Lo que está en juego no es solo el ambiente, sino el país que queremos construir.

No existe el fuego aislado del contexto. Los incendios ocurren cuando se debilitan las políticas de prevención, se desfinancian las capacidades del Estado, se abandona la planificación y se deja a brigadistas y comunidades libradas a su suerte. El fuego no es solo llamas: es también la expresión de un sistema que llega tarde o no llega.
En contraste con esas falencias, emerge con fuerza el compromiso del pueblo argentino. Una vez más, la solidaridad se organiza desde abajo: brigadistas voluntarios, vecinos, organizaciones sociales, sindicatos, comunidades originarias y miles de personas que aportan tiempo, recursos y trabajo para enfrentar la emergencia. Esa red solidaria, profundamente arraigada en nuestra historia, demuestra que existe una conciencia colectiva que entiende que los bosques, el territorio y la vida no se negocian.
En este marco, cobra especial relevancia la función social de nuestra línea aérea de bandera, Aerolíneas Argentinas, como herramienta estratégica al servicio del interés público. Su capacidad para transportar voluntarios, brigadistas e insumos a las zonas afectadas no es un privilegio ni un gasto, sino una inversión en soberanía, solidaridad y respuesta ante la emergencia. De la misma manera, la coordinación del transporte multimodal —aéreo, terrestre y ferroviario— resulta clave para actuar con rapidez y eficacia frente a catástrofes de esta magnitud. Nada de esto sería posible sin el compromiso de los trabajadores y trabajadoras del transporte y de sus organizaciones gremiales.
Al mismo tiempo, se vuelve necesario debatir el uso y la propiedad de la tierra, los controles sobre su explotación y el modelo de desarrollo que se impulsa para nuestros territorios. Los incendios no pueden analizarse de manera aislada cuando se discute el destino de los bosques, la soberanía sobre los recursos naturales y el futuro de las comunidades que los habitan.
Los bosques no se queman solos. Se degradan cuando la naturaleza es reducida a mercancía y el territorio se concibe como un espacio disponible para la especulación. No hay desarrollo posible sobre cenizas, ni futuro sostenible sin políticas que cuiden lo común.
Por eso, una vez más, el Sur en llamas nos obliga a dar un debate profundo y honesto. No solo sobre cómo apagar el fuego, sino sobre cómo evitar que vuelva. Porque lo que está en juego no es solo el ambiente, sino el país que queremos construir.
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