El thriller se reestrena en salas argentinas este jueves. Con él, David Fincher se consolidó como director. Kevin Spacey es un asesino serial que se guía por los siete pecados capitales.

Al momento del lanzamiento, en 1995, Fincher contaba con el pobre antecedente de Alien 3 y una excelente producción de videoclips entre los que se destacan varios de Madonna y uno de Aerosmith y The Rolling Stones. Fue la calidad de sus videos lo que lo había llevado al cine. Pero luego contó que la pasó mal. Andrew Kevin Walker, por su parte, estaba en sus comienzos como guionista, y con todas las inseguridades de la situación le hizo llegar su original idea a un colega ya veterano, David Koepp (Jurassic Park, 1993), quien leyó el trabajo y, de inmediato, lo contactó con una productora importante.
Una buena historia en manos de alguien que quiere revancha suele resultar una buena fórmula. Si a eso se le agrega la certeza actoral que podían ofrecer Freeman y Spacey el equipo ya casi estaba. Faltaba el gancho que compensara el horror de los crímenes. Y a alguien se le ocurrió que la belleza del ladrón que había dado amor hasta llorar a Louise (en Thelma & Louise) cumplía los requisitos para tal misión. Así se unió Brad Pitt. Habemus equipo, tal vez dijo alguien. Desde entonces, la carrera del galán se transformó para siempre.
En pleno ascenso global de la idea neoliberal de la vida, el dilema moral que plantea la última escena -más que su crueldad- le hizo ganar una pregnancia inusual, al punto que prácticamente es lo único que todo el mundo recuerda del film: decidir entre dos males de envergadura equivalente lleva a optar por el que se espera soportar con menos dolor.
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