El tanque del Diego olvidado en Brest

Por: Boris Cane

Maradona vivió allí un mes. No más. Ese mes bastó para activar crónicas locales y titulares argentinos que hablaron de exilio elegante y distancia simbólica.

Fundado en 1960, el Dynamo Brest es un club bielorruso que rompió la hegemonía del BATE Borisov al ganar la liga en 2019. Diego Armando Maradona fue su Presidente Honorario en 2018. Hoy, tras el retiro de su inversor principal, compite con un perfil austero en su país.

UNO. Diego llegó a Bielorrusia tras el Mundial de Rusia. No buscó el anonimato. Pidió cercanía, lujo, movimiento. Minsk lo alojó en Drozdy, distrito reservado a embajadores, ministros y presidentes. El lugar no abre sus puertas a la casualidad: abre jardines extensos, mansiones bajas, vigilancia estricta y silencio calculado.

Diego vivió allí un mes. No más. Ese mes bastó para activar crónicas locales y titulares argentinos que hablaron de exilio elegante y distancia simbólica. La casa ofreció piscina, gimnasio, muros altos y discreción forzada. Diego posó en el living con mate en mano, aceptó entrevistas cortas y viajó de vez en cuando hacia Brest para cumplir funciones honorarias en el club Dinamo.

No hubo épica futbolística. Hubo épica de presencia.

El dueño de la institución le obsequió el Hunta Overcomer, un tanque anfibio fabricado por un consorcio bielorruso-alemán. No era un souvenir, era una bestia civil con alma militar, carrocería blindada opcional, hélice trasera para navegación y ruedas delanteras capaces de virar en flotación. Transportaba ocho pasajeros, cruzaba ríos, marchaba en barro, imponía un diseño que parecía negar aduanas. Diego lo montó en el estadio, levantó brazos y saludó a una multitud que respondió con fervor popular. Las fotos capturaron la escena: él sobre la torre, la gente como oleaje compacto, un país que ofreció veneración pública y control estatal en el mismo paquete.

Diego vivió ese verano como quien recita un manifiesto: sin miedo, sin cálculo, sin pausa para verificar límites. Brest, ciudad de fronteras reincidentes con Polonia, tomó nota del contraste sin subrayarlo.

DOS. Brest nació en el siglo XI como plaza comercial fortificada. Su valor fue práctico en el cruce de rutas hacia el oeste de Europa. No fue capital de imperio, fue bisagra de imperios. Esa condición dictó su carácter porque aceptó función de frontera defensiva y aduana comercial según el turno histórico. El siglo XVIII activó la trituradora. Las Particiones de Polonia (1772, 1793, 1795) disolvieron la Mancomunidad con Lituania. En 1795, el Imperio ruso absorbió Brest. La ciudad cambió idioma oficial al cirílico, pero no su función. Rusia levantó la Fortaleza de Brest-Litovsk, construida entre 1833 y 1842. La ingeniería transformó la geografía en arma de disuasión. Brest aprendió a ser fortaleza y periferia de fortaleza a la vez.

La ciudad también dio nombre a un tratado de 1918 que redibujó el mapa oriental tras la Primera Guerra. Ese pacto obligó a Rusia a renunciar a territorios enormes y poblaciones enteras. El acuerdo duró poco porque los pactos impuestos por urgencia estratégica no resisten la prueba del calendario bélico. Brest no firmó ese tratado como sujeto soberano, lo padeció como territorio negociado. Alemania, en la Segunda Guerra, atacó la fortaleza con artillería, desgaste y cerco. El Ejército Rojo la sostuvo con munición escasa, hambre y convicción que no admitió capitulación temprana. La resistencia grabó mensajes en piedra, dejó túneles marcados por metralla y produjo un mito que la URSS abrazó décadas después como relato oficial de heroísmo defensivo. Los memoriales de hoy no necesitan adjetivos. Las marcas de las balas prueban el punto ante el más escéptico del otro occidente.

La frontera también operó también hacia adentro como límite de exterminio social cuando los nazis abrieron el gueto de Brest y confinaron a miles de judíos durante la ocupación (1941 a 1944). A diferencia de la fortaleza, el gueto no dejó memoriales monumentales sino ausencias demográficas, cicatrices comunitarias y un recordatorio que no precisa grandilocuencia para ser decisivo. Las fronteras también dividen categorías humanas cuando Hitler activó el botón más siniestro.

TRES. En la actualidad, el paso Terespol–Brest es el puente donde la UE y el bloque Euroasiático miden su diferencia técnica. El transporte forma filas largas para la inspección aduanera. Los agentes cotejan papeles, escáneres y declaraciones de carga. Los choferes y maquinistas fuman, negocian demoras y calculan paciencia como moneda de uso cotidiano. La frontera exige logística, control y dinero. Polonia integra Schengen. Bielorrusia no. El puente sobre el río Bug une dos sistemas legales que no coinciden en el modo de medir el tránsito humano ni el flujo comercial.

En el centro de la ciudad, los renombrados cafés de Brest no ofrecen nostalgia suave. Ofrecen conversación sin filtro. Veteranos retirados del ejército describen la fortaleza con memoria técnica. Los jóvenes recuerdan a Diego Armando Maradona sobre el tanque con la misma naturalidad con que mencionan las ruinas, como quien cita un dato urbano.

Ese verano del 2018 después del Mundial de Rusia fue corto, pero la ciudad lo retiene como rareza digna de archivo local. Las historias de Brest no compiten entre sí. Coexisten en una biblioteca oral que no exige jerarquías teológicas. Exige humanidad narrativa.

Se dice en esas mismas mesas de los bares como El Cairo rosarino en cirílico, que el famoso tanque del mejor jugador de toda la historia descansa en un depósito, ocho veranos después. Allá al fondo, en los confines del borde urbano porque su traslado a la Argentina cuesta demasiado y la sucesión no pagó el movimiento.

La mole es un símbolo involuntario porque fue un vehículo concebido para flotar y virar en cualquier terreno hoy depende de una decisión jurídica en Buenos Aires mientras los herederos se disputan el legado. La muerte de D10s demostró que la física del carisma no altera aduanas, ni puentes, ni litigios de herencia. Diego ya no separa aguas. Esa quietud resume la ciudad mejor que cualquier manifiesto teológico. Un tanque concebido para flotar puede hundirse en el limbo burocrático si nadie toma el volante. «

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