Con 53 años, sale Trudeau de la escena política, y deja un electorado frustrado pese a tener un balance defendible. ¿Por qué? Quizás porque no parece que el individuo responsable que desea Lipovezky pueda vivir sin una pertenencia social, un proyecto colectivo que proyecte la persona en algo más vasto, creador de sentido.

En este contexto, el caso del mencionado Justin Trudeau puede explicar auge y caída de la posmodernidad. Es el heredero de una dinastía política canadiense, inaugurada por quien fuera varias veces Primer Ministro por el Partido Liberal de Canadá, Pierre Elliott Trudeau (1919-2000), el padre, que en 1968 legalizó el divorcio y despenalizó tanto la interrupción voluntaria del embarazo como la homosexualidad, con el lema de “el Estado no tiene nada que hacer en las camas de la Nación”. Con 44 años recién cumplidos, Justin Trudeau jura como Primer Ministro en 2015. Joven, deportista, apuesto, era la imagen misma del progresismo liberal. Practica la igualdad de género en el gobierno, promueve acciones a favor de la infancia, mejora la distribución de medicamentos, abre el diálogo con los pueblos originarios (que allí llaman “Primeras Naciones”), establece una política de inmigración abierta, crea un impuesto al carbono para combatir el calentamiento global, además de salvar a Canadá de la pandemia del COVID-19, con sólo 4% de sobre fallecimientos. Y sin embargo debe renunciar, presionado por la propia interna del partido liberal, por el bajo apoyo en la opinión pública. Encima está el sector del gas y petróleo, con el que nunca se entendió del todo bien, que clama por establecer un esquema más extractivista de los recursos naturales. Pese a que Canadá siguió la línea política de la OTAN en materia de relaciones exteriores, ahora es el futuro presidente de Estados Unidos quien amenaza con aumentar las tarifas de protección aduanera y hasta sueña con convertir a Canadá en el Estado 51 de la Unión. En este caso también parece difícil que el amor pueda vencer al odio.
Con 53 años, sale Trudeau de la escena política, y deja un electorado frustrado pese a tener un balance defendible. ¿Por qué? Quizás porque no parece que el individuo responsable que desea Lipovezky pueda vivir sin una pertenencia social, un proyecto colectivo que proyecte la persona en algo más vasto, creador de sentido. Y tal allí falló Trudeau. La posmodernidad fue eficaz en destruir los modos de pensar anteriores, la maneras de militancia política anterior, pero ha sido incapaz de crear y establecer formas de hacer propias, eso que llamamos cultura, tanto en la economía como en la sociedad. Sin referencias morales ni ideológicas, sin normas, la posmodernidad nos lega la anomia. Al fin y al cabo, no pasó de ser otro relato explicativo, ese que dice que no hay explicaciones ni deberes sino hacia uno mismo, en una relación exacerbada de las relaciones de las personas a las cosas –pantallas, por ejemplo- y no entre las personas, lo que permite la existencia de una comunidad política. La posmodernidad no nos lleva a la libertad, sino a la antimodernidad, que vemos florecer a través del planeta, y que sufrimos en carne propia en nuestro país. Dice Vladimir Putin que la historia es una maestra que castiga a los alumnos que la ignoran. Será pues. «
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