Tras la media sanción en el Senado, el ministro defendió un esquema que recorta salarios por enfermedad, permite el pago de indemnizaciones en cuotas y debilita la negociación colectiva.

Uno de los puntos más polémicos que defendió Sturzenegger fue el nuevo régimen de licencias por enfermedad. Según explicó el ministro, el proyecto introduce una escala descendente en los haberes durante las ausencias: si la enfermedad es “sobrevenida”, el trabajador dejará de percibir el 100% de su salario para pasar a cobrar un 75 por ciento. Sin embargo, el recorte se profundiza si la lesión ocurre en el ámbito recreativo. “Si te lastimaste jugando al fútbol, tomaste una acción activa y el empleador no tiene nada que ver; en ese caso es el 50%”, disparó, justificando la medida como una herramienta para “reducir las licencias eternas” y combatir lo que denominó “abusos”, especialmente en las licencias psiquiátricas.
El funcionario también puso el foco en la modificación del régimen indemnizatorio y el combate a la “industria del juicio”. Si bien aseguró que el monto base de un mes por año de servicio no se toca, destacó que la reforma permite que las sentencias judiciales se paguen en hasta seis cuotas para grandes empresas y doce para pymes. Para Sturzenegger, esto no es una quita de derechos sino una “opción” para que el sector empresario no reciba el “hachazo” de un solo golpe.
Respecto a la jornada laboral, el ministro defendió la creación de un “banco de horas” y el fraccionamiento de las vacaciones por períodos mínimos de siete días. Bajo el argumento de que “la ley pasa a reflejar lo que ya ocurría”, Sturzenegger planteó que la gente hoy busca “más flexibilidad” y que el esquema de trabajo de “8 a 5” quedó perimido.
Finalmente, el ministro se refirió a la “federalización” del trabajo, un punto que generó fuerte rechazo sindical. Sturzenegger confirmó que, de aprobarse la ley en Diputados, el convenio colectivo por empresa prevalecerá sobre el convenio nacional. “El convenio inferior va a prevalecer sobre el superior”, sentenció, dejando a los trabajadores de establecimientos más pequeños sin el piso de protección que otorgan las paritarias nacionales de sus respectivos sectores.
Con su habitual frialdad estadística, Sturzenegger expone una visión del mundo donde el trabajador es apenas un insumo contable. Al mercantilizar incluso el infortunio de una lesión deportiva, el ministro revela la verdadera cara de la reforma: no se trata de “modernizar” el empleo, sino de deshumanizarlo. En el universo del funcionario, la libertad es una calle de sentido único donde el empresario recupera la potestad de fragmentar el descanso y licuar las deudas, mientras el empleado debe pedir permiso —y pagar de su bolsillo— por el derecho a enfermarse.
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