Familias crianceras defienden un modelo de producción comunitario frente a la falta de apoyo estatal. Del campo al witxal, las mujeres lideran un circuito económico que transforma saberes milenarios en sustento soberano.

Lejos de ser una mera actividad contemplativa o un producto de consumo turístico exótico, el proceso que va desde la cría de la oveja hasta el tejido en el telar constituye un pilar de resistencia productiva. A través de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Tierra (UTT) en Neuquén, decenas de familias crianceras mapuche se organizan hoy para visibilizar un circuito laboral que une de forma indisoluble la producción agropecuaria, la cultura ancestral y la identidad territorial.
El ciclo, que se repite año tras año con la regularidad de las estaciones, involucra a comunidades enteras en un esfuerzo colectivo. Todo comienza en el campo, con el cuidado minucioso de las ovejas y las tareas estacionales de esquila. A partir de allí, la materia prima se somete a un procesamiento artesanal que incluye el lavado, el hilado manual, el teñido a base de plantas y raíces nativas de la flora patagónica, y finalmente el tejido.
Este despliegue de saberes no solo busca abastecer de abrigos y mantas a las familias del sur para enfrentar las severas condiciones climáticas de la región, sino que también mantiene viva una historia colectiva que se niega a ser asimilada por las lógicas del mercado masivo y el agronegocio que presiona sobre los territorios indígenas.
En el centro de esta dinámica socio-productiva se erige el witxal, el telar vertical mapuche. Cada pieza textil confeccionada en esta estructura de madera es un documento vivo que narra la cosmovisión de un pueblo. El diseño y la confección de cada makün (poncho), matron (manta), txariwe (faja) o vincha no son aleatorios; expresan conocimientos matemáticos, estéticos e históricos transmitidos de generación en generación de manera estrictamente oral.
«Cada tejido realizado en el witxal expresa saberes que son parte de nuestra memoria como pueblo», señalan desde las comunidades de base de la UTT en la provincia, destacando que el valor de la artesanía no radica en su valor de cambio suntuario, sino en su densidad simbólica y comunitaria.
Sin embargo, el aspecto más destacado de esta práctica en la coyuntura actual es su rol como dinamizador de la economía familiar y de género. El witxal sigue siendo una herramienta fundamental de autonomía y sustento económico, particularmente para muchas mujeres crianceras y tejedoras. En un contexto rural donde las oportunidades laborales formales son prácticamente inexistentes y la migración forzada de la juventud hacia los centros urbanos amenaza el arraigo, el arte textil proporciona una vía legítima de independencia financiera.
Esta red de comercialización autogestiva permite a las mujeres transformarse en pilares económicos de sus hogares, garantizando la continuidad de su cultura material en ambos lados de la cordillera de los Andes, fortaleciendo lazos transfronterizos que históricamente han unido a la nación mapuche.
La visibilización de este circuito productivo ocurre en un momento político de profunda tensión. Las familias crianceras y las comunidades de la agricultura familiar de la Patagonia enfrentan un escenario económico hostil, signado por el aumento desmedido de los costos de producción y logísticos —transporte, insumos para el mantenimiento de los rodeos y forrajes— combinados con el retiro sistemático de las herramientas de fomento del Estado nacional.
El vaciamiento de las delegaciones territoriales de los organismos tecnológicos y de asistencia al sector agropecuario deja desprotegidas a las economías regionales no tradicionales frente a las dinámicas usurarias de los acopiadores intermediarios, quienes suelen pagar precios de miseria por la lana cruda.
Ante el abandono estatal y las dificultades estructurales de comercialización, el cooperativismo agrario y la organización comunitaria impulsada por la UTT se presentan como la única alternativa viable para disputar el valor real del trabajo. La consolidación de almacenes de ramos generales autogestionados y ferias de la economía popular busca romper el aislamiento geográfico de los parajes neuquinos, conectando directamente el esfuerzo de las tejedoras con los consumidores urbanos bajo los principios del precio justo y la soberanía alimentaria.
El arte de la lana en Neuquén es, en última instancia, una declaración de principios sobre cómo habitar el territorio. Mientras las políticas macroeconómicas sigan privilegiando la rentabilidad de las industrias extractivas o los monocultivos de la pampa húmeda, las familias crianceras demuestran que otra matriz económica es realizable: una que respete los ciclos de la naturaleza, garantice la soberanía sobre los recursos propios y mantenga encendido, en cada entramado del witxal, el fuego de la memoria y la dignidad rural.
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