Ladrones de tiempo: una crónica de sueño, historia y cronobiología

Por: Claudio Cormick / Valeria Edelsztein

Si algo tienen para decirnos las Ciencias Naturales sobre el ser humano, es que tenemos límites biológicos. Y uno es la necesidad de dormir. Para todo lo demás, necesitamos a las Ciencias Sociales. Y un dato: dormimos en promedio una hora menos que hace 50 años.

“Yo limito la jornada
y entonces ustedes tienen que
trabajar menos. ¿Para qué?”.

Julio Cordero, representante de la UIA, 2023.

Antes de que el tiempo se volviera una grilla prolija de horas, minutos y segundos, muchas comunidades vivían en lo que los antropólogos llamaron task orientation, “orientación por las tareas”. Investigadores que trabajaban en comunidades de Madagascar contaban que allí nadie decía que cocinar arroz tomaba treinta minutos. Cocinar arroz tardaba… lo que tardaba cocinar arroz. No hacía falta invocar una medida abstracta para expresar algo que estaba contenido en la propia acción. Más aún: el tiempo invertido en esa tarea podía él mismo servir de medida para otras; se diría, en todo caso, que “dos cocciones de arroz” es lo que nos tomó llegar al poblado aquel día.

En las orillas del río Cross, el tiempo de la muerte de un hombre se medía por la brevedad del maíz que todavía no había terminado de tostarse, y en el Chile del siglo XVII, el pavor de un terremoto se cronometraba en «credos»: dos oraciones completas de sacudida antes del silencio.

En cambio, la cocción de un huevo solo duraba un Ave María. Incluso en la vieja Inglaterra, el tiempo de una necesidad fisiológica (el pissing while: sí, es exactamente lo que parece) servía como una medida ruda pero honesta para marcar el paso de la vida. Las tareas, con su duración concreta y encarnada, bastaban para medir el tiempo sin necesidad de una contabilidad ordenada y rigurosos tipos de cambio que nos permiten afirmar que un minuto dura 60 segundos, independientemente de lo que hagamos con él.

Hoy, el segundo está oficialmente definido como la duración de9.192.631.770 períodos de la radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio-133. Sin embargo, cuando pensamos en un segundo no imaginamos radiación, cesio ni ningún proceso real, ningún fenómeno que lo “llene”. Es una duración, sí, pero la duración de nada en particular. “Esto en mis tiempos no pasaba”, podrían decir aquellos nativos de Madagascar.

Pero la orientación hacia las tareas no implicaba solamente que ellas funcionaran como medida. También ordenaba la jornada y el año sin necesidad de cronogramas ni calendarios. Había momentos para que los cazadores colocaran sus trampas, definidos por la alternancia de luz y oscuridad y no por la hora de un reloj. Los pescadores seguían el ritmo de las mareas. Las vacas debían ser ordeñadas con regularidad. Y en la agricultura, los períodos de cosecha (y solo esos) demandaban trabajo de sol a sol. Los ritmos laborales respondían a necesidades perceptibles, literalmente visibles: esa vaca ahí adelante que ordeñar; ese mar ahora propicio para salir a pescar. Pero, sobre todo, esa necesidad perceptible regía los tiempos de no trabajo, los tiempos de ocio.

Cuando el trabajo era primordialmente agrícola, las interrupciones estaban impuestas por el mundo físico. El ocio no era un vacío que hubiera que justificar, sino la consecuencia natural de que la noche volviera invisible la tierra o de que los meses entre la siembra y la cosecha, el grano simplemente se hiciera esperar. Pero esta relación con el tiempo de trabajo y de ocio, vista en retrospectiva desde los parámetros impuestos por la industrialización capitalista, no podía dejar de aparecer como un derroche. Una fábrica, con iluminación artificial y reservas de materias primas listas para alimentar una línea de montaje, podía permitir el trabajo sin pausas que un campo de cultivo no.

El “matrimonio por conveniencia” entre el capitalismo industrial y el puritanismo, como lo llamó el historiador E. P. Thompson, tuvo que resolver esto. Y lo hizo gracias a Dios. Sin la coma.

El papa Gregorio Magno y sus pecados capitales.

El problema del ocio

Duerman ahora, señores, y despiértense en el infierno, cuando no haya redención”, advertía Oliver Heywood, un puritano del siglo XVII.

Bajo el rigor de los teólogos puritanos, el ocio fue reclasificado como una afrenta a la divinidad: la pereza. Y acá uno podría creer que, como ya nos enseñaron los pensadores Brad Pitt y Morgan Freeman, la pereza es en efecto, y desde siempre, uno de los siete pecados capitales. En realidad, ni siquiera: aunque eso aparezca sugerido en el Catecismo oficial de la Iglesia Católica, la historia es bastante más compleja, la pereza no aparecía en la lista del papa Gregorio Magno, y solo se llegó a ella después de una serie de transformaciones medievales que involucraban a una especie de apatía, pero espiritual, llamada acedia.

Inglaterra, epicentro de la Revolución Industrial.
Foto: AFP

Como fuere, y pereza en mano, según comenta Thompson, para la época de la Revolución Industrial las clases ociosas (aquellas que no estaban dejando su vida en las fábricas) descubrieron el “problema” del ocio de quienes sí trabajaban. El tiempo se convirtió en una propiedad de la que se debía rendir cuentas; cada minuto no invertido en la producción se transformó en un robo a Dios y una afrenta al patrón, y así se emprendió una auténtica cruzada contra pecados tales como el… dormir.

En algunas fábricas inglesas del siglo XIX, los obreros comenzaron a sospechar que los patrones les estaban extrayendo minutos gratuitos a su fatiga: el reloj de la nave principal no coincidía con el del campanario del pueblo. Los dueños ajustaban las agujas con discreción a expensas del ocio y del sueño de los obreros, adelantando el inicio de la jornada y retrasando su final, de modo que la suma de pequeñas alteraciones diarias producía una transferencia silenciosa (adicional) de tiempo y dinero. Relatos de la época señalan que los obreros no estaban autorizados a tener relojes, que les eran incautados de forma tal que solo el capataz pudiera determinar las horas de entrada y salida. La disciplina industrial no descansaba únicamente en reglamentos y castigos, sino en la capacidad de fijar un marco temporal que convertía cada minuto en una unidad con valor económico.

Abecedario del sueño, de Golombek.

Una hora menos que hace 50 años

Diego Golombek, graduado de la UBA, investigador del CONICET y el principal especialista del país en cronobiología, comenta que más cerca en el tiempo, hace escasos 100 años, la evidencia indica que efectivamente se dormía en promedio ¡dos horas! más que en la actualidad: aunque de carácter anecdótico, es la cifra que se desprende de los diarios personales de la época. Si ajustamos la escala y comparamos con 50 años ha, ya tenemos datos de encuestadoras, y el número sigue siendo preocupante: se dormía, comenta Golombek, una hora más que ahora.

El problema es que no somos infinitamente flexibles. Si no podemos dejar que nos sigan robando cada vez más tiempo es porque hay un mínimo de horas de sueño necesarios que varía según nuestra edad: “El consenso actual”, comenta el investigador, “es de un mínimo de siete horas de sueño nocturno para adultos, un mínimo de ocho para adolescentes y un mínimo de nueve para niños y niñas”.

Y a los nombres que menciona Thompson, Golombek le suma uno más: el de Thomas Alva Edison. Edison, el inventor de una versión temprana de la lámpara incandescente (y… empresario), es, nos recuerda Golombek, “uno de los grandes ladrones de tiempo”: “explícitamente él dice que una de las grandes virtudes de la iluminación eléctrica es la reducción del sueño”.

Thomas Edison, luces y sombras.

Un recurso en pugna

No es casual entonces que el 1º de mayo, quienes vivimos de nuestro salario conmemoremos una lucha que se inició con la reivindicación de reducir la jornada laboral: el atrevimiento de los obreros de la época incluía la osada exigencia de “8 horas para trabajar”, “8 horas para lo que queramos” y, oh sí, “8 horas para descansar”. Desde los inicios del capitalismo, la duración misma del día de trabajo, y no solo las condiciones en que se ejerce, o los salarios con los que se lo remunera, se convirtió en uno de los terrenos de las reivindicaciones obreras. El tiempo dejó de ser simplemente el ritmo de las tareas para transformarse en un recurso en pugna, y pasó a definir las reglas de juego para ambosbandos de la lucha de clases.

El reclamo, naturalmente, no deja de ser actual: el mismo gobierno que premió con la secretaría de Trabajo a Cordero, fue consecuente y aprobó, hace escasas semanas, una reforma laboral que autoriza que la jornada de trabajo se extienda hasta doce horas. Pero hay, irónicamente, un plot twist.

Y es que, como nos recuerda Golombek, no se trata solamente de que “si nuestro objetivo es un objetivo de calidad de vida y de salud de la población en general, tenemos que considerar el sueño”. La verdadera ironía es que la deuda de sueño termina disminuyendo precisamente la productividad que, desde hace generaciones, los capitalistas intentan aumentar a fuerza de sustraernos descanso: “los datos de las últimas pocas décadas y en algunos casos de los últimos pocos años”, según resume Golombek los resultados de un trabajo que publicó con colegas de otras áreas, “apuntan indubitablemente a que el sueño es un aliado de la productividad y no un enemigo”.

Ser de otra manera

La disputa social por los recursos disponibles se extiende incluso hasta a una necesidad básica como el tiempo de descanso, y a niveles tales que la tiranía del trabajo se vuelve irracionalmente contra sus propios promotores. Y aunque esa disputa, por ahora, la están ganando Heywood y su contraparte tercermundista Cordero, la cronobiología y la historia de las luchas sociales son claras y nos recuerdan que las cosas no solo necesitan, sino que han podido, ser de otra manera.

Golombek y el tiempo.

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