Un libro de cuentos de Kelly Link, una autora disparatadamente genial

Por: Tomás Villegas

Con traducción de Tomás Downey, la editorial Evaristo publicó el primer libro de relatos de la escritora, que data de 2001. Éstos crean un planeta insólito en el conviven desde animales que hablan hasta esposas de dictadoras y niñas detectives.

La norteamericana Kelly Link vive entre libros. Su cotidianeidad apacible y sosegada en la amena Massachussets la encuentra hace años en pareja con el escritor Gavin J. Grant, quien, en un arrebato de dudosa originalidad, le regaló para su cumpleaños número treinta, treinta libros envueltos en papel.

Es con Grant, también, con quien lleva adelante Book Moon, una pequeña librería, y Small Beer Press, un peculiar sello editorial. Por su catálogo proliferan textos que sondean el weird, el fantástico, el terror, lo bizarro, géneros o modos que, claro está, espejan los intereses de la propia Link como escritora, y que, como pocos, es diestra en descarrillar a su antojo. Pasan cosas más extrañas, su primer libro de cuentos, de 2001, y publicado hoy día por Evaristo en traducción –cautamente voseada– de Tomás Downey, configura una especie de planeta particular, en el que coexisten animales parlantes, difuntos conscientes de su fatal estado ontológico, esposas de dictadores, niñas detectives, fantasmas que cambian de tamaño… Planeta en el que toda una geografía está delimitada por la reescritura de los cuentos de hadas (“Viajes con la reina de hielo», “De zapatos y matrimonio”), aunque no sea allí, sin embargo, donde Link muestra su magia. La heterogeneidad de su talento estimula un vasto amperímetro. Link es capaz de producir un relato con ribetes de terror (“Agua que resbala por el lomo de un perro negro”) o con las ambigüedades del fantástico más reconocible (“Desaparición”).

Los cuentos de Kelly Link

En el primero de los dos cuentos mencionados, un joven bibliotecario penetra en el ominoso mundo de su novia, que vive aún con sus progenitores en una zona rural. Al suegro le falta una nariz y a la suegra, una pierna. Cercado por una atmósfera brillantemente diseñada, los perros rabiosos de la madre política no lo pierden de vista, ansiosos por devorarlo en un santiamén. En el segundo, la niña Hildy espía a una primita que se hospeda en su casa mientras sus padres cumplen un trabajo de misioneros en Indonesia. La prima come poco, habla menos, y pasa la mayor parte del tiempo tirada en la cama, encendiendo y apagando la luz. Paulatinamente, su presencia se atenúa y los adultos del hogar a duras penas la registran. Está planeando volver a su hogar, a sus padres –piensa Hildy–, ir desapareciendo de a poco y teletransportarse a Indonesia… Pero es cuando Link se anima a la desfachatez, a recorrer los caminos que su imaginación extraviada le dicta, que sus textos cobran un vuelo único y disparatadamente genial.

Así, en “El fantasma de Louise”, dos amigas comparten el mismo nombre. La primera Louise se acuesta solo con chelistas y tiene una hija que consume, únicamente, alimentos de color verde. La segunda Louise se acuesta con hombres casados, se lleva mal con la hija de la primera y no sabe cómo deshacerse de un fantasma que se ha entrometido en su hogar. En “La mayoría de mis amigos son dos tercios de agua”, Jak le cuenta a su amiga, la narradora, una idea que considera brillante para una historia de ciencia ficción. Solo que –agrega– nada hay en ella de ficción; por el contrario, es un relato tramado con el trajinar de la experiencia vivida, y lo ha tenido a él –Jak– como uno de sus partícipes. En New York, la mayoría de las mujeres atractivas y rubias son aliens, y él –Jak– se ha encamado con uno. Tal vez se trate de una de las tantas historias imaginarias que circulan por el libro, y que los personajes utilizan para anclarse a sí mismos, o para permitirse escapar de una realidad chata y decepcionante. Tal vez se trate, en el caso de Jak, de darle celos a la narradora, que planta aquí y allá indicios de deseo por él. En los agradecimientos, la autora explicita su gratitud, entre otros, para con sus padres. A su madre, que le leía hasta el cansancio y la afonía, y a su padre, que continuaba con la lectura cuando ella no podía seguir.

Y en cierto sentido, parte de lo weird, de lo fantástico y de lo extraño surge en ella en forma, justamente, de relatos. Relatos que deambulan, que se narran y se escuchan –de boca en boca, a través de cartas, a través del teléfono– y que les insuflan a sus tramas un aire singularísimo, de hilarante absurdo. Afirma, de hecho, en una entrevista con la revista El diletante: “Supongo que la importancia que le doy a las tradiciones y a lo sobrenatural es que son componentes esenciales y fascinantes del tipo de historias que las personas se cuentan entre sí, y de cómo procesamos el mundo que nos rodea”. Es que lo fantástico existe – sostiene– en las historias que nos contamos.

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