Vendrá la muerte

Por: Javier Cababié

Un análisis de Messi, su último partido y el sentido de sus frases desde el psicoanálisis.

Desde el psicoanálisis, que es el prisma a través del cual veo las cosas, la definición
apenas desviada en la final contra Alemania en el mundial 2014, fue el modo que encontró
Messi de seguir vigente cuanto menos diez años más.

Si hubiera sido gol, si con ese gol Argentina se hubiera consagrado campeón del
mundo, si Messi hubiera logrado todo a los 27 años, bueno, qué más queda después de
lograrlo todo.

Esa es, de alguna manera, la pregunta que nos ronda por estos días. Si va a llegar, si no va
a llegar al próximo mundial, es decir, si se impone la física (su físico) o el deseo.

Se impone el deseo, la respuesta es fácil. Por eso Messi, aun maltrecho, va a jugar el
mundial. Al menos eso dice el psicoanálisis. Que Messi o cualquiera declare que es
“consciente de que el momento se acerca” no quiere decir que efectivamente sea consciente
de que el momento se acerca. El momento, ya lo sabemos, es la muerte; de eso estamos
hablando. Por supuesto que no se la nombra, como no la nombra la repudiable publicidad
de la prepaga en el entretiempo del partido: a la hora de la verdad. Tampoco, en sus
declaraciones, Messi, inteligente, nombra al mundial. No dice la palabra porque sabe que
sería matarlo antes de tiempo. La referencia, para los curiosos, es de Hegel a través de
Lacan: la palabra mata la cosa. El deseo es, precisamente, lo que no se puede decir. Eso lo
mantiene vivo. Y todos somos iguales ante su ley.


Una última idea antes del final: cuando más creemos que estamos accediendo a una
verdad, más lejos estamos de ella. “Ser sincero conmigo mismo”, dice a la prensa, como si
existiera tal cosa, como si estuviera a su alcance, como si la respuesta estuviera en uno y
no en los demás, los que hacen a uno. Como dice la bandera que acompaña al Liverpool,
“you’ll never walk alone”.

“A veces me siento bien, a veces no tan bien”, continúa su declaración. La cita es textual.
Pudo haber dicho: a veces estoy tan down. Minutos después se encontraría en el
estacionamiento de River con Charly García: el crossover que nadie vio venir, tal vez porque
llegó en silla de ruedas. Messi sonreía sentado al volante de su auto con la ventanilla baja,
es decir, a su misma altura. Anto, por hacer algo, aplaudía. El instante se consumía con un
halo de verdad y nadie sabía muy bien qué hacer con él.

Que dios te bendiga, le dijo Charly, que conoce como pocos a la muerte. Y fue como decir
todo y nada al mismo tiempo. O como expresar un deseo, tal vez lo más noble y aparatoso
que podemos hacer cuando todo está perdido.

El mensaje llegó: el día posterior, en horas del mediodía argentino, 506 millones de
personas, al cabo los seguidores de Messi en Instagram, nos encontramos con una serie de
fotos que ilustraron el evento (con sus hijos, con sus compañeros, con los fuegos artificiales,
contra un rival) y creímos que Charly sobraba hasta que lo escuchamos, cual si fuera la voz
Argentina, en el texto que acompañó la publicación: “pase lo que pase y sea cual sea el
futuro, que solo Dios lo sabe…”.

Foto: Claudio Fanchi / NA

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