Vigilar y castigar

Por: Demián Verduga

El castigo físico televisado es parte central del proyecto de restauración conservadora de Milei.

“El cuerpo, prisionero del alma”. Esta es una de las frases que condensan la visión central del libro Vigilar y castigar del filósofo francés Michel Foucault. En un sobrevuelo rápido, la idea que desarrolla es que la subjetividad de las personas se moldea a través del cuerpo. A lo largo del texto reproduce una larga serie de crónicas detalladas sobre cómo eran los castigos físicos y públicos en la Francia de la monarquía: decapitaciones, mutilaciones, desmembramiento de una persona tironeada desde sus brazos y piernas. Castigar el cuerpo para moldear el alma.

Uno de los objetivos del histórico proyecto de restauración conservadora de la derecha argentina, del que Javier Milei es un capítulo más, con sus singularidades, es modelar una nueva subjetividad social. La sociedad argentina tiene diferencias importantes con el resto de América Latina. Una de ellas es su sentido de la equidad. Describir el origen de estos rasgos es una tarea para los historiadores. Sólo puede arriesgarse que no es una faceta parida por el peronismo. Llegó en parte traída por la masiva inmigración europea de fines del siglo XIX, nutrida de las ideas anarquistas y socialistas que recorrían el viejo continente.

La represión que Patricia Bullrich desató contra los manifestantes que se congregaron frente al Congreso Nacional para rechazar la Ley Bases es parte del núcleo central del proyecto restaurador. La nueva subjetividad se construye utilizando también el castigo físico. Mostrarlos en directo por televisión y en las redes sociales es la plaza pública de la Edad Media. Los arrestos arbitrarios y cargados de espectacularidad son parte del mismo objetivo. No se trata sólo de infundir el temor a ejercer el derecho a la protesta. Ese es sólo el primer paso.

La otra pata de la nueva subjetividad es el convencimiento de que la pobreza es responsabilidad de los pobres. No se trata sólo de disciplinar. Alguien que se asusta por la represión puede no ir a una nueva marcha, pero seguir indignándose frente a la injusticia. Para que esa indignación se desvanezca, para que la subjetividad cambie, es necesario además convencer de que el castigo físico era merecido. Entonces aparecieron los vendedores de choripán presentados como células dormidas de Al Qaeda, los peluqueros que en realidad planeaban un atentado a gran escala contra la democracia, los jubilados gaseados, señalados como miembros de una organización clandestina que prepara una revolución.    

Tienen que combinarse el terror al castigo y la convicción de que hay un sendero correcto por el que caminar para evitar los golpes. La aceptación de un destino de pobreza como un acto de justicia divina, el lugar que se merece el pueblo argentino.

¿Cuántas chances tiene este objetivo de prosperar? Un repaso veloz por los últimos 69 años de historia, de 1955 hasta el presente, muestra la debilidad de este proyecto para construir un nuevo espíritu social. Siempre han fracasado en el objetivo de modificar el alma de la mayoría de la sociedad argentina. Milei es un personaje que encandila por momentos, con su mezcla de panelista de televisión bizarro y presidente delirante. Sin embargo, no puede escapar de un efecto inevitable del paso del tiempo: la costumbre. Cada día que pasa, sus fuegos artificiales, sus trucos de mago de bar, se vuelven repetitivos y van perdiendo su efecto hipnótico. La rabia que supo canalizar empieza a volverse en contra de sí mismo. Es el movimiento inevitable de la marea, en especial cuando lo único que crece es la miseria.

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