Trazo grueso

Por: Martín Rodríguez

Columna de opinión.

A Mariano Schuster

En la obra monumental, compleja, itinerante, religiosa y marxista de Pier Paolo Pasolini hay una constante: su mención al neocapitalismo, esa «mutación antropológica» en el corazón de la sociedad industrial italiana. Uno de sus gestos más «celebrados», incluso por izquierda, fue cuando advirtió al pueblo en el policía represor antes que en el estudiante reprimido a fines de los años 60 (¡El PCI para los jóvenes!: «Cuando ayer en Valle Giulia pelearon / con los policías, / ¡yo simpatizaba con los policías! / Porque los policías son hijos de pobres».). No sería la única vez en escribir sobre esa identificación. Para Pasolini la pequeña burguesía estudiantil usurpaba el lugar de la lucha de clases para ser, a sus ojos, una guerra de jóvenes contra sus padres (una guerra civil). Sus intervenciones contra la sexualidad libre también se encadena sobre esta misma órbita: veía derrumbarse el mundo simbólico del comunismo, del catolicismo, la moral, la sacralidad, incluso la antigua arquitectura fascista, a los pies del neocapitalismo. Estoy simplificando, pero Pasolini fue un polemista auténtico, él también simplificó. 

Publicadas bajo el título de «Las bellas banderas», en su correspondencia en una revista con obreros italianos en los años 60, podía decir que muchas veces prefería a un cura, representante de toda una cultura, que a un político neocapitalista. Y en ese duelo íntimo, como decían sus cartas, se paraba a mirar el baldío que había dejado una antigua casa en Roma y donde se construía un «nuevo edificio», para llorar en silencio. (Esa melancolía, también se puede rastrear por completo en la magnífica obra de la poeta argentina Juana Bignozzi.) Se puede ver en Youtube una entrevista (en realidad, una pregunta) de un periodista sindical a Pasolini acerca de su relación con la masa (y la elite). El periodista le pregunta por qué dice que su obra sólo dialoga con la elite. Pasolini se enoja. Se nota. Le dice que en realidad no habla de la elite clásica, de la derecha dueña de las cosas y la cultura, sino de nuevas elites, en las que también puede entrar la vanguardia de esa clase obrera. Pero hay sólo elites, no hay masa. La masa está perdida: todos son burgueses. Y le dice al periodista que él también lo debe ser, ya que no es un analfabeto. El problema que ve Pasolini y por el que rabia, es tanto la proletarización torpe de las juventudes burguesas (un tema clásico en la crítica política radical, el pasaje de capas medias a una política popular en la que se reniega de esa pertenencia, pensemos acá en los muchos traumas filiatorios del «peronismo de izquierda») como, más de fondo, el aburguesamiento de esas clases obreras. Alguna vez terminará diciendo que sólo cree en el analfabeto, en el hombre sin instrucción. Pasolini es el hombre de izquierda y de la piedad que no tiene piedad con el aburguesamiento de los obreros. «Todos quieren ser burgueses.» Una conversión que desclasa y ofrece donde antes había pueblo, sólo pobreza o aspiración, deseo de consumo. 

La sacralidad del mundo pasoliniano, su exploración en los Mitos (como inconsciente popular), su piedad sobre el mundo del bajo pueblo (en El evangelio según San Mateo hay un soldado romano que clava a Cristo mientras lo mira con compasión), como si en ese borde, en esa clase final de los suburbios que en el mejor de los casos ofrece su fuerza de trabajo y en el otro mejor de los casos su sexualidad para ser gozada por burgueses (como él), en esa mamma Roma de la periferia, en los pueblos del norte de África, entre los palestinos, ahí, reside un resto de extraña «pureza» no alcanzada por el capitalismo, que puede ser también una inocencia salvaje, maligna, erótica, religiosa, «intacta». Como bien dice Alejandro Kaufman: «hay una idea de Pueblo, no de pobres, no hay pobres en Pasolini, el llamado neoliberalismo consiste en crear pobres donde hay pueblo, aunque hoy no creo en un pueblo como categoría trascendental, pero tampoco así en la gente». 

Todo esto me resulta lejano y gozoso, ideas de «pueblo», religiosidad, guerra civil. Pasolini es un evangelio del siglo 20, una antropología lírica, un hijo del fascismo capaz de separar por amor el cuerpo del padre de su camisa negra criminal. Y su invectiva (contra los neocapitalistas), vuelve, se refresca, persiste hoy, acá, entre nosotros, en los discursos de izquierda contra los «aspiracionales», contra los consumistas, y ya no puede ser leída así, como traición a una cultura de clase, hay un problema mayor sobre el modo en que las capas ilustradas piensan sobre los que «suben» (¿qué fue el voto a Sergio Tomás Massa en el oscuro 2013?). ¿El problema del capitalismo hoy yacería en lo mismo: que demasiados creen en él, que justamente los obreros quieren ser burgueses? Pero este «desprecio» hacia los ascendidos toma muchas formas. Como en el video de Luis Alberto Spinetta del año 1991 (de la canción «La montaña»), cuando canta: «Suban a los techos, ya llega la aurora»; y una familia sube y espera en el techo la llegada del flete con el Aurora Grundig. Y se abrazan. 

Ya no hay un afuera. Pasolini imaginaba, retrataba, insistentemente, como en el final de Teorema, un «desierto» por el que corría gritando como loco el padre desnudo. Un tiempo de «cero» histórico. «Empieza –escribió– una Italia nueva que basa su nacionalidad real en el poder real de la industria neocapitalista y tecnocrática.» 

En un breve documental para la RAI, Pasolini pasea por las calles y playas de la pequeña localidad de Sabaudia y describe en ella la arquitectura fascista como superficie colosal, neoclásica, etc., pero torpe porque no hizo mella en ese pueblo italiano rústico, sencillo, y si bien describe sin lugar a dudas a los fascistas como una «banda de criminales», a su modo les reduce la pena por su propia ineficacia en no haber penetrado a fondo en el corazón de esa Italia pueblerina. «Cuánto nos reímos nosotros los intelectuales de la arquitectura del régimen fascista…» arranca para luego describir una sensación inesperada: Sabaudia tiene paredes edificadas por el fascismo pero nunca fue fascista, hay una comunidad allí, hay vidas honestas, hay una inocencia de pueblo que no fue criminal, aunque haya alzado sus vidas en esa misma arquitectura. Sin embargo, vuelve su obsesión: lo que sí penetró fue la «cultura del consumo». 

La última frase que se escucha en boca de Pasolini es «no hay nada que hacer», baja la mirada, suena el saxo ronco del Gato Barbieri en su interpretación de «El día que me quieras», y Pasolini, con su sobretodo y pelo al viento, baja por un médano y se dirige al mar. Corría el año 1974 y Pasolini resumía su realismo capitalista: ya ha triunfado, “no hay nada que hacer”. Se niega a dar una “respuesta positiva”. Esa playa y ese mar como extensión del desierto y de la muerte, que lo encontraría un año después de un modo tan violento. 

Dijo alguna vez: “¡no tengo nada de hombre político!”. « 

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