De frente a la noche

Cometierra, de Dolores Reyes, cuenta la historia de una chica que puede ver a donde están los que faltan y son buscados con solo tragar la tierra pisada alguna vez por las víctimas. Escrito con mirada de género, pero sin proselitismo, fue uno de los mejores libros editados en 2019.

Todo suceso, artístico o no, está impregnado de su contexto. Que uno de los libros del año que acaba de terminar esté dedicado a Melina Romero –descartada en un arroyo–, a Araceli Ramos –aparecida en bolsas en un descampado– y a las demás víctimas y sobrevivientes de hombres femicidas completa el sentido que construye la ficción. También funciona como un aviso: el tránsito por las páginas será doloroso, violento y la noche, con sus pesadillas, amenazará con cubrirlo todo.

Editado por Sigilo, Cometierra cuenta la historia de una chica que tiene el don –¿la maldición?– de ver a donde están los que faltan, de reconstruir el terror de las víctimas, tal vez de salvarlos si llega a tiempo. Su método: tragar la tierra que alguna vez fue pisada por ese que ya no está.

La obra es, también, el debut de Dolores Reyes como novelista. Presentada desde la solapa del libro como “docente, feminista, activista de izquierda y madre de siete hijos”, Reyes compone el universo de carencias y violencias del conurbano (que tanto fascina a la clase media porteña) con una mirada de género, pero sin proselitismo.

“La fuerza de la tierra que te devora es oscura y tiene el gusto del tronco de un árbol. Me gusta, me muestra, me hace ver”, dice Cometierra, la protagonista nombrada así y no de otra forma, acordando con aquello de que un solo acto trascendental en la vida de una persona alcanza para definirla. Reyes elige el punto de vista de Cometierra para avanzar en el relato y el recurso es prodigioso: el lector siente, ve y se espanta, al igual que la protagonista. “El frío de la tierra y la humedad en mis pies me hicieron mejor que cien lavadas de cara”, “El terror me mordió la columna” o “La cerveza era como el abrazo de una frazada que me tapaba toda, sobre todo la cabeza”, son ejemplos de una prosa sensorial, alejada de las seguridades de la razón. Del mismo modo tampoco se cuestiona la clarividencia de Cometierra. La narrativa de calidad vuelve verosímil lo improbable.

“Me acuerdo que de chica a veces nos rateábamos de la escuela, tomábamos el subte e íbamos al cementerio de Chacarita. Y teníamos como ese juego de ir a ver las lápidas: siempre me interesaron un montón las palabras que se les escriben a las personas que ya no están. Fue como toda una conjunción de intereses y, también, obviamente, el tema muy central de los femicidios”, contó Reyes en una entrevista con Infobae acerca de cómo surgió la idea de escribir, según los suplementos de Cultura y la opinión generalizada, uno de los mejores libros del 2019.

“La mayoría de las casas estaban oscuras. Los negocios cerrados para siempre. Un gato se asomó a través de un vidrio roto y nos miró como si todo le importara un carajo. Las luces venían de los camiones y se iban con ellos. Casi no había otras”, describe Cometierra al dejar atrás el peso insoportable de los muertos, de tantos “cuerpos robados”. Es el paisaje de Podestá, allí donde Reyes vive y da clases; donde también está el cementerio con dos cruces y dos nombres: los de Melina Romero y Araceli Ramos.

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