La tercera temporada de la serie de Max traslada su miseria de lujo a Tailandia, donde el exotismo funciona como fondo ideal para una nueva ronda de vínculos podridos, misticismo de boutique y catarsis en cámara lenta.

Esta antología de vacaciones al infierno sube la apuesta con ocho episodios que flotan entre la espiritualidad oriental y el cinismo occidental, haciendo equilibrio sobre la delgada línea que separa la autoayuda del autoengaño. Esta vez, el foco no está tanto en el dinero —aunque el lujo obsceno, la asimetría de poder y la impostura siguen ahí—, sino en la búsqueda de sentido, en ese frenesí contemporáneo por justificar cualquier contradicción con una frase de mindfulness.
Comparada con las entregas anteriores, la tercera temporada se siente más ambiciosa, pero también más dispersa. Si la primera (Hawái) fue una sátira contenida sobre el privilegio blanco y la segunda (Sicilia) una ópera negra sobre el deseo, esta nueva entrega es un mosaico de crisis existenciales: desde la familia Ratliff —una especie de clan disfuncional con ínfulas de coaching— hasta el regreso de Belinda, la única sobreviviente espiritual del White Lotus original, que sirve de espejo para una nueva camada de clientes igual de perdidos que los anteriores.
Lo visual sigue siendo impecable: los paisajes tailandeses son de postal, los hoteles de ensueño, y la cámara chorrea una belleza natural que enmarca, en contraste, la decadencia de los huéspedes. Pero si algo queda claro es que, en The White Lotus, el decorado es apenas eso: una cortina exótica que nunca logra tapar el vacío existencial, la hipocresía y los demonios de sus personajes.
La canción “Turista”, de Bad Bunny, incluida en su último disco Debí tirar más fotos, dialoga a la perfección con la idea de la espiritualidad como souvenir, o más ampliamente, con el turismo como experiencia de consumo vacía disfrazada de transformación personal.
En esta temporada, el «viaje interior» es otra mercancía más del resort. Yoga al amanecer, ceremonias budistas al atardecer, y en el medio, estadounidenses proyectando sus angustias sobre una cultura que no entienden, pero consumen con la voracidad de quien pide sushi en un shopping. The White Lotus se divierte mostrando cómo incluso la búsqueda de paz interior puede volverse una competencia de ego y estatus.
La serie trabaja esa misma idea con otro lenguaje, pero el mensaje es el mismo: no importa cuántos templos recorras descalzo ni cuántas sesiones de meditación publiques en redes, si lo único que estás buscando es reafirmar tu narcisismo con otro tipo de selfie.
¿Funciona esta tercera temporada? Sí. ¿Es la mejor? Difícil. Aquí el peso se reparte entre demasiados personajes y, aunque las actuaciones son sólidas —Carrie Coon, Parker Posey y Jason Isaacs brillan—, la serie pierde parte del filo que la volvió irresistible.
En un mundo de ficciones complacientes, esta temporada es, por sí sola, un mérito. Porque al final, todo se reduce a eso: gente horrible en lugares hermosos, cometiendo errores que ya vimos venir, pero que igual queremos ver estallar. Una vez más.
Disponible en Max.
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