Felimana nació en los '60. Exporta a Europa, Asia y Estados Unidos. "Somos fabricantes de alegría", aseguran.

Vender carruseles, autitos chocadores, vueltas al mundo y otros juegos mecánicos es la quintaesencia de la empresa anclada en el gris arrabal fabril de Parque Chacabuco, de la que Ali es gerenta de marketing. Felimana nació en los ’60. Su padre fundador es Federico José Amado. La primera calesita –un modelo estándar de 4,90 metros de diámetro y figuras fijas– la forjó Amado en solitario hace 58 años. Una de sus últimas creaciones –el colosal carrusel Titán Deluxe de tres pisos, 45 toneladas de peso, 104 caballos y capacidad para 200 pasajeros– fue fruto del trabajo aunado de los 26 laburantes de la pyme.
La Argentina es la sexta potencia mundial en el rubro. Peleamos cabeza a cabeza con los coquetos girotondi italianos. Felimana domina el mercado local hace años. También exporta: sus diseños decorados con oropeles de estilo veneciano hacen las delicias de los gurises del Viejo Mundo, América del Norte, Brasil, Medio Oriente y mucho más allá.
Para la especialista, nada puede hacer chocar a la calesita: «Tiene siglos de historia y nunca pasó de moda. Cuando se arma un parque de diversiones, el primer juego en el que se piensa es el carrusel. En las exposiciones vemos a los empresarios y funcionarios subirse a los caballitos como si fueran nenes».
En Francia se las llama carrousel; en España, tiovivo; y en Israel, sjarjará. La sortija es un invento argentino como la birome, el dulce de leche y el peronismo. «Cuando me toca entregar un carrousel en el exterior, la gente no sabe qué cuernos es la sortija», sonríe Ali.
Un carrusel estándar puede demandar hasta tres meses de trabajo. Uno para el extranjero de tres pisos, casi todo un año. De ahí que el costo de venta vaya de 20 mil hasta 70 mil dólares. El matricero Ramón Gambarte tiene 67 pirulos. «Acá plantamos la semilla del carrusel». Es nacido y criado en la ciudad tucumana de Acheral: «Infancia humilde, mi amigo. No había ni una moneda para la calesita». Con los años, aprendió que a veces la vida da revancha: «Cuando terminamos de montar una calesita, aunque ya esté grande, me subo y doy una vuelta. Es como tener otra infancia».
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qué lindo!!!! desafortunadamente en los parques y plazas, al menos de CABA, cada vez hay menos calesitas. Viva la industria nacional!!!!