Ayer, lunes 13 de julio a las 3.57, se murió mi mamá. Le decían Beba desde que era chiquita pero se llamaba Hilda Inés Veppo. Si no fuera por ella, no estaría hoy acá, en Atlanta, Estados Unidos, a punto de cubrir un Argentina-Inglaterra, semifinales del Mundial.

Ayer, lunes 13 de julio a las 3.57, se murió mi mamá. Unas horas antes, en la tarde del domingo, cuando ya sabíamos que su partida era irreversible, mi hermana la había puesto al teléfono para despedirla. Pude sentirla del otro lado, su respiración dificultosa pero profunda, y me volví un niño, frágil y desamparado, tratando de que no me escuche llorar, llorarla, mientras le decía que la amaba, que había sido una madre hermosa, que ya podía descansar.
Yo estaba en Kansas City, dos horas menos que en Buenos Aires, en la casa donde viví durante un mes en este Mundial, y ella estaba en la habitación de un sanatorio de Caseros, partido de Tres de Febrero, a miles de kilómetros de distancia. Sentí la impotencia de no poder abrazarla, besarla, acariciarla por última vez, y traté de buscar un consuelo en todas las veces que ya lo había hecho, incluso la última, un día antes de viajar para acá, cuando nada nos hacía pensar que este desenlace podía estar cercano.
Extrañé el abrazo de los demás, el de mis hijos, pero tuve el de mis amigos acá. Fue como si me levantaran del piso en mil pedazos y me volvieran a armar. Me sostuvieron en esa sabiendo que algo faltaba. Alguien escribió que la muerte de una persona amada es como una amputación. Creo que es más desgarradora, es algo por dentro, algo que no ves y de pronto sentís que deja de estar. No importa, además, si sabés que va a venir, la piña siempre te entra de lleno.
Beba, mi mamá, tenía 88 años. Murió a la misma edad que Osvaldo, mi viejo, el amor de su vida. Le decían Beba desde que era chiquita pero se llamaba Hilda Inés Veppo. Había estudiado sólo hasta sexto grado de la primaria y tenía una letra preciosa y prolija, además de una gran inteligencia. Era resolutiva y práctica. No daba vueltas, no esperaba a mi viejo en nada. La vi treparse a árboles para una poda, serruchar maderas, pintar toda una casa y hacer asados. Fue trabajadora telefónica y vendedora de libros en el Círculo de Lectores. Su zona era el Fuerte Apache y los alrededores porque decía que nadie quería meterse ahí pero ella sí, no tenía problemas. No le tenía miedo a la gente, no desconfiaba, hablaba con todos. Ayudaba a todos, a cualquiera, aunque no lo conociera. Me enseñó de la manera más pura el sentido de la solidaridad.
Había salido a su padre, Alejandro, al que le debo mi nombre, un militante peronista que en Caseros trabajó para hacer plazas, escuelas y salitas de primeros auxilios. Mi vieja señalaba con orgullo cada lugar con el que mi abuelo había ayudado. Porque, decía, cuando llegaron al barrio no había nada. Venían de vivir en Caballito. Eran todos hinchas de Ferro, menos mi mamá, que se hizo de San Lorenzo.
Era muy futbolera, muy cuerva. En mi casa había una bandera de San Lorenzo y llegó a colgar banderines en las paredes y una foto de mi sobrino Leandro besándose la camiseta azulgrana, derrota de una apuesta. Era lo único que en mi casa se permitía que no fuera de Racing. Hasta las gastadas, que por suerte tampoco fueron tantas. Pero una vez nos esperó con la bandera desplegada en la entrada de mi casa después de que nos ganaran 3-0 en la cancha de Huracán. Fue al día siguiente de que yo cumpliera nueve años, en febrero de 1988. Mi papá se calentó, pero ella no se bajó nada. Se la bancó, era su derecho en una casa donde estaba en minoría. La bandera siguió ahí colgada varios días.
Mi viejo me hizo de Racing y mi vieja quizá me hizo periodista. Era la que me leía los diarios, las páginas deportivas, antes de dármelo. Era su costumbre cuando yo era chico, lo hojeaba, y me leía en voz alta los títulos. Siempre me acuerdo dos títulos que me dio y me pusieron felices: “Goycoechea va atajar en Racing” y “Maradona es el nuevo técnico de Racing”. Era ella la que venía del kiosco de diarios con todo lo que hubiera salido de fútbol. Compraba El Gráfico todas las semanas, pero también la Sólo Fútbol, la Súper Fútbol, la guía de la Sólo Fútbol y la guía de la Súper Fútbol, y por supuesto la revista Racing. Tenía tanta confianza con los diarieros -con cada uno de los que tuvieron la parada de Mármol y Mitre, en Villa Parque- que a veces le daban cosas para que me las trajera y, recién si me interesaba, me las comprara. Aparecía con revistas, coleccionables, suplementos especiales, alguna que otra publicación rara, y entonces yo me pasaba el día leyendo de fútbol y ella sentía que cada centavo que gastaba valía la pena. Me educó en el periodismo deportivo.
Si no hubiera sido por todo eso que hizo mi vieja en ese tiempo, yo no estaría hoy acá, en Atlanta, Estados Unidos, a punto de cubrir un Argentina-Inglaterra, semifinales del Mundial. Y tal vez tampoco entendería de qué se trata todo esto. Viajé desde Kansas City en el asiento trasero de una minivan, llorando en silencio, durmiendo un poco lo que no había podido dormir, charlando con mis compañeros. Y entre todos los pensamientos sobre ella, también pensé que llegar a esta ciudad quizá se parezca a los que llegaron a Manila para ver la pelea entre Muhammad Alí y Joe Frazier. O a Kinshasa para Alí con George Foreman. O a Reikiavik para el duelo ajedrecístico de Guerra Fría entre Spassky y Fischer. O en Salt Lake City cuando Michael Jordan completaba su último baile con Chicago Bulls. Si lo pienso con el fútbol, nada alcanza. Sólo el Argentina-Inglaterra de 1986, no tengo nada que explicarte a vos, Burgo, que escribiste El Partido, ese libro maravilloso que tiene una película que a esta hora deberían ver en la concentración argentina.
Sé que a esta hora la cuestión está entre los que dicen que no hay que mezclar Malvinas con este partido, los que dicen que es un partido más, y los que aclaran que nada ver. Me quedo con lo que le leí a Edgardo Esteban, periodista y ex combatiente, sobre el partido del 86. “No fue una revancha de la guerra -escribió-. Ninguna victoria deportiva puede reparar el dolor, recuperar las vidas perdidas ni borrar las heridas de 1982. Pero sí fue una pequeña revancha simbólica, profundamente humana. Un desahogo colectivo después de tanto silencio, tanta incomprensión y tanta tristeza”.
Está claro que no es un partido cualquiera, pero está bien que Lionel Scaloni diga que lo es y está bien que lo digan los jugadores. Este partido es el único clásico mundial, intercontinental, que tiene un contexto político, tiene partidos históricos y además también un parentesco. Fue el escocés Alexander Watson Hutton el que fundó Alumni, el primer campeón del fútbol argentino, pero fueron los hermanos ingleses Thomas y James Hoog los que organizaron el primer partido de fútbol, ocho contra ocho, el 20 de junio de 1867 en los bosques de Palermo, cerca del Planetario.
Se recuerda poco por estas horas a Ernesto Grillo, el primer jugador argentino que le hizo dos goles a los ingleses. Fue el 14 de mayo de 1953 en el Monumental. A uno de ellos se lo conoció como “el gol imposible” por el ángulo en el que sacó el remate. Rodolfo Micheli hizo el segundo y luego llegó otro de Grillo. La Argentina le ganó 3-1 a Inglaterra ese amistoso y dos mitos se sostuvieron con el tiempo. El primero es que si fuera por los relatos se debió haber jugado en tres canchas porque todo el mundo pareció haber estado ese partido. El segundo fue que quizá el gol no haya sido tan imposible. Pero el partido marcó el primer gran triunfo argentino sobre los padres del fútbol. El 14 de mayo fue durante muchos años el Día del Futbolista en la Argentina hasta que llegó el 22 de junio de 1986, los dos goles de Diego, y en 2020 la fecha se modificó.
Después vendría el partido del Mundial 62, que Inglaterra ganó 3-1 en Rancagua. Y el más pesado, el del Mundial 66, la expulsión de Antonio Rattín, los animals que lanzó Alf Ramsey, y también los duelos entre equipos, Estudiantes contra el Manchester United e Independiente contra Liverpool. Pero nada condensó tanto como los cuartos de final de 1986, cuatro años después de la guerra, el Azteca, la historia de la camiseta, Maradona. Hubo partidos posteriores, el del Mundial 98, en el que la rompe el Burrito Ortega y Diego Simeone se carga a David Beckham, con Carlos “Lechuga” Roa héroe en los penales, y el de 2002 que fue casi una sentencia para esa selección.
Acá hay hechos y también una atmósfera. Ninguno de esos partidos anteriores tuvo a Messi y ahí hay una diferencia. Previo a la final con Francia en Qatar se percibía el duelo Messi-Mbappé por el reinado del fútbol. Pero Argentina-Inglaterra es otra cosa. No es la final, pero lo es. Tampoco es Messi contra Harry Kane. No es Messi contra ningún jugador. Es Messi contra los ingleses. Será el equipo, pero el partido pesa lo que pesa porque está Messi. Sabemos que ahí hay un legado. En ese sentido, es un partido más futbolístico que político. Puede ser su fatality a la historia, el golpe final.
Todo esto quizá lo sepa porque fue mi vieja la que me trajo El Gráfico que tiene a Diego en la tapa gritando su segundo gol a los ingleses, su obra maestra. “No llores por mí Inglaterra”, es el título. Le falta una coma. Me aclara Dani Arcucci que era una cuestión de diseño. Adentro, en la primera página, Diego se besa la camiseta. Fue un pedido de Eduardo Forte, mítico fotógrafo de la revista. El texto “Salud, Argentina” no lleva firma. Es una enumeración de las razones por las que hay que brindar. Una de ellas quizá resuma lo que significa este partido. “Por haberle ganado a Inglaterra -dice- que es como ganar mil veces”. Lo aprendí gracias a Beba, gracias a mi vieja.
Con goles de Mikel Oyarzabal y Pedro Porro, la "Roja" borró de la cancha al…
Los trabajadores se movilizan este miércoles contra cientos de despidos que el gobierno de Javier…
En la Comisión Bicameral de Control del Ministerio Público, el Procurador General interino pidió que…
Fuertes aumentos en los sectores de turismo y en los alquileres. Las tarifas también empujaron…
El senador de Fuerza Patria presentó un proyecto para que el mantenimiento de los móviles…