Un año que querríamos olvidar pero no podremos

Por: Pablo Taranto

Se va el año de la pandemia, así lo recordará la historia. Catastrófico para la economía global, trágico para los millones que perdieron a sus familiares, admonitorio para los que desoyen las advertencias de la naturaleza castigada por el extractivismo humano, penoso en la multiplicación de aislamientos y protocolos. No sabemos qué es lo que viene, pero 2020 se va. Y se va con un horizonte algo más despejado: la llegada de las primeras dosis de la vacuna y el inicio de un operativo de inmunización sin precedentes abren un paréntesis de esperanza frente al cruento escenario, todavía vigente, de enfermedad y de muerte.

Ha sido un año ingrato para todo el mundo, signado por el dolor y la angustia. También ha sido un año ingrato para ejercer el periodismo. En este escenario, los protocolos periodísticos de la vieja normalidad quedaron obsoletos. Tuvimos que reinventar nuestro oficio. Desde Tiempo apostamos a cuidar a nuestros lectores, informando con responsabilidad, pero también nos cuidamos como colectivo, conscientes de que nuestro trabajo es esencial. El distanciamiento se trasladó entonces a la redacción, despoblada, dependiente de un sistema de edición remota construido contrarreloj en marzo y que la pandemia permitió flexibilizar a cuentagotas. El maldito Covid llegó, como a tantos hogares, también al diario, pero los cuidados dentro de la redacción –distancia, barbijos, alcohol en gel, higiene– previnieron el brote y nos permitieron seguir.

El año de la pandemia multiplicó todos los virus, algunos que ya existían y cuyo efecto recrudeció. Las fake news fueron este año una peste tan o más contagiosa que el maldito coronavirus, en un escenario en el que la incertidumbre fue la regla.

La campaña de difamaciones y tergiversaciones contra la vacuna rusa demostró el obsceno cortoplacismo de esta nueva cepa de noticias falsas. Tiempo eligió informar con seriedad, con equilibrio, desde el primer día. Mientras la prensa corporativa instaba a salir, a contagiar, eventualmente a morir o a matar –porque no otra cosa está en juego en una pandemia–, rogamos a nuestros lectores que se quedaran en casa. Señalamos los errores en el manejo de la crisis sanitaria cuando los vimos. Celebramos los aciertos: el haber ganado tiempo para refundar un sistema de salud destruido fue uno de ellos. Y cuando la vacuna apareció en el horizonte, volvimos a hacer periodismo, y contamos cuáles eran los escenarios que manejaba el gobierno: los más optimistas, los menos.

La vacuna llegó. El martes comenzarán a recibirla miles de trabajadores de la salud, los que estuvieron en el frente de esta batalla que todavía no termina. Brindamos por ellos y por esta ventana de esperanza, al cabo de un año que que querríamos olvidar pero no podremos.

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