Joan Manuel Serrat recordó a Roberto Fontanarrosa: «Era un cuentista extraordinario»

El cantautor catalán evocó la vida y la obra de "El Negro" con ternura y respeto en el marco de un homenaje organizado por Casa América Catalunya. Una amistad que comenzó con la derrota de la Selección argentina ante Bélgica en el Mundial '82.

En una reciente entrevista publicada este lunes pro el diario El País, Joan Manuel Serrat recordó con emoción a su amigo Roberto Fontanarrosa. Con la serenidad de quien mira hacia atrás sin melancolía, el cantante catalán definió al escritor y humorista gráfico argentino con una frase que resume su espíritu: “En su mundo y en su ámbito, era un cuentista extraordinario. No tenía ínfulas, tampoco las necesitaba para vivir. El Negro conocía muy bien a los hinchas”.

El diálogo con el diario español tuvo lugar en Barcelona, en el marco de un homenaje a Fontanarrosa organizado por Casa América Catalunya, dentro de la Semana del Humor Latinoamericano. Serrat participó del encuentro y habló de él con esa mezcla de afecto y lucidez que suele reservar a sus amigos de verdad. “El mejor ejemplo de la amistad pasa por acompañarse en un mundo de compañeros”, explicó.

Dos potencias se saludan: Serrat y Fontanarrosa.


Y enseguida recordó un gesto que para él lo dice todo: “Él y Sabina le habían encargado al Negro el logotipo de Dos pájaros de un tiro, la gira mundial de los dos cantantes españoles. El Negro ya estaba muy enfermo y no podía dibujar. Entonces llamó a su amigo Crist, también dibujante. Eran tan amigos que, cuando el Negro ya no podía dibujar, Crist, que podía imitarlo, se encargaba de hacer los dibujos. Esa es la amistad: llegar hasta donde el otro no puede. Fue un hombre generoso; aceptaba el afecto de todos sin discutirlo.”

Serrat, Menotti y el Negro

No hay grandilocuencia en su testimonio. Serrat eligió la sencillez para describir una amistad que nació en un contexto improbable: un bar barcelonés tras la derrota de la selección argentina frente a Bélgica, en el partido inaugural del Mundial 82. “Era un día infausto para la selección argentina. Quedamos con Menotti y terminamos en un boliche muy frecuentado por argentinos. Ahí, cuando él estaba colgado en un extremo de la barra, serio y triste como todos, comenzó nuestra amistad, que duró hasta el final de sus días”, recordó el músico.

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Esa primera charla se transformó en un vínculo sostenido a lo largo de los años, entre Barcelona, Buenos Aires y Rosario. Serrat conoció la mítica “Mesa de los Galanes”, el rincón del bar El Cairo donde Fontanarrosa se reunía cada tarde con sus amigos. “Participé en la Mesa de los Galanes. Me senté y fui aceptado como uno más”, contó. En ese grupo de tertulias, fútbol y humor se mezclaban con política y literatura: una bohemia que el cantante recuerda como un privilegio.

Fontanarrosa había nacido en Rosario en 1944. Fue dibujante, guionista, narrador y fanático de Rosario Central. Desde las páginas de Clarín y a través de personajes como Inodoro Pereyra y Mendieta, retrató la idiosincrasia popular con una ternura corrosiva. Más tarde, su narrativa lo convirtió en pionero del cuento futbolero y en un referente para varias generaciones de lectores. Serrat lo define como “tan buen guionista como mejor escritor”.

Los amigos y la conversación

En El País, el músico dejó entrever una concepción de la memoria sin dramatismo: “Pienso en el pasado con ternura y gratitud, con la tranquilidad de que es irrepetible. El pasado y yo vamos por caminos distintos: él está en un lado; yo, en otro. Él se va quedando cada vez mejor y yo voy acumulando déficits.” Esa distancia sin tristeza parece la clave de su homenaje: recordar sin pretender revivir.

Amigos y confidentes.

A dieciocho años de la muerte del Negro, Serrat insiste en el valor de lo pequeño: los amigos, el bar, la conversación. Tal vez por eso recupera una frase que el propio Fontanarrosa solía repetir: “A mi hijo solo le deseo que los amigos sonrían cuando lo ven llegar.” En esa imagen sencilla, Serrat encuentra la medida exacta de una vida.

Más allá del reconocimiento del dibujante, del escritor, del hincha, el catalán rescató al hombre. Y lo hace sin solemnidad, fiel a esa ética compartida que los unió desde aquel lejano Mundial 82: la amistad como refugio, la ironía como antídoto, la ternura como idioma común.

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