Recordando a Billie Holiday: un huracán de talento y emociones

Se conmemoraron los 60 años de la muerte de la cantante de jazz más influyente de todos los tiempos. Una mujer que enfrentó una vida llena de adversidades, maltratos y postergaciones, pero que logró transformarse en una artista global. En breve comenzará a filmarse un documental de su vida.

La verdad está en los discos, en sus canciones. Su voz cariñosa, dulce, algo desgastada, sabía, triste y sofisticada al mismo tiempo la volvieron inolvidable. Billie Holiday funcionaba en escena como una instrumentista: era una jazz woman. Su instrumento fue su voz, que se puede comparar sin temor a equivocarse con la trompeta de Armstrong o el saxo de Lester Young, por nombrar algunos emblemas del género. Fraseaba como ellos y se permitía iguales libertades con la melodía y el ritmo.

En un cuarto de siglo fugaz pero brillante registró cincuenta álbums, cuarenta discos simples, doce temas compuestos y ocho nunca grabados, y treinta premios y honores. Entre ellos, Grammy por la carrera, un lugar en el Salón de la Fama del Rock, y una estampilla con su cara. Lo que Billie Holiday  nos dejó y tiene plena vigencia es su manera de interpretar.  Nadie caminaba con tanta elegancia y sutileza por el escenario, se inclinaba levemente al terminar, y desaparecía en las sombras como  lo lograba este icono del jazz.

El  eco perpetuo de su voz con estilo propio la hizo inmortal.  La imagen de mujer atormentada (y  vaya si lo era, la vida  le ofreció obstáculos difíciles por doquier) dictaba el tono de algunas de sus grabaciones que ella reforzaban el estereotipo de la solitaria, la incomprendida, la maltratada. Eso se tradujo en interpretaciones ralentizadas, donde exprimía el contenido emocional de las letras. Su creatividad no se agotaba para frasear. Era única. Era Billie Holiday.

Había nacido el 7 de abril de 1915, en Filadelfia (Pennsylvania), como  Eleanora Fagan.  Sus padres de nunca la criaron. Ni tan siquiera vivieron bajo el mismo techo. Su madre, Sadie, tenía 16 años cuando dio a luz  la pequeña Eleanora  y su padre nunca estuvo cerca  ya que apenas se entero  de su existencia huyó. Sufrió abusos sexuales de niña,  siendo violada a los diez años cuando limpiaba un burdel sin paga, comenzó a drogarse y prostituirse a los 12, pasó presa cuatro meses a los catorce por «la frecuentación de hombres por interés de lucro», según la ley,  aunque  solo buscara unos dólares para comer.

Se educó musicalmente escuchando a Louis Armstrong,  Bessie Smith o Ethel Waters, artistas que también sufrieron infancias miserables.

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