Una lectura sobre la potencia de la poeta trasandina a través de la antología recientemente editada por Caballo Negro. Versos clandestinos y la urgencia de una voz que usó la palabra como trinchera contra el apagón de la dictadura para estallar con fuerza en nuestro propio presente. Sus poemas cruzan la cordillera convertidos en un refugio ineludible y vital frente a las sombras de las nuevas derechas de la región.

En Un telegrama al futuro, la antología poética de Elvira Hernández recientemente editada por Caballo Negro, los sujetos y sus cuerpos quedan suspendidos en los tiempos nefastos que impone el gobierno autoritario y la alienación del orden de los días. La existencia diaria no es más que repetición de lo mismo y exigencia de productividad, impuestos por la extrema derecha que se alimenta del silencio. El libro reúne una selección de la extensa producción poética que abarca desde 1981 a 2001. Incluye poemas de La bandera de Chile, publicado por primera vez en la revista Vanguardia del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria); fragmentos de Cuerpos encontrados en varias partes (1982); de El orden de los días (1991), de los más leídos de la autora; ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986) y, de los últimos, Excavaciones, Pájaros en mi ventana y Cuadernos de deportes, entre otros. La voz de la autora en todos ellos emerge siempre desde la esfera común: Elvira es una más del montón y la elección de este pseudónimo —su nombre civil es Rosa Maria Teresa Adriasola— subraya la voluntad de erosionar todo aire de solemnidad: “Yo no soy el espectáculo”, “Los nombres solo pueden interesar a la policía”, se lee en las últimas páginas de Un telegrama al futuro.
Los que hablan son los hechos en la poética denunciante de esta célebre referente y crítica literaria chilena, para quien el poeta debe ser invisible. Poco importa quién escribe o la autorreferencialidad del yo, sobre todo en sus libros iniciales. Elvira es apenas un ojo callejero y urbano que registra, que todo lo observa.
En La bandera de Chile la centralidad recae en lo que debería ser un símbolo nacional y en cambio es una metonimia animal, hueca, débil, sin identidad y amordazada de la sociedad chilena bajo la oscuridad de los días pinochetistas. “Come moscas cuando tiene hambre la Bandera de Chile / en boca cerrada no entran balas / se calla / allá arriba en su mástil”. Está “olvidada”, es “extranjera en su propio país”. Nadie ve ese pedazo de tela maltratado. Ya no es símbolo de nada. En la rutina “pierde su corazón y se rinde”.
Los chilenos también se rinden frente a la rutina de los días que pesan y no dejan de pesar. Un diario de jornadas iguales se despliega en El orden de los días. En “Día 1” no hay sol posible, al que madruga Dios no lo ayuda. Sin embargo hombres y mujeres hacen y rehacen el ritual de comprar pan y tomar taxis en estos días que son pura noche. “Sentado alguien espera micro como espera un nuevo gobierno”, dice el verso II de “Un día como cualquier otro”. “Todo permanece igual, es aterrador” se lee en “Día 28”. La repetición se apodera de los individuos que, sumisos en la inercia callada, intentan sostener “la vida” pese a todo. Esa realidad asusta aún más que las políticas dictatoriales. El tono de los poemas sin embargo no es de indignación sino de dolor y desesperanza. No hay salida. “Inscriben los días en un gabinete de identificación”; “La noche se exhibirá / solo para mayores de 21 años con carnet”, denuncian sus versos. Los hombres son Sisifos que arrastran sus cadenas.
Las últimas obras de Hernández no encuentran tampoco un presente mejor en los tiempos que corren. “Ni se nota a veces / que hablamos de vida”, se extraña la autora en “Actas urbe”. Mails, tuits y sobreinformación rodean al sujeto que aún no ha olvidado y todavía espera que hagamos memoria en un mundo de autómatas y alienados. Chile se dibuja como una maceta cuyas semillas se tiran cada vez al margen. “¿Encontraremos los pelos de la vergüenza / las escamas óseas de una verdad agrietada / la vértebra de nuestra historia?”, preguntan los últimos textos de esta antología.
Elvira Hernández, como dijo en una entrevista, no se desanima. Hay vida en lo colectivo, lejos de la contaminación del poder. “El desafío es sostener la vida hasta el final, ojalá con perspectiva comunitaria, que es la garantía”. No solo es una de las voces más potentes de la resistencia cultural chilena sino que sus telegramas han llegado a este Buenos Aires bajo la sombras de la derecha política y su voz es hoy más que necesaria. Así lo demuestran los números que dejó la Feria del Libro. Un telegrama al futuro es uno de los más vendidos de la distribuidora Blatt y Ríos.
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