El vacío New Age y la luz mala según Gerda Bless

Por: Nicolás G. Recoaro

Apuntes sobre Somos luz, incisiva y delicada primera novela de la escritora neerlandesa. Ilumina zonas oscuras de la espiritualidad, las creencias, los cuerpos y el capitalismo en el presente.

¿Se puede comer la luz? ¿Es posible vivir sólo a base de la práctica de la música, la meditación, el amor comunitario, las experiencias “luminosas” New Age tan en boga en las tinieblas del presente? Esas son algunas de las preguntas que dispara Somos luz, la fascinante primera novela de la escritora neerlandesa Gerda Bless, recientemente publicada en estas pampas por la editorial Serapis.

La delgada pero potentísima ópera prima de la narradora y poeta es basada en hechos reales. En el verano de 2017, Blees, que ya había publicado en sus pagos cuentos –No estábamos pensando en morir (2017)- y poesía – Fuegos fatuos (2018) y Semana (2022)-, leyó en los medios la historia de la muerte de una mujer por desnutrición en una casa comunitaria de Utrecht, una ciudad en el centro de los Países Bajos. Luego leyó más artículos sobre esta muerte sospechosa, navegó por el sitio web de la comuna y, posteriormente, dejó volar su imaginación a la hora de narrar la historia de las andanzas y desandanzas de Sonido y Amor, un grupo comunitario de jóvenes que deciden dejar de comer y convertirse en seres de luz alimentados a base de una vacía espiritualidad. Ven morir de hambre a su compañera y no se les mueve un pelo.

El libro de Bless fue traducido a siete lenguas -Micaela Van Muylem estuvo a cargo de la edición local- y obtuvo el Premio de Literatura de la Unión Europea y el Premio de los libreros Holandeses. Es un debut poderosísimo, incisivo, que ilumina zonas oscuras de la espiritualidad, las creencias, el cuerpo y el capitalismo en el presente. Por temáticas y la delicada pluma, la novela dialoga con La vegetariana de Hang Kan, la escritora surcoreana recientemente galardonada con el Novel, y también con esa gema de las pesadillas del flower power y el clan Manson que es Las chicas, de la californiana Emma Cline.

Blees no narra la historia del caso simplemente de manera cronológica o desde la perspectiva de uno de los sospechosos o de un investigador de la policía, sino que cambia la perspectiva narrativa en cada uno de los 25 capítulos. Hablan los miembros de Sonido y Amor, pero también los padres de Elisabeth, la joven muerta, y Melodie, la líder del cuarteto de acólitos. Se suman las voces de dos cigarrillos, de la noche, de un chat de WhastApp, de un violoncello, del aroma de una naranja, de un trozo de pan, del cuerpo helado en la morgue, de la luz: “No somos el tipo de fenómeno que suele dudar de sí mismo, pero ahora que Muriel empieza a llorar nos preguntamos si se debe a nosotros, si la desencantamos porque llegó a creer que realmente iba a poder vivir sólo de nuestro resplandor. O si está enojada porque comprendió que eso no es posible. Eso nos daría mucha pena. Teníamos la esperanza de que lo que hacíamos por ella le alcanza: brindarle calor a su cuerpo, hacer posible la vida en la Tierra. La esperanza de que no creyera que con nosotros no necesitaría comida”.

Somos luz es una novela que no juzga. La escritura de Bless más bien destripa y busca explicaciones sobre la espiritualidad que esconde el terror, el suicidio asistido que guarda la indiferencia, el amor comunitario que es pura individualidad. Luz mala en el presente, ahora y siempre.

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