Las decisiones de la administración PRO condensan el debate educativo: qué hacer con la tecnología en las aulas. Del espíritu democratizante del Conectar Igualdad al terreno monopolizado por grandes corporaciones. Desafíos, problemas y el riesgo de la deuda cognitiva.

En 2010 se lanzó Conectar Igualdad, programa pionero que dotó de computadoras y equipamiento tecnológico a las escuelas secundarias argentinas y que el gobierno de Javier Milei discontinuó. El objetivo era promover el acceso a la conectividad para achicar la brecha digital. Hoy, las desigualdades persisten –en cuatro de cada diez hogares argentinos no hay ni una computadora–, pero también emergen nuevos interrogantes. Aquel territorio digital que contenía una promesa democratizante se tornó un terreno monopolizado por grandes corporaciones tecnológicas que determinan lo que cientos de miles de niños, niñas y adolescentes consumen a diario. Y disputan su tiempo de vida.
Santiago Stura es coordinador de comunicación de la organización Faro Digital, que realiza talleres, campañas, investigaciones y contenidos sobre la temática. En diálogo con Tiempo plantea que un desafío es reconstruir la autoridad cronológica: “Hay que conocer más el funcionamiento de las plataformas en los territorios digitales para dar una discusión robusta entre la escuela y el mundo adulto sobre a qué edad cada pantalla, plataforma y contenido”. Eso implica, desde su criterio, “no encandilarse desde una mirada fetichista de la tecnología y pensar que lo mejor es la introducción de Inteligencia Artificial a cualquier edad”. A la inversa, tampoco escandalizarse “y creer que lo que hay que hacer es sacar totalmente la tecnología de las escuelas”.
En la apertura de sesiones de CABA, el jefe de Gobierno anunció que la Ciudad “es la primera en América Latina en acreditar internacionalmente a más de 7 mil docentes en Google Gemini y garantizar acceso a herramientas de Inteligencia Artificial a todos los alumnos de primaria y secundaria». La ministra de Educación Mercedes de Miguel aclaró que se introduce en los últimos años de la educación básica de manera gradual, guiada y con protocolos escritos para cada docente.
Alan Daitch, emprendedor tech y especialista en IA, señaló en X un consenso global emergente que dice que la Inteligencia Artificial generativa no es para chicos de primaria: “El MIT midió la actividad cerebral de estudiantes escribiendo ensayos. Los que usaron ChatGPT mostraron hasta un 55% menos de conectividad neuronal que los que escribieron solos. El 83% no podía recordar lo que su propio ensayo decía. Y lo peor de todo es que cuando le sacaron la herramienta, el efecto no se revirtió. El cerebro ya se había acostumbrado a no hacer el trabajo. Los investigadores lo llaman ‘deuda cognitiva’. Cuanto más delegás, menos recuperás”.
Diego Rubini es maestro en escuelas públicas de CABA e hizo uno de los cursos de Gemini. Sostiene que la IA puede ser muy potente para la planificación docente. Él la usa como asistente para armar distintas propuestas, a partir de un mismo contenido, de acuerdo al nivel de conocimiento de los estudiantes. Sin embargo, la IA comete errores. Y sólo puede identificarlos quien estudió antes el tema.
“Eso es lo que no pueden hacer los chicos de primaria. En líneas generales, los pibes se quieren sacar el trabajo de encima bajo la premisa de que ‘después no pasa nada’. La tentación de usar la IA es muy grande. Más si no hay una familia atrás impulsando a que piensen por sí mismos. Algunos lo hicieron incluso cuando prohibí que lo hagan, expliqué por qué y les di fuentes para que respondieran las preguntas”, relata a Tiempo.
Carina Lion, doctora en Educación y especialista en tecnología, opina que negar la IA no es una opción si se piensa en el futuro de niños, niñas y adolescentes. Explica que, desde el punto de vista lingüístico, hay que poner la lupa en el límite entre el deterioro cognitivo y un proceso de razonamiento que transparente las decisiones de estudiantes y docentes. Por ejemplo, qué prompt se escribió, qué contestó la herramienta y qué se hizo con eso. Lo importante, insiste la experta, es que haya una mediación docente relevante, lo que permite la construcción del conocimiento.
“¿Se puede generar pobreza cognitiva o un empobrecimiento? Sí, si no se piensa bien qué delegamos a estas herramientas. Si delegamos la síntesis y el análisis se pierden esas capacidades”, reflexiona. Y agrega: “La inteligencia artificial generativa no razona, predice, trabaja sobre la base de modelos y patrones. En cambio, a los estudiantes hay que seguir exigiendoles pensamiento crítico”.
La otra medida en la lupa es la prohibición estricta del uso de celulares en el aula, camino que el GCBA empezó a mediados de 2024. La gestión de De Miguel apunta a que se utilice el equipamiento tecnológico de las escuelas por sobre los dispositivos personales. De esta forma, se recoge un reclamo bastante extendido en la comunidad docente.
“Creo que la medida va en el sentido correcto. Desde que se avanzó en esa línea hay un impacto real positivo. Uno ve en el aula que es más fácil lograr un clima de clase sin celular. Los estudiantes se concentran más”, describe Manuel Díaz, profesor de Historia en escuelas públicas de la Ciudad. Su análisis coincide con los resultados publicados por el GCBA: siete de cada diez alumnos de primaria y seis de cada diez de secundaria dijeron que prestan más atención sin
el dispositivo.
Sin embargo, para el docente, faltan otras políticas complementarias para que la implementación no quede “a medias” y se garantice el acceso a materiales de estudio: “Si no, se profundiza una desigualdad latente entre escuelas y zonas de la ciudad. En muchas instituciones, las familias no
tienen la posibilidad económica de solventar la compra de un manual, libro o cuadernillo de fotocopias. Tampoco hay impresoras. Por eso, los docentes recurrimos al celular que todos los pibes tienen”.
Díaz señala que, a veces, los anuncios del Gobierno de la Ciudad están muy lejos de la realidad de las aulas: “En uno de los colegios donde trabajo en Villa Lugano no empezaron las clases porque estamos en obra. Tenemos Google Gemini, pero no tenemos agua».
Además, insiste en que falta una política de oferta deportiva, artística y cultural para que los adolescentes no se pasen horas scrolleando cuando salen de la escuela. El cierre de orquestas juveniles como la Violeta Parra en la villa 21-24 y la “Virgen de Itatí” en Parque Chacabuco va en la dirección inversa. «
¿Qué implica el acuerdo entre el Gobierno de la Ciudad y Google Gemini? ¿Los datos se utilizarán para entrenar modelos de lenguaje? ¿Quién garantiza su protección? ¿Cuál es el costo de esta contratación? Tiempo consultó al Ministerio de Educación de CABA, pero no obtuvo respuesta.
Cecilia Rikap, autora del libro Teoría de dependencia digital, advierte que se trata de “una tecnología extranjera, adoptada a caja cerrada y provista por una de las empresas más grandes del mundo que tiene una capacidad enorme de gobierno y de imposición sobre otros Estados”. El término “gobierno” no es una exageración: son unas pocas corporaciones que “gobiernan de una forma completamente antidemocrática y ahora también van a gobernar cómo se educan y cómo piensan los niños y niñas en las escuelas”.
Hay un antecedente: la Escuela Google impulsada por Macri cuando era intendente de Vicente López. Lion subraya que no es sólo una dependencia digital en términos cognitivos y emocionales, sino también políticos: “Estas empresas se han repartido la nube y controlan los datos e ideas. Porque ahí hay otro problema en términos de soberanía: de quién son las ideas cuando se coproduce con la Inteligencia Artificial”. Es contundente: las grandes tecnológicas no solamente ganan con el contrato del Gobierno de la Ciudad con Gemini, “sino que además ganan clientes de por vida porque estos niños y niñas no van a saber cómo vivir y cómo llevar adelante sus tareas cotidianas sin la IA”. Dice que los Estados de países periféricos deberían cortar relación con estas grandes empresas. La pregunta es si están dadas las condiciones para desarrollar herramientas tecnológicas propias, con mirada de futuro.
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