
El Pacto Histórico tiene una ventaja, su candidato Gustavo Petro está en la centralidad de la elección y representa el cambio con un programa serio. Los demás están desenfundando ataques y desatando miedos para intentar derrotarlo. Empieza ahora un nuevo ciclo de la disputa, donde los medios de comunicación ligados al poder financiero y tradicional tratarán de repetir una y mil veces que el progresismo es el abismo, para repetir el escenario 2018. Pero la cuestión diferencial es la cada vez menor credibilidad de esos medios de comunicación y de los políticos “uribistas” como el actual presidente Iván Duque. Hace cuatro años el fantasma del “castrochavismo” fue el miedo inoculado para derrotar a Petro, pero la historia resultó aleccionadora y durante el gobierno uribista se produjo el mayor estallido social de las últimas cinco décadas.
El activismo en las redes sociales y la participación de miles de jóvenes hacen la diferencia. No existe un partido centralizado, ni una estructura nacional del Pacto Histórico, existe una idea, un sueño, una meta: cambiar a Colombia. Un anhelo hecho posible por los pequeños y tortuosos cambios de la última década, incluyendo el Acuerdo de Paz, la democratización de la información (por las redes sociales) con sus contradicciones y el debilitamiento de los dogmas neoliberales. Las coaliciones de la derecha sólo expresan un neoliberalismo trasnochado, que todos conocen y padecen. Tienen, claro está, el presupuesto nacional al servicio de la campaña del exalcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, un desconocido que al igual que Duque, pretende sumar el voto conservador-uribista.
Lo imposible solo tarda un poco más, dijo Mario Benedetti. Desde 1946 con la candidatura de Jorge Eliecer Gaitán, los sectores populares están intentando llegar al gobierno sin resultados positivos. El anhelo se convirtió en una hazaña imposible hasta ahora ante la crueldad y astucia del poder colombiano. El gobierno de las mayorías populares que parecía nunca llegar, podrá ser realidad en este 2022. En los dos meses que faltan para la elección los sectores postergados, las “nadies” que a diario se levantan a trabajar para sobrevivir, la juventud nini (ni pueden estudiar, ni consiguen trabajo), las comunidades indígenas y afrodescendientes, las y los trabajadores, el movimiento feminista, las y los estudiantes, tendrán en sus manos la posibilidad de ganar la elección presidencial en primera vuelta y llegar por primera vez en la historia al gobierno.
Los poderes políticos y económicos no están resignados, utilizarán los recursos del Estado, los medios de comunicación, la mentira, la desinformación, hasta la violencia, para coaccionar la elección y llevar a Gutiérrez a un ballotage contra Petro, un escenario que consideran como último recurso para sumar las voluntades de todas las candidaturas (hasta ahora hay 5 postulantes de la derecha y centroderecha) que queden en el camino. Por eso es fundamental convertir ese viento de cambio en un huracán popular que arrase en la primera vuelta, que no dé lugar a un fraude o a un desconocimiento de los resultados. Un gobierno progresista en las condiciones de transición de Colombia no será fácil, pero de eso se hablará cuando llegue el momento.
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