Cómo romper con los mandatos masculinos para encarnar la sensibilidad de una mujer

En Irupé Sesoí, la diva de la epistemología el dramaturgo y actor José María Gómez Samela se mete en la piel de una mujer correntina que, salvando todos los obstáculos de la sociedad patriarcal,  va hacia su autodescubrimiento y su realización
14 de Agosto de 2019

Este viernes a las 21 podrá verse en el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral ( CELCIT), Moreno 431, CABA, la última función de la obra Irupé Sesoí, la diva de la epistemología, con dramaturgia y actuación de José María Gómez Samela y dirección de Malena Bernardi. Se trata de una de las obras que integran el ciclo Tertulia. Este toma su nombre del libro homónimo que reúne obras de once dramaturgos escritas en el marco de un taller realizado con Mauricio Kartun e Ignacio Apolo. Cada una de esas obras permanecerá un mes en cartel en el CELCIT de manera sucesiva. Hay cinco de ellas programadas hasta diciembre y el resto se presentará el año próximo.

En ese marco Gómez Samela realiza un unipersonal con música en vivo a cargo de Rodolfo Lema. En él encarna un personaje femenino que cuenta los episodios de su difícil vida de mujer en la que no faltaron los abusos masculinos y en la que debió echar manos de todos sus recursos interiores para lograr la superación.

Le seguirán Proyecto y dirección con dramaturgia de Jorge Gaggero, Piaf, porque el amor lo quiso con dramaturgia de Alberto Romero, Sola por hoy con dramaturgia de Carolina Erlich y Trinchera, con dramaturgia de Gustavo Gotbeter.

En esta nota, Gómez Samela cuenta el proceso creativo que antecedió a la concreción de la obra y los desafíos que supuesto encarnar un personaje femenino sin llegar al grotesco.

-¿Cómo nació Tertulia?

 -Tertulia es un ciclo de obras teatro. El año pasado se publicó un libro con ese nombre con once piezas teatrales de dramaturgos formados con Kartun e Ignacio Apolo. La formación con ellos se dio entre 2015 y 2018. En 2017 surgió la idea de publicar un libro con las obras producidas. Una vez que terminamos ese período, se gestó un ciclo con Apolo. Nos reuníamos una vez por mes a supervisar lo que escribíamos.  Así nació Irupé Sesoí. La diva de la Espistemología Cada obra de las que integran el libro dura un mes en cartel en el CELCIT y el ciclo dura hasta diciembre. En esta etapa se verán cinco obras, tres que se reponen y otras que se van estrenar. Dado que las piezas son 11, la idea es continuarlas el año que viene con el objetivo de difundir una dramaturgia emergente en la que hay trabajos muy diversos.

-¿Cómo empezaste a escribirla?

-Cuando se planteó en el taller la escritura de una obra, casi todo el mundo comenzó a escribir obras de cuatro o cinco personajes. Yo empecé con un unipersonal pensando en dirigirlo, no en actuar. De hecho, cuando tuve dos escenas comencé a ensayarlas con una actriz que me contó muchas cosas de su vida, pero ella no pudo continuar porque la sensibilizaba demasiado la obra y en ese momento no podía soportarlo y yo me bajoneé mucho. Ya había empezado a trabajar para presentar el trabajo ante el CCC y el Teatro San Martín y a armar el equipo que es algo difícil. Tanto Apolo como la que sería su directora, Malena Bernardi, que también es dramaturga, me animaron a seguir escribiendo y lo hice pensando, sobre todo, en la publicación. Cuando la estaba terminando tanto Apolo como Malena me dicen por qué no actuaba yo el personaje de Irupé. La verdad es que no me veía haciendo ese personaje femenino. Pero en ese momento Vicuña estaba haciendo la Evita de Copi en el Cervantes y me señalaron ese hecho, me mencionaron también los ejemplos de Tortonese y Urdapilleta. Hasta ese momento el texto era naturalista y despojado, una tragedia. La gente escuchaba lo que estaba escribiendo unos minutos y se conmovía. El proyecto quedó trunco. Pero Malena me dijo “hacelo y yo te dirijo”, otra persona me dijo que me ayudaba con la producción y se empezó a armar así todo un equipo.

-¿Y qué sentiste al ponerte en la lugar de una mujer? ¿Fue difícil?

-Malena me dijo que había que buscarle una vuelta de tuerca porque a los quince minutos se ponía demasiado mal. Yo venía de un teatro físico, de un teatro más clásico, de la onda Serrano. Luego comencé a romper y me acerqué más una actuación más en la línea de Guillermo Cacace o Angelelli. Malena es licenciada en Actuación y Composición Coreográfica de la UNA, pero era más cercana al teatro de Ricardo Bartís, de Alejandro Catalán. Entonces comenzamos a trabajar e hicimos una mezcla. Probamos el texto, lo ensayamos y se empezó a reescribir. Ella es muy buena directora de actores porque te corre a otro lugar y te permite descubrir cosas que no habías visto. Hubo un gran trabajo con el cuerpo. No queríamos hacer un grotesco, no queríamos hacer una chica trans que es lo primero que piensan cuando ven mi imagen. La idea es que fuera el personaje de una mujer.

-Es cierto que cuando comienza la obra y uno te ve en el papel de una mujer cree algo que luego resulta ser una pista falsa. ¿Qué crees que le agrega al personaje el hecho de lo haga un hombre? ¿Es una suerte de distanciamiento?

-Debatimos mucho sobre el tema. Mi hermano es gay, milita en el LGTB y me dijo que todo está muy sensible, que ese personaje no me convenía y yo entré en duda. Todos estamos deconstruyéndonos y es todo un proceso. Mi hermano me decía que él sabía que yo tenía una buena intención, pero que lo podían entender mal. Pero como actor ese personaje era un desafío. Quería construir un personaje femenino, conectar con esa sensibilidad. Me puede tocar tener que hacer un asesino, pero yo no soy asesino. Me puede tocar tener que hacer un extraterrestre y yo no lo soy. Me parece que ese es mi trabajo de actor, conectarme e indagar en personajes que no tienen que ver conmigo. Por eso traté de conectarme con ese personaje femenino y cuidarlo desde el vestuario, desde la corporalidad. Nos pusimos a estudiar mucho a Tortonese, a Urdapilleta, a Batato Barea.

-Sacaron al personaje del realismo.

-Sí, hubo un distanciamiento. No queríamos ridiculizar, sino todo lo contrario. No sé si logrará despertar algo de conciencia en la gente, porque una cosa es el proceso creativo y luego está lo que ve el público. Hay funciones en que la gente se ríe y otras en que hay un silencio absoluto. Malena siempre me marca los límites para que no se vaya demasiado al grotesco, al stand up o a cualquier otro lugar. Me dice que mantenga mi voz, que no haga voz de mujer. Siempre el personaje está al borde, pero se le nota que sufre. Todos tenemos energía masculina y femenina y para mí hacer el personaje de Irupé fue todo un desafío. Cuesta romper con la cultura de la masculinidad para meterse en otra sensibilidad. Si bien siempre me gustó hacer personajes jugados, este era particularmente difícil a nivel personal.

-¿Y la temática cómo surgió?

 -Yo soy correntino y en una época iba y venía de Corrientes a Buenos Aires. En 2013 dirigí allá una obra sobre violencia de género del dramaturgo correntino Martín Alvarenga y eso me quedó resonando, porque fue muy fuerte lo que pasó con la gente que se acercaba luego de ver el trabajo. Me dieron ganas de escribir sobre el tema en un momento como éste en que uno conoce gente cuando da clase, cuando actúa, y se entera de tantos casos de violencia, de abuso físico y psicológico sobre las mujeres. A uno le gustaría contribuir aunque sea con un mínimo granito de arena. A mí me sensibiliza poder hablar de esta temática. No sé si en el momento de escribir fui consciente de eso, pero luego, pasado el tiempo, me di cuenta de que la cosa iba por ahí.

-El lenguaje de Irupé está marcado por el guaraní. ¿Es una reivindicación?

-Como yo no tengo demasiada tonada correntina en Corrientes no soy correntino y en Buenos Aires no soy porteño. Cuando vine de Corrientes a vivir aquí en todos los espacios de formación me decían que me tenía que borrar el acento correntino, si quería trabajar en serio en actuación. Si no, siempre iba a ser el chacarero, el del campo. Algo de eso se me grabó y traté de “pulir” mi acento. Estamos hablando de fines de los 90 o comienzos del 2000 y lo increíble es que todavía en algunos lugares eso sigue siendo así.  Lo loco es que de pronto comenzaron a llamarme de diversos lugares para que aporte a obras cosas sobre el lenguaje del litoral. Eso significó reconectarme con cosas que había olvidado, recuperar cosas a las que en su momento no le había dado importancia, formas que no escuché en mi familia pero sí en el entorno. Me deconstruí para tratar de ser otra cosa y finalmente volví a mi origen. Malena me dice que yo estaba aportando a muchas obras y que el personaje que estaba haciendo tenía que venir de ahí. Me dijo que lo pensara porque lo que dijera el personaje iba a llegar, iba a conmover desde otro lugar. Incluir ese tipo de lenguaje fue un trabajo muy largo de ensayo y error. El personaje terminó siendo una mujer correntina muy de tierra adentro a la que le costó mucho salir adelante en una sociedad tan patriarcal y conservadora como la de Corrientes. Tuvo que romper estructuras para separarse, irse con sus hijos a Buenos Aires y criarlos. Me entusiasmé y me puse a investigar sobre el tema y me encontré con que en Corrientes estuvo prohibido el guaraní por décadas y no se enseñaba en las escuelas. Yo no hablo guaraní, pero es común mezclar muchas palabras de esa lengua con el castellano y eso fue lo que hice con el personaje. Desde el 2010 hay una movida en la que el teatro de Buenos Aires dejó de mirar tanto a Europa para mirar hacia el mal llamado interior del país, especialmente hacia el litoral. Hoy hay muchas obras de borde, de frontera.

-¿Cómo compusiste el nombre del personaje?

-Se llama Irupé porque Irupé es una flor muy bella que es símbolo de Corrientes. Sesoí es una expresión del guaraní que es despectiva y tiene una connotación de bulling. Cuando te dicen sesoí te están insultando porque quiere decir sin seso, sin cabeza. No se usa esta expresión en la capital de Corrientes, sino que es de tierra adentro. Irupé es una mujer linda que, por ser linda y mujer, no le da la cabeza.  Es una diva porque crece en la década del 40 y 50 los modelos que tenía a mano para satisfacer su sed de conocimiento son el cine de Hollywood y el cine argentino. Luego será la diva de la epistemología porque con el tiempo se superó, estudió y se conectó con la micropolítica del cuerpo de Foucault y usó su propio cuerpo como experiencia para poder explicar qué es el estudio del conocimiento dentro de la Filosofía.

-¿Cómo fue decidir ser trabajar profesionalmente como actor?

-Difícil. Mi viejo consideraba la actuación como un hobby. Me iba a ver actuar, pero para él había que ser arquitecto o ingeniero, no actor. Creo que entendió lo que hacía cuando murió Alfredo Alcón. Leyó los comentarios y dijo “mi hijo también se dedica a eso”.

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