Apenas tres de cada diez investigadores en todo el mundo son mujeres. Según datos de la UNESCO (entre 2014 y 2016), la cantidad de estudiantes mujeres se mantiene en la misma proporción dentro del campo de las ciencias, la tecnología, la ingeniería y matemáticas (STEM). Y la matrícula es especialmente baja en las áreas que tradicionalmente conocemos como “ciencias duras”. En Ingeniería, Manufactura y Construcción, por ejemplo, apenas representan el 8% de lxs estudiantes. En Ciencias Naturales, Matemáticas y Estadísticas, el 5%; y en Tecnología de la información y las comunicaciones (TIC), apenas el 3%. Por eso este último 11 de febrero, fecha en que se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, lo que quedó en evidencia fue todo lo que falta conquistar.

Si bien no hay una sola causa que explique la desigualdad en este campo, tenemos evidencia científica que permite sacar algunas conclusiones. Cada vez son más las encuestas y estadísticas dedicadas a caracterizar la brecha. Y en varios lugares se han implementado programas específicos para revertir o, aunque sea, mejorar la situación.

En Argentina, más de la mitad de quienes investigan en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICET) son mujeres. Además, nuestro país rankea en un buen lugar en lo que se denomina segregación horizontal (la tendencia a que las mujeres se dediquen a áreas de conocimiento tradicionalmente más femeninas). En las dos áreas en las que las mujeres no llegan al 50% -exactas y tecnología- tampoco bajan del 40% (41 y 46% respectivamente). Esto, sin embargo, no es representativo de la matrícula de las universidades, donde las mujeres en STEM son minoría y en algunas carreras no llegan al 10% y tampoco aplica a los ámbitos jerárquicos del CONICET. A medida que subimos de escalafón en la carrera, las mujeres cada vez son menos . En la categoría más alta (investigadores superiores), menos del 25 por ciento.


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Teniendo en cuenta entonces que hablar de mujeres y niñas en las ciencias es hablar de un universo complejo en el que intervienen numerosas instituciones y no solo de quienes se dedican a investigar en el Estado, el caso CONICET igual puede servir de disparador para pensar algunas cosas respecto al género en la actividad científica. Al observar los indicadores, vemos que el mayor problema radica en la permanencia en carrera y no en el ingreso. Esto, tradicionalmente se ha asociado a la maternidad y al trabajo doméstico no remunerado y en muchos países efectivamente se ha logrado aumentar la permanencia mediante la inclusión de jardines maternopaternales en los espacios de trabajo y la ampliación de licencias. Sin embargo, en nuestro país, becarios y becarias doctorales y posdoctorales no son considerados trabajadores y trabajadoras, por lo que no cuentan con derechos laborales completos, como licencias por paternidad u obra social para el grupo familiar.

En este contexto es fundamental preguntarnos qué condiciones laborales le esperan a esas niñas que queremos que se dediquen a las ciencias. Muchas veces, la precarización del empleo científico se esconde detrás de un velo que romantiza la producción de conocimiento y que asume que detrás de un fin noble o un servicio público solo hay lugar para vocaciones abnegadas.

Recientemente, la nueva administración del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva anunció un aumento en los montos de los salarios y becas de investigación, una medida fundamental y necesaria para un sector postergado y arrollado por el gobierno anterior. Sin embargo, la calidad del empleo no depende solo de los honorarios y estipendios percibidos. Y la igualdad de género no depende solo de programas específicos para contener a quienes deciden ser madres, sino de una modificación estructural que incluya capacitaciones, protocolos de investigación no sexista y herramientas de diagnóstico. La designación de Ana Franchi como presidenta del CONICET luego de años al frente de la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología genera mucha expectativa al respecto dada su formación específica en el tema, que, combinada con la capacidad de organización que las mujeres en ciencia han adquirido en los últimos años, podría tener resultados prometedores para que en los próximos 11 de febrero podamos invitar a las niñas a ser artífices de su calidad de vida y no solamente a ampliar sus intereses.

Peores condiciones y brecha

Durante 2019 en Santa Fe, provincia pionera en políticas de género y ciencia, se realizó la primera encuesta de uso del tiempo en el sistema científico tecnológico. Con un cuestionario que alcanzó al 10% de quienes investigan en la provincia, se logró determinar que la mujeres dedicaban en promedio 3h30min diarios al trabajo doméstico no remunerado mientras que los varones lo hacían alrededor de 2h50min, así mismo, las mujeres declararon dormir 21 minutos menos por día que sus pares y destinar menos tiempo a actividades recreativas. Por otro lado, un 10% de las mujeres del sistema universitario no se tomó la licencia por maternidad. Además, se observó una brecha salarial del 14% para quienes trabajan en institutos y de un 23% para quienes lo hacen en universidades.