De manera extraña (bueno, no tanto) la campaña «vámonos de Argentina porque es un país que no tiene remedio» se reavivó apenas el peronismo regresó al poder. Y ahora, nueve meses después, se intensificó con una detallada cobertura de los lamentos de ciudadanos contra un gobierno que detestan.

Por eso, todo lo que hagan Alberto Fernández y su gabinete es digno de repudio inmediato y prueba de que el futuro inminente es el abismo y la única salida es Ezeiza. Las quejas se replican. Se masifican. Es tal el nivel de cobertura que cualquier despistado pensaría que es verdad que «todo el mundo» se quiere ir, que hay un éxodo masivo y que Uruguay es La Tierra Prometida más cercana para vivir «en libertad». Claro, la opción de lavar platos en Europa o en Estados Unidos siempre está abierta. Lo que no sabemos es si en ese continente y en ese país habrá tantos platos para lavar, tomando en cuenta el alud de argentinos que anticipan que es mejor dedicarse a eso que quedarse acá.

El infantilismo es el sello de quienes promueven la huida como única alternativa ante «el desastre» con argumentos que descalifican a los que no comulgan con sus ideas, y que siempre están teñidos de un triste desprecio a su propio país. «Eso votaron», «me quiero ir a un lugar serio», «es tu gobierno», «háganse cargo», «aquí sólo se salvan los planeros», «viven de mis impuestos», «se gastan la mía», «acá nadie quiere trabajar», dicen con más rencor, prejuicios y clasismo que fundamentos.

Cualquiera que defenestre al país tiene garantizada la atención mediática, así sea a partir de mentiras, como los apocalípticos anuncios de empresas que dejan a Argentina en masa «porque no hay seguridad jurídica ni confianza». En la semana perdimos la cuenta de las compañías que desmintieron las falsas noticias sobre su presunto abandono del país.

Nada importa, salvo seguir fomentando lugares comunes plagados de arrogancia.

Parece malos tiempos para hablar bien de Argentina.

Pero no es cierto que todo el mundo se quiere ir. Además de las y los argentinos que aman a su país, que son millones, aquí vivimos migrantes que también lo queremos y que estamos agradecidos con su gente.

En mi último libro «Al gran pueblo argentino», escribí:

«Recordando a mi querido Julio y el patriotismo de Un tal Lucas, diría que, de mi pasaporte, me gustan los sellitos de entrada a Argentina. De mi Buenos Aires: los azulejos de la estación del subte Independencia, las noches en Salguero, mis cenas de chicas, el tempranero olor de la panadería de al lado de mi casa, un amanecer de año nuevo caminando por las calles de San Telmo, el Café de la Poesía y el de Cortázar, los olores y el humo de los asados callejeros, las milongas de madrugada, el vermú en El Refuerzo, los brindis con los amigos, el mercado de mi barrio, las largas noches de confidencias con Rami y Jorge, unos besos sobre Corrientes, la bañera de mi casa, las calles con 100 números por cuadra, las fábricas de pasta. La emoción en cada regreso a la ciudad, ya sea por tierra, río o aire.

Del país me queda un pueblito llamado Pirovano, el viento gélido de las montañas mendocinas, el río rosarino, la brisa marplatense, una empapada en las cataratas de Iguazú, un paseo al lado de los pingüinitos en Punta Tombo; el muñeco de nieve que Alber, Juana y yo hicimos en Bariloche, el paisaje misionero desde una casa mágica en Apóstoles. Y muchas lecturas. Libros propios y ajenos. Marchas, luchas callejeras. Lágrimas, abrazos, besos, caminatas. Luces y sombras. Vivos y muertos».

¿Cómo no querer vivir en Argentina?

Seguimos.