Sonrisas contra el olvido

Por: Lois Pérez Leira

Su desbordante alegría de luchar se queda grabada en cada uno de nosotros.

​Se nos fue una parte fundamental de nuestra historia reciente, un faro imprescindible y un símbolo inquebrantable de la lucha por los derechos humanos. Se nos fue Taty. Pero nos queda el fuego de su memoria y el recuerdo imborrable de haber compartido el mismo camino.

​A Taty la conocí en Madrid, en un escenario que era pura trinchera de justicia: la casa del querido abogado Carlos «Carly» Slepoy. Ella había viajado a España, invitada a declarar ante el juez Baltasar Garzón en los juicios por los delitos de genocidio y terrorismo de Estado cometidos por la dictadura argentina. La casa de Carly funcionaba como ese refugio necesario, el punto de encuentro previo antes de enfrentar el estrado.

​A esa entrañable reunión en casa de Slepoy fuimos juntos con la destacada novelista argentina Elsa Osorio. Aquella vivienda era un hervidero de emociones, el epicentro donde coincidimos con tantos compañeros y compañeras que habían padecido en carne propia el horror del genocidio argentino. El ambiente desbordaba una emotividad a flor de piel, pero entre el dolor, la figura de Taty emergió de una manera asombrosa: descubrí a una mujer con una energía deslumbrante, una alegría desbordante y unas ganas de luchar que contagiaban a cualquiera.
​Como era de esperarse en un encuentro entre militantes de la memoria, la vida de los nuestros se hizo presente. Hablamos de su hijo Alejandro, y yo le abrí mis recuerdos para contarle sobre el secuestro de una persona fundamental en mi juventud, mi querida compañera Inés Ollero. En ese intercambio de ausencias presentes, nos entendimos con la mirada.

​Dos días después de aquella reunión, fui con Slepoy a un recital de Ignacio Copani, y también nos acompañó Elsa Osorio. El destino —o la complicidad de la vida— hizo que nos volviéramos a cruzar con Taty en ese lugar. Al vernos, nos fundimos en un abrazo apretado, de esos que sellan compromisos para siempre.

​La geografía manda y mi vida en Vigo nos impidió volver a coincidir físicamente tanto como hubiésemos querido, pero la distancia jamás enfrió el afecto. Mantuvimos el lazo vivo a través de mensajes de WhatsApp. Cada vez que me tocaba impulsar una campaña solidaria o de denuncia internacional, sabía que podía escribirle; jamás fallaba, siempre estaba ahí para firmar, para apoyar, para poner el cuerpo a la distancia.

​Hoy la despedimos con el dolor de la pérdida, pero con la certeza de que su desbordante alegría de luchar se queda grabada en cada uno de nosotros. Hasta siempre, Taty querida. Tu ejemplo no se va.

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