La pregunta es inevitable: ¿qué estamos haciendo para que la Ley Nacional de Salud Mental (26.657) deje de ser promesa y se convierta en realidad?

Pero los números no son un fin en sí mismos. No son planillas: son rostros, biografías interrumpidas, familias desbordadas. Son también un espejo incómodo para el Estado en todas sus formas. Porque la pregunta es inevitable: ¿qué estamos haciendo para que la Ley Nacional de Salud Mental (26.657) deje de ser promesa y se convierta en realidad?
La norma no es un repertorio lírico de buenas intenciones. Es un piso inderogable de derechos humanos: reconoce a la salud mental como parte integral de la salud, prohíbe el encierro como única respuesta, establece la internación en hospitales generales como regla y exige pasar del aislamiento al lazo social, de la exclusión a la vida en comunidad.
Quienes buscan culpar a la ley de las falencias del sistema ocultan la verdad: el déficit no es normativo, sino presupuestario y político. Ninguna ley se despliega en el aire. Requiere dispositivos, equipos territoriales, centros de día, casas de medio camino, programas de adicciones y financiamiento sostenido. El fracaso no es de la norma, sino de quienes no han tenido la voluntad de dotarla de recursos.
Más grave aún: ningún hospital, ni general ni especializado, puede negar la atención con el pretexto de jurisdicciones o límites territoriales. Ese argumento es jurídicamente infundado y éticamente inadmisible. La salud mental no reconoce fronteras burocráticas: el derecho a la atención siempre prevalece sobre la comodidad institucional. La práctica perversa del “no me corresponde” contradice la ley y erosiona la dignidad.
La desmanicomialización en curso debe defenderse. Pero defenderla no es negar las tensiones: es exigir que la transición se acompañe de una red sólida de cuidados comunitarios. Cerrar un pabellón sin abrir un dispositivo alternativo no es desmanicomializar, es abandonar. Y la Ley no habilita el abandono, sino que impone responsabilidad compartida y continuidad de cuidados.
El informe de la ONU nos recuerda que sin datos confiables no hay planificación seria. Pero también hay algo que ninguna estadística puede medir: la dignidad humana. Y esa es la frontera que no se puede cruzar.
La salud mental es un derecho humano fundamental. No admite excusas ni dilaciones. Requiere decisión política, recursos y valentía para sostener lo obvio: que nadie quede fuera, que nadie sea devuelto a la intemperie por una planilla o por un límite territorial.
Porque la única frontera legítima que la ley reconoce – y que los organismos internacionales también nos reclaman sostener – es la de la dignidad humana.
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