La película de Pascal Bonitzer combina tensión, memoria y dilemas éticos en torno a una obra desaparecida durante la guerra. Con elegancia narrativa, indaga en las heridas que aún persisten en el mundo del arte.

La trama parte de un hallazgo fortuito: una obra de Egon Schiele, Los girasoles marchitos, aparece en la modesta casa de un trabajador en Mulhouse, al este del país galo. Se trata de una pieza desaparecida desde los años oscuros del nazismo. La pintura, realizada en 1914 por el discípulo de Gustav Klimt y figura central del expresionismo austríaco, había sido adquirida por el coleccionista Grünwald. El destino quiso que, en su huida de Austria hacia Francia para escapar del régimen, Grünwald perdiera la obra en manos del Tercer Reich. Décadas después, el cuadro emerge como vestigio del expolio cultural perpetrado durante la guerra.
El encargado de lidiar con este hallazgo es André Masson, interpretado con solidez por Alex Lutz. Poco conocido todavía en la cartelera local, ofrece aquí un trabajo sobresaliente. Encarna a un subastador experimentado de la casa Scottie’s, acostumbrado a tratar con compradores exigentes y verdades a medias. Su carácter frío y calculador, forjado en el mundo de las subastas, se tambalea ante la magnitud de la pieza descubierta. A lo largo de la trama, el espectador lo ve debatirse entre su instinto de comerciante y la convicción de que se trata de una obra única, cuya historia demanda algo más que una transacción monetaria.
A su lado aparece Bertina (Léa Drucker), su exesposa, quien aporta un contrapunto emocional y humano al pragmatismo de Masson. Drucker, con la versatilidad que la caracteriza, consigue dotar a su personaje de calidez y un toque de ironía que suaviza la dureza del protagonista. Junto a ellos se destaca Aurore, interpretada por la joven Louise Chevillotte: una asistente ambiciosa, insegura y atrapada entre su necesidad de reconocimiento y las sombras de un pasado familiar marcado por la música y la mitomanía. En ella, Bonitzer parece trazar un paralelo entre las pequeñas mentiras de la vida cotidiana y las grandes falsificaciones de la historia.
A sus 79 años, Pascal Bonitzer vuelve a ponerse tras la cámara después de haber escrito guiones tan recordados como Las inocentes. Con El cuadro robado, el director se interna en un terreno ya explorado por el cine con títulos como Operación Monumento o La dama de oro, pero lo hace desde una mirada más contemplativa, casi íntima. Su interés no se limita a reconstruir el saqueo nazi, sino que se detiene en las huellas que ese saqueo dejó en la vida de las personas: en los herederos que todavía buscan justicia, en los comerciantes que deben mediar entre ética y mercado, y en el público que se enfrenta a los dilemas morales de poseer lo que alguna vez fue arrebatado.
La película no elude las contradicciones del mundo del arte, un universo en el que la belleza convive con la especulación financiera. La sorpresa por el hallazgo revela el destino inesperado de muchas obras durante la Segunda Guerra Mundial. El simbolismo de Los girasoles marchitos resulta central: más que un objeto valioso, el cuadro encarna la memoria arrebatada, el intento nazi por borrar expresiones artísticas que no respondían a su ideología. La película subraya que el expolio cultural no fue un hecho menor, sino una batalla silenciosa en la que se buscaba imponer una visión del mundo a costa de destruir otras.
A lo largo de sus 90 minutos, El cuadro robado combina la tensión del thriller con la reflexión histórica y el drama humano. El guion traza un recorrido sinuoso que lleva al espectador desde el descubrimiento de la obra hasta la compleja trama de su restitución. Bonitzer no ofrece respuestas definitivas: su mirada se acerca más al terreno de lo poético que al jurídico. Al final, lo que importa no es tanto la transacción económica, sino la posibilidad de reconciliarnos con los valores mancillados durante la guerra. En ese sentido, la película se convierte en un alegato a favor de la memoria, recordándonos que la justicia, aunque llegue tarde, siempre es necesaria.
El cuadro robado se distingue por su elegancia narrativa y su profundidad temática. Más allá de la intriga sobre la suerte de un cuadro perdido, la película invita a reflexionar sobre cómo los fantasmas del pasado todavía condicionan nuestro presente. Con un elenco sólido y una dirección sensible, Pascal Bonitzer entrega un film que dialoga tanto con la historia del arte como con la historia de la humanidad.
En tiempos en que el olvido parece imponerse como norma, esta película recuerda que la memoria no debe ser relegada al silencio. Porque, al final, cada obra recuperada, cada historia contada, es una forma de resistencia frente al olvido.
Director y guionista: Pascal Bonitzer. Elenco: Alex Lutz, Léa Drucker, Nora Hamzawi, Louise Chevillotte y Arcadi Radeff. Estreno en cines: jueves 11 de septiembre.
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