdad?» sino «¿quién se beneficia con que esto se sepa?». La discusión se desplaza desde los hechos hacia las supuestas intenciones de quienes los revelan.
Por eso dan vuelta la pregunta acusatoria: «¿por qué viajó la esposa con gastos del Estado?» para convertirla en «¿quiénes están detrás de esta operación para dañar a un funcionario que trabaja intensamente?».
Manuel Adorni en su ascenso al poder no construyó poder territorial, no militó desde joven, no forjó lealtades en el barrio. Construyó, en cambio, una capacidad única para leer las reglas de cada dispositivo y operar eficazmente dentro de ellas. En Twitter fue el tuitero ácido. En el panel televisivo fue el provocador efectivo. En la vocería fue el boxeador implacable. Como jefe de Gabinete es el constructor de realidad paralela.
El viaje a Nueva York revela hasta dónde lleva esa lógica. Adorni no solo viajó con su esposa; viajó con toda la parafernalia del poder. Y cuando las críticas aparecieron, no dudó un segundo: activó el protocolo de guerra cognitiva aprendido en años de batallas digitales. «Imágenes trucadas con IA» no fue una explicación: fue una operación de framing diseñada para instalar la idea de que cualquier crítica es parte de una conspiración tecnológica contra el gobierno.
El taller de realidad paralela tiene su propia lingüística. Palabras como «casta», «zurdos», «operación», «fake news» no designan realidades verificables: activan marcos interpretativos prefabricados. Cuando un periodista pregunta algo incómodo, no es un profesional ejerciendo su oficio: es «un militante de la casta». Cuando un medio publica una denuncia, no es una investigación: es una «operación mediática». Cuando surgen imágenes comprometedoras, no son documentos: son «trucajes con inteligencia artificial».
Esta operación lingüística tiene un efecto profundo en la percepción pública. La gente aprende a desconfiar de antemano, no por lo que los medios dicen, sino porque «son de la casta». La verdad deja de ser una correspondencia con los hechos para convertirse en una función de la lealtad: es verdadero lo que dice «nuestro» bando, falso lo que viene del «enemigo».
Detrás de estas operaciones puntuales hay una estrategia más profunda que podríamos llamar de saturación cognitiva. El objetivo no es convencer a los indecisos ni ganar debates argumentativos. Es agotar la capacidad de la ciudadanía para distinguir lo verdadero de lo falso, lo relevante de lo accesorio, lo sustantivo de lo performático.
El mecanismo es simple pero efectivo: todos los días, a todas horas, el ecosistema oficial produce contenido. Conferencias de prensa, tuits, streams, videos, memes, declaraciones, provocaciones. La oposición, los medios críticos, los ciudadanos preocupados intentan responder, verificar, desmentir. Pero es una batalla perdida de antemano: mientras ellos intentan refutar un punto, el gobierno ya produjo diez más. La capacidad de respuesta es limitada; la capacidad de producción, en cambio, es industrial.
¿Cómo impacta esta maquinaria en la percepción de la gente? El efecto más profundo es la pérdida de la realidad compartida. Para que una democracia funcione, sus ciudadanos necesitan acordar mínimamente sobre los hechos. Pueden discutir sobre cómo interpretarlos, sobre qué políticas implementar, sobre qué valores priorizar. Pero necesitan acordar que algo ocurrió, que hay datos verificables, que existe un sustrato común sobre el cual discutir.
La estrategia de saturación cognitiva destruye ese sustrato. Cuando una parte de la ciudadanía cree que los medios mienten sistemáticamente, cuando otra parte cree que el gobierno produce desinformación, cuando no hay instituciones confiables que puedan arbitrar, la sociedad se fragmenta en burbujas incomunicadas. Cada burbuja tiene sus propios hechos, sus propias verdades, sus propios referentes. El debate se vuelve imposible porque no hay lenguaje común.
El segundo efecto es la fatiga informativa. Frente al torrente constante de estímulos, muchas personas optan por desconectarse. No siguen la política, no verifican las noticias, no participan del debate público. Esa deserción es funcional al poder: los que se desconectan dejan el terreno libre para los que se mantienen activos. Y los que se mantienen activos son, mayoritariamente, los más polarizados, militantes y dispuestos a aceptar cualquier cosa que confirme sus creencias.
El tercer efecto es el cinismo generalizado. Cuando todo puede ser verdad y todo puede ser mentira, cuando no hay manera de distinguir lo real de lo fabricado, la actitud predominante se vuelve el escepticismo absoluto. «Todos mienten», «son todos iguales», «la política es un circo». Esa desconfianza generalizada erosiona los cimientos de la democracia: si nadie cree en nada, si todo es una operación, si la verdad no existe, entonces cualquier cosa puede ser justificada y nada puede ser realmente cuestionado.
El taller de realidad paralela que opera desde la Casa Rosada, con Adorni como su principal operador, no es un invento argentino. Sus técnicas se ensayaron primero en Estados Unidos con Steve Bannon, en Brasil con el gabinete del odio de Bolsonaro, en varios países europeos con la extrema derecha digital.
Lo que revela este episodio es que la disputa política ya no se libra principalmente en el terreno de las políticas públicas ni en el de las ideas. Se libra en el terreno de la realidad misma. El poder ya no busca convencer: busca saturar. Ya no busca persuadir: busca confundir. Ya no busca debatir: busca destruir la posibilidad del debate.
Y en ese terreno, las herramientas tradicionales de la política —los argumentos, los datos, los programas— resultan inútiles. ¿Cómo se refuta una «operación» que consiste precisamente en acusar de operación a todo el que refuta? ¿Cómo se debate con alguien que no reconoce la existencia de hechos verificables? ¿Cómo se construye algo cuando la otra parte se dedica sistemáticamente a destruir los cimientos de cualquier construcción?
La pregunta que queda flotando es si la sociedad argentina está dispuesta a defender el acuerdo mínimo sobre los hechos. Si está dispuesta a sostener que hay realidades verificables más allá de las lealtades políticas. Si está dispuesta a decir basta cuando la fábrica de realidad paralela amenaza con reemplazar el último vestigio de espacio público compartido.
Porque cuando ese espacio desaparece, lo que queda no es una sociedad con distintas opiniones, sino un conjunto de tribus incomunicadas donde el único lenguaje posible es el de la guerra. Y en la guerra, como se sabe, la primera víctima es siempre la verdad. Adorni, el vecino de Parque Chacabuco que aprendió a fabricar realidades desde el atril, es al mismo tiempo síntoma y causa de esa transformación. La pregunta es cuánta realidad queda por destruir cuando todo puede ser declarado «fake news».
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