Un llamado a romper el pacto de silencio militar: “Hablen, no se lleven lo que saben”

Por: Gerardo Aranguren

Omar Barbieri fue capitán del Ejército y declaró en el juicio oral por las causas Vesubio y Campo de Mayo sobre las patotas que vio pasar de civil por los regimientos donde estuvo y de los documentos secretos sobre desaparecidos que intentó robar.

A más de 30 años de haber dejado el Ejército, Omar Barbieri decidió contar lo que escuchó, vio y vivió durante la última dictadura: patotas de civil, nombres de militares que nunca iban al regimiento o salían por las noches, algunos disfrazados o en autos robados, y los hechos de los que fue víctima cuando intentó robar documentación secreta del centro clandestino de detención El Vesubio que iba a ser destruida.

Barbieri lo contó por primera vez en una entrevista al diario Página/12 y luego declaró ante el juzgado federal de Daniel Rafecas, que investiga delitos de lesa humanidad en el Primer Cuerpo de Ejército, y en el juicio oral Vesubio III.

“Yo quiero ir más allá de lo que declaré”, sostiene Barbieri en diálogo con Tiempo unos días después, y hace un llamado a todos los exmilitares, oficiales y suboficiales que puedan tener información sobre crímenes cometidos en la última dictadura para que lo aporten en la Justicia. “Quiero decirles a esos camaradas que hablen, no se lleven lo que saben, porque Dios también los va a juzgar por eso, por lo que se llevan y nunca dijeron”, manifiesta y les pide directamente: “No tengas miedo, decí lo que viste, hacelo por nuestra querida Argentina”.

Para el excapitán del Ejército, todavía hay muchos que pueden aportar información importante. “Yo era un subteniente del tercer año, con 23 años de edad, valiéndose con herramientas de información de un casino de oficiales donde vivía, un comedor donde desayunaba, almorzaba y cenaba”, dice, por lo que sostiene que otros oficiales pueden tener más datos que los que tuvo él, y aclara: “No quieran deducir si es importante o no. En mis declaraciones me sorprendió que me hicieran repetir cosas que para mí no eran trascendentes. Cualquier cosa puede ser importante y puede terminar con la coartada de un genocida”.

“Acá hay dos veredas: el que está con los genocidas por cómplice o colaborador, o el que no está con los genocidas. No podemos cerrar esta historia sin encontrar las tumbas clandestinas. El compromiso pasa por que tenemos inexorablemente que darles a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que ya han cumplido 45 años, que se nos están yendo, que se vayan sabiendo dónde están los desaparecidos, donde están los asesinados clandestinamente”, añade.

No hay muchos antecedentes de militares que hayan estado en actividad en la dictadura y que hayan aportado información como testigos de crímenes de lesa humanidad. Los integrantes del Centro de Militares para la Democracia Argentina (Cemida), en quienes se referencia Barbieri por su amistad con uno de sus fundadores, Horacio Ballester, se constituyeron en la vuelta de la democracia como una de las pocas voces militares en contra de la dictadura y han declarado como testigos o peritos militares en numerosos juicios, pero la mayoría ya estaban retirados cuando ocurrieron los hechos.

Un caso paradigmático es el de los colimbas que pasaron por la Brigada de Aviación de Campo de Mayo y son claves en la reconstrucción de los Vuelos de la Muerte del Ejército, pero eran soldados conscriptos. El general Martín Balza testificó recientemente en el juicio Contraofensiva II como ya lo había hecho en otros anteriores, aportando a cuentagotas algunos hechos sobre los que escuchó de terceros cuando estuvo en la Escuela de Artillería de Campo de Mayo. En todo caso, los exmilitares suelen ser llamados como testigos de contexto o utilizados por las defensas para argumentar a favor de los acusados.

Infiltrado y traidor

Omar Barbieri viene de una familia peronista: su padre había sido militar y estuvo al frente de una Unidad Básica en Ciudadela Norte hasta el golpe de 1976. “Mi papá me mandó al Liceo. Quería que yo fuera como Perón”, recuerda.

Desde ese momento se sintió un extraño en un Ejército que era “90% gorila y con una doctrina gorila. Todos los días te decían que Evita era una puta y Perón un puto. Todos los días una cargada o una grosería en el pizarrón”.

Egresé en 1974, a la cola pero egresé. Hasta mi papá me decía: ‘No sé cómo hiciste’. Estaba muy emocionado, hizo una fiesta en la panadería, estaba toda la unidad básica cantando la marcha”, dice y recuerda el contraste que le generaba su militancia y su carrera militar: “En el ’73, cuando era cadete, festejé la victoria del tío Cámpora. Cuando al otro día volví, el colegio militar parecía un velorio. Los oficiales instructores, entre los que se encontraba Aldo Rico, estaban de duelo. Según ellos, ingresábamos al horror de la historia Argentina. Pero el horror fue después”.

Su testimonio aportó nombres y datos del funcionamiento de la patota del Vesubio, así como del rol de represores en el Regimiento de Infantería 6 de Mercedes y el 3 de La Tablada. Reconoció que había varios oficiales que se ausentaban continuamente, como el caso de uno de los acusados del juicio Vesubio III, David Cabrera Rojo, a quien en una ocasión lo encontró de civil, armado y con el pelo largo. También vio como parte de esa patota a Emilio Morello y Martín Sánchez Zinny, otros dos imputados por delitos cometidos en el Primer Cuerpo de Ejército.

La parte central de su testimonio fue sobre la existencia de un gran archivo, 18 pilas con varias hojas, con fichas de personas que habían pasado por ese centro clandestino de detención. Durante sus declaraciones, relató que agarró unas 15 hojas con nombres, fotos y el sello con la palabra Final. También una carpeta que decía PON (por Procedimiento de Operaciones Normales) Vesubio. Vio escrito en dos pizarrones las palabras DEST y Microf/DEST, que cree que significaba Destruir y Microfilmar y Destruir. Al salir, lo sorprendió un militar acompañado por cuatro civiles. Lo golpearon y se lo llevaron desmayado. Lo tuvieron varios días esposado de pies y manos, encapuchado y siendo torturado. Un día, apareció un coronel, a quien reconoció. “Le acabo de salvar la vida”, le dijo. “Me va a prometer que no le va a decir nada a nadie. Si llega a hablar, no solo usted sino su familia va a correr peligro. ¿Me entendió, Barbieri?”, fue la amenaza. Le dio unas hojas para que firme, le inyectaron algo y apreció en su cama.

Al poco tiempo pidió el pase a Formosa y en 1989 pidió la baja y se fue del Ejército. “Viví muchos años con miedo”, reconoció al declarar ante el Tribunal Federal Oral 4 cuando el fiscal Agustín Varella le preguntó por qué no había declarado antes.

Continuidad

“Quiero decirte que esto no está improvisado, no es que me levanté y dije: voy a declarar. Esto es una continuidad de una vida. Yo estudié, egresé y fui miembro de un Ejército nacional y popular y, si a alguno le asusta, puedo decir un ejército democrático, pero no de un ejército de ocupación y represión”, resalta a Tiempo.

“Lo que el teniente primero Barbieri va a hacer, lo hace convencido –dice en tercera persona sobre su versión más joven–, porque ya el subteniente Barbieri está en esa línea. Mi cercanía con el coronel Horacio Ballester, del Cemida, me va a marcar el camino. Él fue compañero de mi suegro y ahí encontré a una persona extraordinaria. Yo comienzo, por la militancia, la búsqueda de la verdad. Que es lo que me marca Ballester. ‘Mire mucho y hable poco’, me decía. Había un reglamento que se llamaba «El soldado aislado y la patrulla». Y me dijo: Omar, acordate de que en ese reglamento ellos son la patrulla y vos el soldado aislado. Yo no hablaba, no tenía amigos. No tenía a quién decirle nada, salvo a Ballester”, detalla.

El impacto que generó su testimonio fue inmediato y recibió amenazas que le hacen llegar a través de amigos. “Yo los conozco a todos y ellos me conocen. Entonces, me amenazan a través de amistades. ‘Vos que lo conoces, decile que es un gran hijo de puta y un traidor’. Y yo acepto que soy un traidor. Siempre fui un traidor al ejército de ocupación y represión. Los traicioné desde diciembre de 1974 hasta enero de 1989. Lo reconozco. Espero que su límite sea ese. No te niego que hay un temor. Espero que quede en sus palabras”, expresa, preocupado.

Un reclamo a los jefes del Ejercito

“La institución Ejército es una corporación que se degeneró y hasta que no armemos este rompecabezas no vamos a vivir en paz”, señala Barbieri y apunta a las máximas autoridades de las Fuerzas Armadas, Agustín Cejas, jefe del Estado Mayor del Ejército y Juan Martín Paleo, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, también del Ejército.

“Hace más de 30 días que declaré y el señor Cejas no me llamó. Tiene que llamarme para por lo menos decirme que le sorprendió la noticia, pedirme disculpas en nombre del Ejército. Necesito que la institución se comprometa, que le digan a la Argentina que no son parte del ejército de ocupación y represión, que son parte del ejército democrático”, reclama.

En ese sentido, cuestiona que todavía haya oficiales con sentencia firme por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura y que sigan cobrando sueldos o mantengan su grado militar.

“Les pregunto por qué el excoronel (Horacio) Losito, el genocida Losito, no fue hasta ahora dado de baja del Ejército. ¿Cuántos oficiales con condena firme siguen teniendo el grado militar y no el decreto de baja deshonrosa? ¿Por qué siguen ocupando el Hospital Militar Central?”, critica.

También menciona a los anteriores jefes del Ejército, Balza, Milani, Pozzi, Bendini, Cundom, Suñer y Pascualini, “quienes no han dicho nada de lo que saben, no se han calentado en lo más mínimo por investigar donde están las tumbas clandestinas o aportar datos a los juicios a los genocidas». «

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