Tras casi 15 años, el trío texano regresa con un show que recorre toda su historia. Entre riffs clásicos y reinvenciones, su legado sigue más vivo que nunca.

Formados en Houston a fines de los 60, el trío integrado por Billy Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard construyó una de las identidades más estables del rock. Esa estabilidad -una misma formación durante más de cinco décadas- no es solo una curiosidad estadística: explica la precisión casi quirúrgica con la que desarrollaron un lenguaje propio, basado en la economía de recursos y en una relación milimétrica entre guitarra, bajo y batería.
Ese lenguaje se define en una primera etapa con discos como ZZ Top’s First Album (1971), Rio Grande Mud (1972), Tres Hombres (1973) y Fandango! (1975), donde el grupo fija su ADN: blues texano electrificado, boogie y una lógica rítmica heredada de la tradición sureña. En Tres Hombres (1973), por ejemplo, esa síntesis alcanza una forma canónica, combinando blues y hard rock en un formato accesible sin perder crudeza.
Pero ese sonido no surge en el vacío. El llamado “Texas blues” del que ZZ Top es heredero es, en sí mismo, un cruce cultural: incorpora elementos del folk afroamericano, el boogie, el jazz y, de manera decisiva, la música mexicana y las tradiciones guitarrísticas de raíz española. La cercanía geográfica con México no es un dato menor: el uso temprano de la guitarra, ciertos patrones rítmicos y hasta la impronta narrativa del repertorio responden a ese intercambio constante. En ZZ Top, esa mezcla se traduce en grooves fronterizos, climas “tex-mex” y una manera de tocar que combina precisión con relajación.
A fines de los 70 y principios de los 80, lejos de repetirse, el grupo redefine su sonido. Discos como Degüello (1979) y El Loco (1981) funcionan como transición hacia una etapa más expansiva, que explota con Eliminator (1983) y Afterburner (1985). Ahí incorporan sintetizadores, secuencias y una estética visual ligada a MTV, sin abandonar la estructura básica del blues-rock. Esa capacidad de mutar sin perder identidad fue clave para su masividad y explica por qué pudieron atravesar décadas sin volverse irrelevantes.
La influencia de ZZ Top se entiende mejor desde esa tensión entre tradición y síntesis. No inventaron el blues ni el rock, pero lograron una destilación única: riffs simples pero definitivos, tempos arrastrados y una lógica de banda que privilegia el groove por sobre el virtuosismo. En ese sentido, funcionan como un eslabón entre el blues clásico y el hard rock moderno, con impacto tanto en el rock sureño como en el mainstream.
Tras la muerte de Dusty Hill en 2021, la banda continúa con Gibbons y Beard, acompañados por Elwood Francis en bajo. La decisión no rompe la lógica interna del grupo: más que una suma de individualidades, ZZ Top siempre fue un sistema cerrado, donde el estilo importa más que el nombre propio.
Por eso su vigencia no depende de la nostalgia. ZZ Top sigue operando como una forma esencial del rock: tres instrumentos, un riff y una identidad construida a partir de décadas de depuración. En tiempos de sobreproducción, esa síntesis -seca, directa, casi minimalista- es, todavía, su mayor gesto de modernidad.
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