Histórico: las universidades públicas formarán parte de la misión de la NASA a la Luna

Por: Gastón Rodríguez

El regreso de la exploración humana del espacio profundo después de más de 50 años contará con la presencia de un microsatélite desarrollado por investigadores argentinos.

La humanidad tiene una cita histórica programada para abril del 2026: a través de la misión Artemis II, una tripulación –cuatro astronautas– se subirá a la nave Orión para un viaje lunar de diez días, algo que no ocurría desde el programa Apolo de 1972. El regreso de la exploración humana del espacio profundo después de más de 50 años tiene para los argentinos un interés particular: la presencia del microsatélite ATENEA, resultado de un esfuerzo conjunto entre la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) e instituciones académicas y científicas, entre ellas la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (FIUBA), el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) y la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Todo tiene aún más valor en el contexto de crisis sin precedentes que atraviesa el sector científico, tecnológico y universitario por las políticas de ajuste –a la par de ataques discursivos– del Gobierno nacional.

Atenea surge por un llamado de la NASA: cuando lanzan una misión tienen lugar suficiente a bordo para ofrecer a distintas instituciones llevar sus satélites, como si fueran un Uber. La CONAE se interesó y buscó dentro del sistema argentino desarrollos que ya estuvieran funcionando. Nosotros veníamos trabajando hace diez años con experimentos en órbitas, y teníamos experiencia en haber enviado satélites con el concurso Satellogic. Eso fue nuestro plus”, resalta Gabriel Sanca, profesor investigador y director de Ingeniería Electrónica de la UNSAM.

Con infraestructura propia, UNSAM realizó pruebas en condiciones simuladas de vuelo, lo que resultó clave para poder participar del proyecto. “Presentamos el satélite con carga útil en base a dos funciones. La primera es medir las dosis de radiación en distintas orbitas y, la segunda, es estudiar unos sensores que tienen la particularidad de medir la mínima cantidad de luz posible. Esto nos va a permitir validar tecnologías críticas para futuras misiones espaciales”, explica Sanca y agrega: “Esto es un hito para nuestro país porque formamos parte de una misión tripulada a la luna trabajando con otras universidades nacionales bajo la coordinación de la CONAE”.

Compromiso y pasión

Para el docente ingeniero Fernando Filippetti, a cargo de coordinar todas las actividades del área satelital de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (FIUBA), ser parte del proyecto ATENEA es algo especial. “No sólo soy egresado de la universidad pública, sino que también fui a una escuela pública y nací en un hospital público. Por eso vivo este trabajo con mucho orgullo”.

El equipo de Filippetti se dedicó a la fabricación de una placa capaz de cargar las baterías en tierra (no durante el vuelo) y que emplea varias medidas de seguridad como el sistema de apagado controlado. “Nosotros no tenemos el desarrollo de otras universidades como la de San Martín o La Plata, recién estamos arrancando, pero igual pudimos solucionar un problema muy puntual que nos pidió la CONAE. Fueron infinitas noches sin dormir, pero valieron la pena para que nos consideren como un actor de valor dentro del ecosistema científico tecnológico”.

Que nuestras investigadoras e investigadores participen de una misión lunar es, como ya se dijo, motivo de orgullo. También es prueba irrefutable de lo que puede lograr la universidad pública.

“Uno puede matizar la situación diciendo que hubo muchos momentos malos en distintas etapas, pero el actual contexto es de una hostilidad hacía lo público nunca vista. Basta con ver lo que está pasando con el Garrahan. Aún con todos los cuestionamientos que hay, la inversión en formación, ciencia y tecnología redunda en el desarrollo de un país. Como egresado y trabajador, mi vida es la universidad pública y por eso sé muy bien lo que podemos hacer, incluso, en un contexto tan desfavorable como el que estamos atravesando ahora”, reflexiona Sanca.

Filippetti, por su parte, cree que “se dicen cosas que no son verdad sobre nosotros los docentes y empleados. La gente con la que trato todos los días no está acá por un sueldo, aunque por supuesto lo necesitemos para vivir. Lo que sentimos es un compromiso y una pasión por la universidad pública; es muy valioso lo que hacemos. En lo personal me genera mucha gratificación dar una mano a instituciones como la CONAE porque es devolver todo lo que la universidad me dio”, y concluye: “Este es el momento que más compromiso requiere de nuestra parte; demostrar la importancia de la investigación, la ciencia y la tecnología argentina es más necesaria que nunca”.  «

La fuga de cerebros avanza

Según una encuesta publicada por el colectivo Ciencia Propia, casi siete de cada diez becarios doctorales y posdoctorales evalúan irse del país en un futuro cercano. Científicos y científicas en formación que sólo ven un camino posible afuera. La encuesta también mostró el alto grado de incertidumbre que tienen las y los becarios sobre el régimen en el que encuentran: 69% considera que está mucho peor y un 25% señala que está peor que el año anterior. El principal responsable que se identifica por este empeoramiento es el gobierno de Javier
Milei (61%).

La gran mayoría de las y los becarios postdoctorales (71%) manifestaron que desean quedarse en Argentina, es decir, que el éxodo se debe a falta de opciones, no por elección. El informe concluye que “el 80% de las respuestas de lxs becarixs cree que el sistema va a empeorar”.

 

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