El periodista e investigador recorre en “Las edades del tango”, su flamante libro, las distintas etapas del género y su relación con los cambios socio-políticos del país. El texto ofrece una mirada profunda sobre uno de los grandes patrimonios culturales argentinos.

“Con el tango sucede, como decía Macedonio Fernández, que es nuestro representante más fidedigno, porque es la única cosa que los argentinos no consultan con Europa y eso genera una especie de orgullo cultural por tomar conciencia de que hay un tesoro de miles de grabaciones y de miles de historias que va a contramano de esta sociedad líquida, de este mundo líquido de cambio, de transformación”, reflexiona Pujol durante una conversación con Tiempo en un bar del barrio porteño de San Telmo.
Autor de otras obras fundamentales para comprender fenómenos musicales plasmados en títulos como Discépolo, una biografía argentina, Historia del baile, Como la cigarra – Biografía de María Elena Walsh, En nombre del folklore – Biografía de Atahualpa Yupanqui y Rock y dictadura – Crónica de una generación (1976-1983)”, por citar apenas cuatro de una decena, Pujol insiste con la cualidad del tango de ser “un empoderamiento cultural de la Argentina en un momento donde todo se está destruyendo, donde el patrimonio nacional se está liquidando, donde todos los días cierran decenas de empresas, donde estamos asistiendo a un ‘industricidio’. ¿Y qué nos queda? Nos queda la cultura y la voluntad de seguir, de hacer resistencia, de tratar de revertir políticamente la situación. En momentos de desencanto y de desamparo tenemos ese tesoro que es el tango, que tiene algo de ejercicio de supervivencia y, como decía Horacio Ferrer, una música de catacumbas. El tango fue la verdadera contracultura en los 70 y en los 80”.
Capaz de continuar desentrañando esas capas tanto generales como puntuales que conforman ese universo cultural, el responsable de la cátedra de Historia del Siglo XX en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata subraya “lo que significa el tango para los argentinos y la carga simbólica de la palabra tango, que ha cambiado muchísimo pero sigue estando intacta y remite a un imaginario determinado que tiene que ver también con una devolución de la imagen que desde el exterior nos brindan y que no sucede, por ejemplo, con el folklore, que fuera de la Argentina es menos conocido. El tango, en cambio, es como un sintagma, como un imán muy poderoso que está cargado de un significado muy profundo para la Argentina”.
En Las edades del tango, Pujol presenta un mapa temporal surcado por cinco etapas que presenta bajo los rótulos calendarios La edad del deseo (1897-1916), La edad del sentimiento (1917-1935), La edad de la prosperidad (1936-1955), La edad de la ruptura (1955-1982) y La edad de la memoria (1983-2009), todo un recorrido donde las tendencias estéticas y sonoras entran en fecunda vinculación con el contexto nacional y las maneras en que se expresan otros actores de la escena cultural en cada momento.
Desde dicho relato, la investigación evita caer en enciclopédicas biografías pero sí entrega datos y reseñas que tienen como protagonistas a quienes crearon, ejecutaron, arreglaron, cantaron y bailaron por casi 130 años.
Para dar forma al texto, el investigador reconoce varias motivaciones principales, dos de las cuales devela en el prólogo del libro. La primera surge a partir del comentario de un locutor de la televisión británica sobre el triunfo mundialista de la Selección en el Mundial de Qatar 2022 cuando expresó que, para celebrar ese logro futbolero, el pueblo argentino iba a “bailar tango toda la noche”. La otra, más lejana y culta, ocurrió cuando en noviembre de 1998 pudo charlar en Buenos Aires con el prestigioso historiador inglés Eric Hobsbawm, quien supo plasmar su afición jazzera en The Jazz Scene, suerte de ensayo sobre la historia social de la música afroamericana, y le consultó acerca de si existía una historia social del tango.
Con aquella pregunta todavía resonándole y más cerca en el tiempo, Pujol completó el cuadro al haberse embarcado en un proyecto de investigación para Conicet acerca del tango en tiempos de la recuperación democrática hasta cuando la Unesco, en 2009, lo declara patrimonio inmaterial de la humanidad. “Es entonces – considera – que resurge la idea de pensar al tango como un vector de memoria de la Argentina”.
-¿Es allí cuando también apelás a las edades para visitar el camino del tango?
-Exacto. Ahí fui craneando esto de organizar cronológicamente a partir de edades porque lo observo como a un ecosistema cultural que tiene su propia lógica y que por otro lado permite que se las analice no de modo completamente independiente, pero sí sin estar referenciando una a otra en términos de calidad o de productividad. Ese sería el costado, si se quiere, revisionista de mi libro, por no ver al tango como a un género popular, silvestre que fue creciendo, se urbanizó, empezó a desarrollarse en términos instrumentales y vocales, alcanzó una cúpula y después vino una decadencia, como si fuera un organismo vivo. Entonces, al romper un poco esa narrativa de la evolución del género, lo que digo en el libro es: no hay una edad mejor que otra, son diferentes.
-De esos cinco momentos que estructuran la narrativa ¿en cuál te parece que lograste el mayor aporte?
-Quizás el período más controversial para el género sería la edad de la ruptura (entre 1955 y 1982), que además tiene una importancia cultural enorme para la Argentina; enorme porque el rock nacional en sus comienzos se posiciona enfrentado a los géneros tradicionales, rompiendo con la música de los padres, que eran el tango y el folklore, aunque el folklore ha sido más maleable en ese sentido. Entonces el tango se constituyó como la música más estructurada desde el punto de vista tímbrico, con la orquesta típica como formación insignia del género, con sus cantores, por lo que remitía a un pasado de Buenos Aires y a un vínculo con la ciudad. Pero por otro lado es verdad que en esos años hay indudablemente una merma en la composición y en la autoría, pero desde el punto de vista interpretativo tenés un fenómeno como Horacio Salgán con El Quinteto Real, a creadores de vanguardia como Astor Piazzolla y Eduardo Rovira, a arregladores como Raúl Garello y el caso de José Libertella en el Sexteto Mayor, el surgimiento de una voz como la de Susana Rinaldi y, posiblemente, al mejor y más popular Roberto Goyeneche. Por todo eso me parece una época muy interesante para el género, aunque haya perdido la centralidad.
-¿Qué retos te planteó como escritor encarar Las edades del tango?
-Ya había trabajado bastante sobre distintos aspectos del tango, desde la biografía de Discépolo hasta la historia del baile, pero nunca había encarado una historia de estas características en la que el desafío fuera, sobre todo, cómo escribirla. Fue un desafío sobre qué cosas contar, qué cosas dejar afuera y desde dónde contar, y allí aparecen dos líneas que yo trato de alguna manera de conjugar: la historia estilística-artística, que es la que se cuenta siempre, y otra acerca de las condiciones materiales. ¿Qué relación hay entre la edad de la prosperidad (1936-1955), por ejemplo, y la distribución de la riqueza, el consumo popular, los derechos laborales de los músicos, la necesidad de agremiarse y una serie de cuestiones vinculadas con los medios, con la industria, con las discográficas, todas cuestiones que tienen que ver con el tango entendido como trabajo?
-¿Qué otros apuntes ayudan a caracterizar al tango como actor social?
-Bueno, es una música que se fortalece al ritmo de los gobiernos populares del radicalismo encabezados por Marcelo Torcuato de Alvear e Hipólito Yrigoyen. Después, al principio de los 30, parece que está al borde de su extinción o que se cierra un ciclo con la muerte de Carlos Gardel y después renace porque las condiciones materiales lo permiten. Porque el mantenimiento de una orquesta de entre 12 y 14 músicos que a la mañana grababan discos, a la tarde iban a tocar al café con orquesta o a la confitería, a la tardecita se iban a la radio y a la noche al cabaret, da cuenta de una actividad permanente porque había trabajo, porque había tiempo libre, porque había más plata en el bolsillo.
Editorial Planeta. 618 páginas.
“Ahora se compone y se toca tango sin grandes mandarines que digan qué es o qué no es tango y eso hace que la escena sea mucho más libre y estemos en un momento muy vital para el género aunque, por supuesto, los músicos afrontan los mismos problemas que cualquier laburante en la Argentina, con el agravante de que si el tango no cuenta con algún tipo de apoyo estatal o de fundaciones es muy difícil que pueda crecer y desarrollarse. Aún así y como lo fue en los comienzos, hoy el tango es popular pero no masivo. Y cuando algo funciona más allá del mercado y logra sobrevivir, además se vuelve contracultural”, puntualiza Pujol a modo de balance de su profusa exploración para el libro Las edades del tango.
Desde la propia experiencia vital en torno a ese legado y sus ecos, el reciente Académico de Honor de la Academia Nacional del Tango puntualiza que “en el mundo tanguero hay también como una ambición un tanto hegemónica de considerar que la auténtica música de Buenos Aires y de la Argentina por extensión es el tango y yo me formé en contraposición de esa idea. Por eso mi primer vínculo con el tango fue antagónico, aunque debo reconocer que terminó seduciéndome. Y eso sucedió porque me supo esperar, porque decidí ir al tango y, en definitiva, porque es como si el tango siempre te estuviera observando. En algún momento nos reíamos de Grandes valores del tango, de los peluquines, de los músicos vestidos como funebreros, pero ahora buscamos esos videos con fruición porque nos dimos cuenta de que ahí había algo valioso que nos estábamos perdiendo. Dicho de una manera dramática, el tango es algo de lo que no podemos escapar”.
Capaz de ligar esa memoria musical con el cercano aniversario del Golpe de Estado que instauró la última dictadura cívico-militar, advierte que “estamos muy mal porque estamos viviendo una época donde la tan mentada posverdad habilita todo tipo de discurso y hasta el consenso democrático y los valores que considerábamos conquistados empiezan a ser cuestionados”.
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